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Comunión de bienes, un acto de justicia, un acto de amor



Fundamento a la comunión mundial de bienes


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Fundamento a la comunión mundial de bienes

En diálogo con Vera Araujo* 

«El ser humano se realiza a través de un sincero don de sí mismo». Esta expresión (Gaudium et spes, n. 24) la considero guía imprescindible para abordar este y otros temas cruciales. Orienta la humanización del hombre, alcanzar el ser hombre, la vida en plenitud. Y la vida exige vínculo, relación, comunión, fraternidad. Si no se es así, se produce la muerte.  
 

Fundamento de la comunión: mi yo es la Humanidad

De capital importancia es cuanto subraya y enfatiza Chiara Lubich: la humanidad antes de estar compuesta por muchas personas o individuos, es una sola persona: la humanidad. En Adán, de hecho, estamos todos; como lo estamos en Cristo, todos salvados por él (ver recuadro).
El don de sí mismo está inscrito en nuestra propia naturaleza humana y se llama amor, ágape. No es una indicación que viene del exterior. Juan Pablo II afirmaba: «Hemos sido creados por amor», y en cada uno de nosotros hay  «una especie de ley de éxtasis» que nos hace salir de nosotros mismos para encontrar en el otro un aumento a nuestro ser: ser aún más, madurar, crecer. 
Aquí está, según mi parecer, el fundamento de la comunión de bienes, porque compartiéndolos, poniéndolos en común, me estoy dando a mí mismo, de forma concreta y manifiesta. Por esto compartir bienes y cosas, no es solo algo práctico y material, sino auténtica expresión de mí mismo, del amor al otro. De ahí que esta comunión de bienes tenga diferentes aspectos y profundidades.
 

El destino universal de los bienes

En primer lugar, poner nuestros bienes en común es un acto de justicia porque es un deber de humanidad hacia los derechos de todos. De hecho todos los bienes de la creación y los que el hombre producen pertenecen a toda la humanidad y no solo a los que de tales bienes se apropian. De ahí se deriva el destino universal de los bienes como derecho natural originario y prioritario. Mientras que la propiedad privada constituye un derecho natural secundario y derivado, que nunca puede estar en contradicción con el destino universal de los bienes. Este principio ha sido fuertemente afirmado por el papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti, provocando cierto revuelo. Muchos se lo han reprochado diciendo que es un escándalo, pero es hora de recordar que esta es la enseñanza del cristianismo desde sus orígenes y a partir de los Padres de la Iglesia.
En segundo lugar, la comunión de bienes es un acto de amor. Con mis bienes me entrego al necesitado porque lo reconozco hermano en humanidad. Esto da a nuestra comunión de bienes una dimensión planetaria: aunque me relacione solo con un prójimo concreto, estoy en comunión con toda la humanidad. La fraternidad es un vínculo natural y la familia humana está compuesta por hermanos. Y profundizando más aún, llego a reconocer en el otro a un hermano en Cristo, perteneciente como yo a la familia de Cristo. 
 

La comunión de bienes produce cultura

La comunión de bienes tiene por tanto muchos niveles: acto de justicia, acto de libertad, responde a una exigencia de estos tiempos afirmando verdades marginadas, contrastando la desigualdad que rige la sociedad y que es injusta e inicua, que crea exclusión en vez de comunión y fraternidad. Por lo tanto, hoy más que nunca, la comunión de bienes es un antídoto contra los males sociales, una vacuna contra el individualismo arraigado, proclamado, teorizado, enfermo. Afirma la verdad, amenazada por el relativismo, del valor esencial que tiene la comunión entre todos los hombres y desenmascara la mentira ideológica. 
Además, la comunión de bienes produce cultura, la cultura del dar, que prepara las conciencias a dar un salto institucional: pasar de la comunión, que nace del amor fundamentado en la justicia, a la dimensión institucional que ha de ser buscada y realizada por las instituciones políticas, administrativas, culturales y económicas. Un paso este que no se producirá si la población no madura y asume esta profundidad de conciencia que luego manifiesta a la hora de votar y elegir a sus gobernantes. Y, si no la madura, elige mal. 
 
 
*) Vera Araujo, socióloga, profesora de Sociología en el Instituto Superior de Cultura Sophia, coordinadora de Social-One, autora de numerosas publicaciones.




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