| «Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3, 13)
Se acerca la Navidad, el Señor está a punto de llegar y la liturgia nos invita a prepararle el camino.
Él, que entró en la historia hace dos mil años, quiere entrar en nuestra vida, pero el camino en nosotros está lleno de obstáculos. Es necesario allanar los montículos y remover los peñascos.
¿Cuáles son los obstáculos que pueden impedir el camino a Jesús?
Son todos los deseos no conformes a la voluntad de Dios que surgen en nuestra alma, son los apegos que la atenazan; deseos mínimos de hablar o callar, cuando se debe hacer lo contrario; deseos de af_rmación, de estima, de afecto; deseos de cosas, de salud, de vida... cuando Dios no lo quiere; deseos peores, de rebelión, de juicio, de venganza...
Surgen en nuestra alma y la invaden toda. Es necesario apagar con decisión estos deseos, quitar estos obstáculos, volvernos a poner en la voluntad de Dios y así preparar el camino del Señor.
«Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros»
Pablo dirige esta Palabra a los cristianos de su comunidad, porque si experimentan el perdón de Dios, serán capaces de perdonar a su vez a quien comete una injusticia contra ellos. É1 sabe que están particularmente capacitados para amar yendo más allá de las limitaciones, hasta dar la vida incluso por los enemigos. Renovados por Jesús y por la vida del Evangelio, encuentran la fuerza para ir más allá de tener o no la razón y tender a la unidad con todos.
Pero el amor late en el fondo de cada corazón humano y cada uno puede vivir esta Palabra.
La sabiduría africana se expresa así: "Haz como la palmera; le tiran piedras y ella deja caer dátiles".
Por tanto, no basta con no responder a una faena, a una ofensa..., se nos pide más: hacer el bien a quien nos haga daño, como recuerdan los apóstoles: "No devolváis mal por mal, ni injuria por injuria, sino, al contrario, responded bendiciendo"[1]; " No os dejéis vencer por el mal, más bien venced el mal con el bien"[2].
«Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros»
¿Cómo vivir esta Palabra?
En nuestra vida diaria probablemente todos tenemos parientes, compañeros de estudio o de trabajo, amigos que nos han hecho alguna faena, una injusticia, daño... Quizás el pensamiento de venganza no nos surja, pero puede quedarnos en el corazón un sentimiento de rencor, de hostilidad, de amargura o incluso de indiferencia que impide una auténtica relación de comunión.
¿Qué hacer entonces?
Levantémonos por la mañana con una "amnistía" completa en el corazón, con ese amor que
todo lo cubre, que sabe acoger al otro así como es, con sus limitaciones, con sus
dificultades, precisamente como haría una madre con el hijo que se equivoca: lo excusa
siempre, lo perdona siempre, siempre tiene esperanza en él...
Acerquémonos a cada uno viéndolo con ojos nuevos, como si nunca hubiera incurrido en esos
defectos.
Volvamos a empezar siempre, sabiendo que Dios no sólo perdona sino que olvida. Ésta es la
medida que nos pide también a nosotros.
Así le ocurrió a un amigo nuestro en un país en guerra, que vió morir masacrados a sus
padres, a su hermano y a muchos amigos. E1 dolor lo hundió en la rebelión hasta desear el
castigo tremendo de los verdugos, proporcionado a su culpa.
Pero, continuamente, le volvían a la mente las palabras de Jesús sobre la necesidad de
perdonar, aunque le parecía imposible vivirlas. “¿Cómo puedo amar a los enemigos?", se
preguntaba. Necesitó meses y mucha oración antes de empezar a encontrar un poco de paz.
Pero un año después, cuando supo que no sólo todos conocían a los asesinos, sino que
circulaban por el país libremente, el rencor le atenazó nuevamente el corazón y empezó a
pensar cómo se comportaría si se encontrase a esos "enemigos" suyos. Suplicó a Dios que
lo calmara y que le hiciera capaz una vez más de perdonar.
"Ayudado por el ejemplo de los hermanos con los que trato de vivir el Evangelio -cuenta-
comprendí que Dios me pedía no perseguir esas quimeras, sino más bien estar atento a amar
a las personas que tenía a mi lado en ese momento: a los compañeros, a los amigos...
Amándolos concretamente, poco a poco, encontré la fuerza de perdonar hasta el fondo a los
asesinos de mi familia. Hoy mi corazón está en paz".
[1] 1Pe, 3,9.
[2] Rom, 12,21.
Chiara Lubich
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