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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Diciembre, 2003]

Somos un don para el otro

«El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo» (Lc 3-11)

En este período de Adviento, tiempo que nos prepara para la Navidad, se nos propone de nuevo la figura de Juan el Bautista. Dios lo había mandado a preparar el camino para la venida del Mesías. A los que acudían a él, les pedía un profundo cambio de vida: “Dad, pues, frutos dignos de conversión”1. Y si le preguntaban: “¿Qué debemos hacer?”2, respondía:

«El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo»

¿Por qué darle a otro lo mío? Porque el otro, creado como yo por Dios, es mi hermano, mi hermana; por lo tanto, es parte de mí. “No puedo herirte sin hacerme daño”3, decía Gandhi. Hemos sido creados como un don uno para el otro, a imagen de Dios, que es Amor. Llevamos inscrito en la sangre la ley divina del amor. Cuando Jesús vino en medio de nosotros, nos lo reveló con claridad al darnos su mandamiento nuevo: “Amaos mutuamente como yo os he amado”4. Es la “ley del Cielo”, la vida de la Santísima Trinidad traída a la tierra, el corazón del Evangelio. Igual que en el Cielo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en plena comunión, hasta el extremo de ser una cosa sola5, así en la tierra somos nosotros mismos en la medida que vivimos la reciprocidad del amor. Y del mismo modo que el Hijo dice al Padre: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”6, así también entre nosotros el amor llega a su plenitud allí donde se comparten no sólo los bienes espirituales sino también los materiales.

Las necesidades de un prójimo nuestro son las necesidades de todos. ¿Alguien no tiene trabajo? Me falta a mí. ¿Alguien tiene a su madre enferma? La ayudo como si fuese la mía. ¿Otros tienen hambre? Es como si yo tuviese hambre y trato de buscarles comida como lo haría para mí mismo.

Es la experiencia de los primeros cristianos de Jerusalén: “Tenían un solo corazón y una sola alma y nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos”7. Comunión de bienes que, aun no siendo obligatoria, sin embargo la vivían entre ellos intensamente. No se trataba, como explicará el Apóstol San Pablo, de poner a alguien a vivir con estrecheces para aliviar a otros, “sino de procurar la igualdad”8.

San Basilio de Cesarea dice: “Al hambriento le pertenece el pan que conservas; al hombre desnudo el abrigo que guardas en tus baúles; a los indigentes el dinero que tienes escondido”9.

Y San Agustín: “Lo que es superfluo para los ricos pertenece a los pobres.”10

“También los pobres tienen que ayudarse los unos a los otros: uno puede prestar sus piernas al cojo, el otro sus ojos al ciego para guiarlo; otro puede visitar a los enfermos.”11

«El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo»

Hoy también podemos vivir como los primeros cristianos. El Evangelio no es una utopía. Lo demuestran, por ejemplo, los nuevos Movimientos Eclesiales que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia para que reviva con frescor el radicalismo evangélico de los primeros cristianos y para responder a los grandes retos de la sociedad de hoy, donde las injusticias y las pobrezas son tan fuertes.

Recuerdo el comienzo del Movimiento de los Focolares, cuando el nuevo carisma infundía en nuestro corazón un amor muy especial por los pobres. Cuando nos los encontrábamos por la calle, anotábamos su dirección en un cuadernito para ir a verlos luego y socorrerlos; eran Jesús. “A mí me lo hicisteis”.12 Después de haberlos visitado en sus chabolas, los invitábamos a comer en nuestra casa. Para ellos poníamos el mejor mantel, los mejores cubiertos, la comida más selecta. En el primer focolar, a nuestra mesa se sentaban a comer una focolarina y un pobre, una focolarina y un pobre…

En un determinado momento nos pareció que el Señor nos pedía precisamente a nosotras que nos hiciésemos pobres para servir a los pobres y a todos. Entonces, en una habitación del primer focolar, cada una puso en el centro lo que pensaba que tenía de más: un abrigo, un par de guantes, un sombrero, incluso un abrigo de piel… Y hoy, para dar a los pobres, ¡tenemos empresas que dan trabajo y cuyos beneficios se reparten!

