| «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21)
Una Palabra contundente que proyecta nuestra vida en Dios y
desde allí, con la luz y la fuerza que de ella emana, nos lanza al
servicio de la humanidad.
Es la respuesta a una pregunta que un grupo de fariseos y
algunos hombres de Herodes dirigen a Jesús: ¿tenemos que pagar las
tasas a las fuerzas romanas de ocupación o no? Es una trampa para
hacerlo caer en falso. Si Jesús responde afirmativamente, los far
iseos lo acusarían de colaboración con el enemigo y perdería la
confianza del pueblo. Si responde negativamente, los herodianos
dirían que es subversivo y lo acusarían de instigador.
Entonces Jesús les pide que le enseñen una moneda de plata con
la cual se pagaba el tributo y que le digan de quién es la imagen y
la inscripción que está grabada. Le contestan que es la del
emperador. Si es la del emperador, replica Jesús, devolved al emp
erador lo que es suyo. De esta forma reconoce el valor del Estado y
de sus instituciones.
Pero su contestación va mucho más allá, subrayando lo que de
verdad es importante: devolver a Dios lo que ya es suyo. De la misma
manera que en la moneda romana está la imagen del emperador, en el
corazón de cada ser humano ha sido estampada la imagen de Dios: ¡nos
ha creado a su imagen y semejanza![1]. Por lo tanto le pertenecemos y a
Él hemos de volver. Solamente a Él hay que darle el tributo total y
exclusivo de nuestra persona. Lo más importante no es pagar los
tributos al emperador romano, sino darle a Dios nuestra vida y
nuestro corazón.
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida?
Renovando la estima, el sentido de responsabilidad y el
compromiso por los “asuntos públicos”, respetando las leyes,
tutelando la vida, conservando los bienes de la colectividad:
edificios públicos, calles, medios de transporte…
Ofreciendo la aportación activa, crítica y decisiva de ideas,
propuestas, sugerencias, siempre para mejorar la marcha del barrio,
de la ciudad, de la nación, sin esperar pasivamente, sino prestando
nuestra obra de voluntariado en las estructuras sanitarias o civiles;
perfeccionando nuestro trabajo. Desarrollando nuestra misión
competentemente y con amor, podremos de verdad servir a Jesús en los
hermanos y contribuir a que el Estado y la sociedad respondan al
designio que Dios tiene para la humanidad y estén plenamente al
servicio del hombre.
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
Andrea Ferrari, un perito mercantil de Milán, supo hacer de
la oficina del Banco donde trabajaba un lugar donde poner en práctica
esta Palabra de vida. Escribía: “Todas las mañanas, cuando faltan
pocos minutos para las ocho y media, ficho, entro en el edificio de
oficinas y empieza mi trabajo diario. Pero qué trabajo más raro el
mío: ir y venir, subir escaleras, esperar ante puertas cerradas,
recibir y llevar expedientes, y esto durante muchos años… Si conservo
la caridad a pesar de los contratiempos, a pesar de esas cartas que
hay que rehacer hasta tres veces, habré hecho toda mi parte, porque
considero que es justamente Jesús quien me ha puesto aquí”.
“Soy un contable –decía dirigiéndose a Jesús con sencillez – y
te sirvo como contable. ¡He aquí mi vida, Señor, quiero convertirla
toda en Amor!”.
Un día una señora anciana, que en la ventanilla siempre se
había sentido tratada por él no como una cliente anónima sino como
una “persona”, al no saber expresarle su agradecimiento le llevó ¡un
cestito con huevos!
Andrea murió en el hospital de Turín a los 31 años, como
consecuencia de un accidente en la calle. “¿Tendré que morir solo,
sin ver a nadie?”. La religiosa le contestó que era necesario aceptar
la voluntad de Dios. Al oír esta frase Andrea se reanimó y sonrió:
“Hemos aprendido a reconocerla siempre, como ideal nuestro, incluso
en las cosas pequeñas, incluso – y aquí guiñó el ojo con la gracia
que lo caracterizaba – incluso ante un semáforo en rojo”[2].
Obedeció a Dios y en aquella obediencia de amor se fue con Él.
[1] Cf Gen 1,26
[2] Igino Giordani, Tre focolarini, Roma 1967, pag.55
Chiara Lubich
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