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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Diciembre, 2005]

El perdón abre barreras

«Abrid camino a Yahveh…trazad una calzada recta a nuestro Dios» (Is 40,3)

El grito de esperanza de Isaías se deja oír entre el pueblo de Israel tras 50 años de exilio en Babilonia, Mesopotamia. El Señor manda finalmente un mensajero suyo a anunciar la liberación, el retorno a la patria. Igual que en tiempos de la esclavitud en Egipto, Dios se pondrá a la cabeza de su pueblo y lo llevará de nuevo a la tierra prometida. Por tanto, hay que arreglar los caminos, rellenar los hoyos, hacer accesibles los pasos intransitables, tal y como se hacía cuando un rey tenía que viajar a una de sus provincias.

Cinco siglos más tarde Juan el Bautista, a orillas del río Jordán, reanuda el anuncio de alegría del profeta Isaías; esta vez el que va a llegar es el Mesías en persona.

«Abrid camino a Yahveh…trazad una calzada recta a nuestro Dios»

Cada año, esperando la Navidad, oímos esta invitación. Dios, que desde siempre ha manifestado el deseo ardiente de estar con sus hijos, viene “a habitar en medio de nosotros”[1]. Hoy también está a la puerta y llama, porque quiere entrar y “cenar” con nosotros[2].

A menudo nosotros mismos sentimos el deseo de encontrarnos con Él, de tenerlo a nuestro lado en el camino de la vida, de ser inundados por su luz. Pero para que pueda entrar en nuestra vida, hay que quitar los obstáculos. No se trata tanto de allanar los caminos cuanto de abrirle el corazón.

El mismo Jesús enumera alguna de las barreras que cierran el paso a nuestro corazón: “…robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, calumnia, insolencia…”[3]. A veces son rencores contra parientes o conocidos, prejuicios raciales, indiferencia ante la necesidad del que está a nuestro lado, faltas de atención y de amor en la familia…

Ante tantos obstáculos que impiden el encuentro con Dios, tenemos de nuevo la invitación:

«Abrid camino a Yahveh…trazad una calzada recta a nuestro Dios»

¿Cómo prepararle concretamente el camino? Pidiéndole perdón cada vez que nos demos cuenta que hemos levantado una barrera que obstaculiza la comunión con Él.

Es un acto sincero de humildad y de verdad con el que nos mostramos ante Él tal como somos, diciéndole nuestra fragilidad, nuestros errores, nuestros pecados. Es un acto de confianza con el que reconocemos su amor de Padre, “misericordioso y lleno de amor”[4]. Es la expresión del deseo de mejorar y volver a empezar.

Por la noche, antes de irnos a dormir, puede ser el momento más adecuado para detenernos, mirar el día que ha pasado y pedirle perdón. Podemos también vivir con mayor consciencia e intensidad el momento inicial de la celebración de la Eucaristía cuando, junto con la comunidad, pedimos perdón por nuestros pecados.

Luego, es de enorme ayuda la confesión personal, sacramento del perdón de Dios. Es un encuentro con el Señor y a Él le podemos dar todos los errores cometidos. Volvemos a salir salvados, con la certeza de que somos nuevos, con la alegría de volver a descubrir que somos verdaderos hijos de Dios.

Dios mismo con su perdón nos quita todos los obstáculos, nos “allana el camino” y establece nuevamente la relación de amor con cada uno.

«Abrid camino a Yahveh…trazad una calzada recta a nuestro Dios»

Es lo que experimentó Luisa. Una vida muy trabajada la suya: el grupo de amigos, la droga, la dispersión moral. Intentó subir la cuesta hasta que logró liberarse de la toxicodependencia. Pero ya estaba irreparablemente marcada. Después de una boda civil con prisas aparecieron los primeros síntomas del Sida. El marido la abandonó.

Luisa se vio sola, con el peso de su fracaso; hasta que se encontró con un grupo de cristianos que vivían la Palabra de Dios y compartían sus experiencias. Entonces descubrió un mundo que hasta aquel momento le era desconocido. Ahora que sabía que Dios es Padre, que es Amor, ya no podía quedarse para ella sus pecados, creyó en su perdón. Su vida cambió, el perdón la llevó a una alegría nunca antes experimentada, incluso en medio del dolor y la enfermedad. En su rostro se dibujó una belleza que ni la progresión de la enfermedad pudo desfigurar. Los médicos estaban extrañados de su serenidad.

Experimentó que nacía de nuevo.
El día de su muerte la vistieron de blanco como había pedido. El camino estaba preparado para el Encuentro, para el Cielo.

[1] Jn 1,14.
[2] Cf Ap 3,20.
[3] Mc 7, 21-22.
[4] Cf Sal 103,8.

Chiara Lubich