Pero siempre queda mucho que hacer por “los pobres”.

«El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo»

Tenemos muchas riquezas para poner en común, aunque no lo parezca. Tenemos que afinar la sensibilidad y aprender algunos conocimientos para poder ayudar concretamente y encontrar el modo de vivir la fraternidad. Tenemos afecto en el corazón para darlo, cordialidad para exteriorizar, alegría para comunicar. Tenemos tiempo para poner a disposición, oraciones, riquezas interiores que poner en común de palabra o por escrito; pero también tenemos a veces, cosas, bolsos, plumas, libros, dinero, casas, vehículos para poner a disposición… Quizás acumulamos tantas cosas pensando que un día podrán sernos útiles y mientras tanto hay alguien al lado que lo necesita con urgencia.

Al igual que la planta absorbe del terreno sólo el agua que necesita, así nosotros también tratemos de tener sólo lo que sea necesario. Y es mejor si de vez en cuando nos damos cuenta de que nos falta algo; mejor ser un poco pobres que un poco ricos.

“Si todos se contentasen con lo necesario -decía S. Basilio- y diésemos lo superfluo al necesitado, ya no habría ni ricos ni pobres.”13

Probemos, empecemos a vivir así. Ciertamente Jesús no dejará de mandarnos el céntuplo; tendremos la posibilidad de seguir dando. Al final nos dirá que lo que hemos dado, sea quien sea, se lo hemos dado a Él.

[1] Lc 3,8.
[2] Lc 3,10.
[3] Cf Wilheim Mühs, Parole del cuore, Milán, 1996, p.82.
[4] Cf Jn 13,34.
[5] Cf Jn 17,11.
[6] Jn 17, 10.
[7] Cf Hch 4,32.
[8] 2 Cor, 8, 13.
[9] Aforismi e citazioni cristiane, Piemme, 1994, p.44.
[10] Ibidem,p.45.
[11] Ibidem.
[12] Mt 25, 40.
[13] Aforismi e citazioni cristiane, p.44.

 

Chiara Lubich

 

Puntos relevantes

• Dar y compartir nos ayuda a preparar la Navidad.
• El otro, creado por Dios como yo, es mi hermano, mi hermana. Es un regalo para mí, como yo lo soy para él.
• Jesús vino a la tierra a revelarnos la ley del cielo que corre por nuestras venas, la vida de la Trinidad, que es el meollo del Evangelio: el amor recíproco.
• Seamos conscientes de nuestras riquezas y aprendamos a vivir la fraternidad compartiendo nuestros bienes. Lo que a nosotros nos sobra es de los pobres, y lo necesitan urgentemente.
• Si viviésemos la comunión de los bienes dejaría de haber ricos y pobres. Y al final Jesús nos dirá: «A mí me lo hicisteis».

Lecturas aconsejadas

-Libros de Chiara Lubich:
La doctrina espiritual: El amor genera comunión, p. 149 (cf. Escritos Espirituales/1, p. 104). El carisma de la unidad y la psicología, p. 294. El carisma de la unidad y la política: "Pensamientos: Fraternidad universal", p. 305; "El Movimiento de la Unidad", p. 306; "Por una política de comunión", p. 319. El carisma de la unidad y la economía: "Economía y trabajo" p. 342.
Escritos espirituales /1 (El atractivo de nuestro tiempo): Como a ti mismo (Pensamientos), p. 166; Estaba enfermo, p. 59; El examen, p. 93 (Meditaciones)
Escritos espirituales /2 (Lo esencial de hoy): Quien ama, reina, p. 184.
Juntos en camino: Construir la Obra poniendo las bases con la comunión de bienes, sobre todo a partir de "Sabemos lo que está en la base...", p. 74.
Y vuelve la Navidad: Meditaciones para el tiempo de Navidad.

-Otros libros:
• Mons. Françesco Follo: 15 días con Madre Teresa.