| «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mt 5,5)
El “sermón de la montaña” está al principio de la misión de Jesús; se inicia con las bienaventuranzas. Este mes se nos propone la tercera de las ocho bienaventuranzas:
«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra»
¿Quién es el manso? Es el que no se irrita ante el mal y no se deja llevar por las emociones violentas. Sabe dominar y contener sus reacciones, sobre todo la cólera y la ira. Su mansedumbre no tiene nada que ver con la debilidad o el miedo. No es connivencia con el mal o con el silencio cómplice. Al contrario, requiere una gran fortaleza de ánimo, para que el sentimiento de rencor o de venganza ceda el lugar a la actitud enérgica y calmada del respeto a los demás.
Con la bienaventuranza de la mansedumbre, Jesús nos propone un nuevo tipo de provocación: poner la otra mejilla, hacer el bien al que nos hace daño, dar la capa a quien nos pide el vestido... Ésta sabe vencer el mal con el bien, y a cuantos la viven Jesús les hace una gran promesa:
«... poseerán en herencia la tierra»
En la promesa de la tierra se entrevé otra patria, que Jesús llama “el Reino de los cielos” en la primera y en la última bienaventuranzas, o sea, la vida de comunión con Dios, una plenitud de la vida que nunca tendrá fin.
Quien vive la mansedumbre es bienaventurado, ya desde ahora, porque ya desde ahora experimenta la posibilidad de cambiar el mundo a su alrededor, sobre todo, cambiando las relaciones. En una sociedad donde a menudo impera la violencia, la arrogancia, la vejación, él se hace “signo de contradicción” e irradia justicia, comprensión, tolerancia, dulzura, estima del otro.
Mientras trabajan para edificar una sociedad más justa y más verdadera (evangélica), los bienaventurados se preparan para recibir en herencia el Reino de los cielos y vivir “en los cielos nuevos y en la tierra nueva”.
«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra»
Para saber cómo vivir esta Palabra de vida bastaría mirar cómo vivió Jesús, pues Él dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”[1]. En su enseñanza la mansedumbre aparece como una cualidad del amor. De hecho, el amor verdadero, el que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones, es “alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí”[2].
Sí, el que ama no se agita, no tiene prisa, no ofende, no injuria.
El que ama se domina, es dulce, manso, paciente.
El “arte de amar” aparece en todo el Evangelio. Los niños también lo han aprendido. Sé que juegan con un dado especial al que llaman “el dado del amor”. En cada cara hay escrita una frase de cómo amar siguiendo las enseñanzas de Jesús: amar a todos, amarse mutuamente, ser los primeros en amar, hacerse uno con el otro, amar a Jesús en el otro y amar al enemigo.
Lo tiran al comienzo del día y tratan de poner en práctica la frase que ha salido.
El “dado” de los niños también puede contagiar a los mayores y enseñarles a vivir la mansedumbre.
Un día el papá de Francisco, un niño de tres años que vive en Caracas, volvió a casa alterado porque había tenido una discusión con un compañero de trabajo; se lo contó a su mujer y también ella se enfadó con aquel hombre. Francisco fue a por su dado y dijo: “¡Tirad el dado del amor!”
Lo hicieron juntos. En la cara del dado apareció: “Ama al enemigo”. Los padres comprendieron…
Si lo pensamos bien, nos daremos cuenta de que hay personas que viven cotidianamente una maravillosa mansedumbre. Hemos podido conocer a grandes personajes que ya han dejado esta tierra, como Juan Pablo II, Teresa de Calcuta o Roger Schutz, que irradiaban tanta mansedumbre que han indicido en la sociedad y en la historia, estimulándonos en nuestro camino.
[1] Mt 11,29.
[2] Ga 5,22.
Chiara Lubich
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