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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Diciembre, 2006]

Volver a empezar

«Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje» (Sal 83,6)

El poeta que compone el canto del que está sacada esta Palabra de vida fue en peregrinación al templo de Jerusalén. Habría querido quedarse, como las golondrinas que hacen allí el nido, pero tuvo que volver a su tierra. Piensa con nostalgia en la “amable morada” del Señor donde ha experimentado la presencia de Dios. Decide, entonces, volver y se pone en viaje para subir a Jerusalén. Será un “santo viaje” que lo llevará nuevamente “ante Dios”. Como en todas las culturas y las religiones el viaje se convierte en una parábola de la vida.

El “santo viaje” es el símbolo de nuestro itinerario hacia Dios. De hecho, nos dirijimos hacia una meta a la que no deberíamos llamar “muerte”, sino “encuentro”, porque es el comienzo de una nueva Vida en el encuentro con Dios. Todos estamos destinados, llamados por Él.

¿Por qué, entonces, no plantear nuestra existencia en relación a la meta que nos espera? ¿Por qué no hacer de la única vida que tenemos un viaje, un santo viaje, porque santo es Aquel que nos espera?

Sí, todos estamos llamados a hacernos santos según el pensamiento de Dios[1], ese Dios que nos ama uno a uno con un amor inmenso y ha soñado y trazado un camino obligado que seguir y una meta precisa a la que llegar.

«Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje»

Ciertamente, somos hijos de nuestro tiempo, al que le gusta el activismo, a veces desenfrenado, la eficiencia que valora algunas profesiones y minusvalora otras, que cubre de silencio ciertos momentos de la vida por miedo, con la ilusión de borrarlos…

Quizás, también a nosotros, influenciados o deslumbrados por tendencias parecidas puede sucedernos el desaprovechar inutilmente energías y puede suceder que se vean inútiles los días de descanso, supérfluos los momentos de oración, o se consideren las enfermedades y las distintas dificultades que Dios permite para un fin suyo de amor, estorbos en nuestra vida.

¿Cómo encaminarnos o volvernos a encaminar seriamente en el santo viaje? No es difícil descubrirlo: hacer, no nuestra voluntad, sino la voluntad de Dios; seguirla en el momento presente de la vida, conscientes de que –y esto es un gran don- para cada acción que realicemos de esta manera hay una gracia especial que la acompaña: la “gracia actual”, que ilumina la inteligencia e inclina al bien nuestra sensibilidad y nuestra voluntad.

También el que no tiene un credo religioso preciso puede hacer de su vida una obra maestra, emprendiendo con rectitud un camino de sincero compromiso moral.

«Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje»

Si la vida es un “santo viaje” que ha trazado la voluntad de Dios, nuestro camino pide que avancemos cada día. El amor que nos impulsa invita a crecer, a mejorar. No podemos contentarnos con cómo vivimos ayer: “Hoy, mejor que ayer”, podemos repetirnos de vez en cuando…

¿Y cuándo nos paremos? ¿Cuándo retrocedamos, cayendo en los errores o incluso en la pereza? ¿Debemos abandonar la empresa, descorazonados por nuestras propias equivocaciones? No, en estos momentos nuestro lema será: “volver a empezar”.

Volver a empezar, poniendo en la misericordia de Dios nuestro pasado con sus errores, sus pecados.

Volver a empezar, poniendo toda la confianza en la gracia de Dios más que en nuestras capacidades. ¿No dice la Palabra de vida que encontremos en Él nuestra fuerza? Cada día volvamos a empezar como si fuese el primero.

Y sobre todo, caminemos juntos, unidos en el amor, ayudándonos los unos a los otros. El Santo estará en medio de nosotros y Él se hará nuestro “Camino”. Él nos hará comprender más claramente la voluntad de Dios y nos dará el deseo y la capacidad de cumplirla. Unidos, todo será más fácil y tendremos la bienaventuranza prometida al que emprende el “santo viaje”.

«Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje»

Me viene al pensamiento una persona amiga.

Enzo Fondi tenía 22 años cuando en 1951, en Roma, decidió comprometerse enteramente para Dios en el Movimiento del los Focolares que estaba naciendo. Después de licenciarse en medicina y cirugía, trabajó como médico en un hospital de Leipzig (Alemania) y dio testimonio, más allá del telón de acero, del amor evangélico. Fue ordenado sacerdote y marchó a los Estados Unidos para llevar el mismo mensaje.

En los últimos años el compromiso con el diálogo interreligioso que el Movimiento lleva a cabo, lo llevó a lugares y compromisos diferentes, pero siempre con un único proyecto: seguir a Dios en su voluntad. Completó el “santo viaje” la tarde del día último del año 2001; le encontraron delante del ordenador, trabajando con la cabeza apoyada en la mesa, el rostro sereno sin sombra de dolor. Más que muerto parecía que había pasado dulcemente de una “habitación” a otra.

Quince días antes de su muerte había escrito: “Las últimas voluntades, el testamento. Para mí es la última voluntad de Dios la que Él quiere de mí ahora. No hay otra. Dejar hecha con perfección la última voluntad de Dios, sea cual sea, esa es mi última voluntad. No sé cuál será luego verdaderamente la última voluntad de Dios que haré en la vida. Pero sé una cosa: que, lo mismo que para ésta de este instante, tendré la gracia actual que me ayudará a hacerla, tanto en cuanto me haya ejercitado en aprovechar esta gracia viviendo bien el presente”.

[1] 1Ts 4,3.

Chiara Lubich