| «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5)
Qué oración desconsolada la de estos discípulos. Ellos también han dudado. ¡Cuántas veces Jesús en el Evangelio les reprocha su poca fe![1]. El mismo Pedro, la “roca” sobre la que Jesús iba a construir su Iglesia, se vio señalado como “hombre de poca fe”[2]. Jesús tuvo que rezar por él para que su fe no decayera[3].
La petición de aumentar la fe es, en realidad, una invocación de todos los cristianos, dado que en la vida de cada uno de nosotros ésta puede sufrir oscilaciones. Incluso Santa Teresa de Lisieux, que tuvo durante toda su vida una profundísima relación filial con Dios, en los últimos dieciocho meses se vio abordada por “la prueba contra la fe”: era como si un muro, cuenta ella misma, se levantara hasta el cielo y tapase las estrellas[4].
«Auméntanos la fe»
El hecho es que, aun sabiendo que Dios es Amor[5], a menudo vivimos como si estuviésemos solos en esta tierra, como si no existiese un Padre que nos ama y nos cuida, que lo conoce todo de nosotros ¡e incluso cuenta los cabellos de nuestra cabeza![6], que hace que todo contribuya a nuestro bien, tanto las cosas buenas que hacemos como las pruebas que pasamos.
Deberíamos poder repetir como si fuesen nuestras las palabras del evangelista S. Juan: “...Y nosotros hemos creído en el amor”[7].
Creer, de hecho, es sentirse mirados y amados por Dios, es saber que todas nuestras oraciones, toda palabra, todo movimiento, cualquier acontecimiento triste, gozoso o indiferente, cualquier enfermedad, todo, todo, todo, desde las cosas que consideramos importantes a las acciones más pequeñas o pensamientos o sentimientos, todo lo ve Dios.
Y si Dios es Amor, la plena confianza en Él no es más que la consecuencia lógica. Por tanto, podemos tener esa confianza que nos lleva a hablar a menudo con Él y exponerle nuestras cosas, nuestros propósitos, nuestros proyectos. Cada uno de nosotros puede abandonarse a su amor, seguro de que será comprendido, consolado, ayudado.
«Auméntanos la fe»
A esta oración de los discípulos responde Jesús: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y os habría obedecido”[8]. “Como un grano de mostaza...”. Jesús no pide una fe más o menos grande, quiere que sea auténtica, fundada en Él, para esperarnos cualquier cosa, y no contando únicamente con nuestras capacidades.
Si creemos, y creemos en un Dios que nos ama, cualquier imposibilidad puede quebrantarse.
Podemos creer que sean “erradicados” la indiferencia y el egoísmo que a menudo nos rodean y que se albergan también en nuestro corazón; que se resuelvan situaciones de desunidad en la familia; que nuestro mundo se encamine hacia la unidad entre generaciones, entre categorías sociales, entre cristianos separados desde hace siglos; que florezca la fraternidad universal entre fieles de distintas religiones, entre razas y pueblos... Podemos creer también que esta humanidad nuestra llegará a vivir en paz. Sí, todo es posible, si permitimos que Dios actúe Para Él, que es el Omnipotente, no hay nada imposible.
«Auméntanos la fe»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida y crecer en la fe?
Ante todo rezando, especialmente cuando llegan las dificultades y la duda: la fe es un don de Dios. Podemos pedirle: “Señor, haz que permanezca en tu amor. Haz que ni por un instante viva sin sentir, sin darme cuenta, sin saber por fe o por experiencia que Tú me amas, que nos amas”.
Y luego, amando. A fuerza de amar, nuestra fe se hará adamantina, inquebrantable. No solamente creeremos en el amor de Dios, sino que lo sentiremos de un modo tangible en nuestra alma y veremos que se realizan “milagros” alrededor de nosotros.
Así lo experimentó una chica de Gran Bretaña: “Cuando mi madre me comunicó que había decidido dejar a papá y cambiarse a otro piso, me quedé estupefacta por la noticia y casi desesperada, pero no le dije nada. En otro momento habría buscado una vía de escape o me habría encerrado en mi habitación a escuchar música. En cambio ahora estaba decidida a vivir el Evangelio y me sentía atraída a permanecer allí, en medio de aquel sufrimiento, y declarar mi “sí ” a la cruz. Para mí era la ocasión de creer en Su amor más allá de toda apariencia.
“A continuación traté de escuchar con amor a mi madre, mientras se desahogaba con respecto a mi padre, dejando a un lado mi opinión. Traté también de estar cerca de mi padre.
“Algunos meses más tarde mis padres ya se habían puesto manos a la obra para poner a flote su relación y me impresionó una frase de mi madre: “¿Recuerdas cuando te dije que me iba a separar? Tu reacción me hizo pensar que estaba tomando una decisión equivocada”.
No le había dicho nada, solamente un “sí” a Jesús en el silencio, con la seguridad de que Él se encargaría de todo”.
[1] Cf Mt 8, 26; 16, 8: 17, 20.
[2] Mt 14, 31.
[3] Cf Lc 22, 32.
[4] Cf Historia de un alma, Manuscrito C.
[5] Cf 1 Jn 4,8.
[6] Cf Mt 10,30.
[7] 1 Jn 4, 16.
[8] Lc 17,6.
Chiara Lubich
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