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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Septiembre, 2007]

Perdonar... y olvidar

«Sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre» (1 Tim 6, 11)

¿Cómo se viven todas estas virtudes en la vida cotidiana? Quizás parezca difícil ponerlas en práctica una a una. Entonces, ¿por qué no vivir el presente con la radicalidad del amor? Si uno vive el presente en la Voluntad de Dios, Dios vive en él; y si Dios está en él, en él está la caridad.

Quien vive el presente adecuándose a las circunstancias es paciente, es perseverante, es manso, es pobre de todo, es puro y es misericordioso porque posee el amor en su expresión más alta y genuina; ama de verdad a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas; está interiormente iluminado, guiado por el Espíritu Santo, y por tanto no juzga, no piensa mal, ama al prójimo como a sí mismo, tiene la fuerza de esa locura evangélica que «pone la otra mejilla» o «camina dos millas». (1)

«Sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre»

Esta exhortación está dirigida a Timoteo, fiel colaborador de Pablo, compañero de viaje y amigo suyo, confidente hasta ser como un hijo. «Tú, hombre de Dios –le escribe el apóstol después de haber denunciado orgullo, envidias, peleas, apego al dinero– huye de estas cosas», y lo invita a seguir una vida que brille por las virtudes humanas y cristianas.

En estas palabras resuena el compromiso asumido con el bautismo: renunciar al mal («huye») y adherirse al bien («sigue»). Del Espíritu Santo viene la transformación radical, la capacidad y la fuerza para poner en práctica la exhortación de Pablo.

«Sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre»

La experiencia que vivimos el primer grupo de chicas que, en 1944, dió vida al focolar en Trento, permite intuir cómo se puede vivir la Palabra de Vida, sobre todo la caridad, la paciencia y la mansedumbre.

Especialmente al principio, no siempre era fácil vivir la radicalidad del amor. Tambíen entre nosotras, en nuestras relaciones, podía depositarse el polvo, y la unidad podía languidecer. Eso sucedía, por ejemplo, cuando nos dábamos cuenta de los defectos e imperfeciones de las demás y las juzgábamos, con lo cual se enfriaba la corriente de amor recíproco.

Para reaccionar a esta situación, un día pensamos en hacer un pacto entre nosotras, y lo llamamos «pacto de misericordia». Decidimos que cada mañana veríamos como nuevo al prójimo que encontrásemos en el focolar, en el colegio, en el trabajo, etc. Nuevo, novísimo, sin recordar ninguno de sus defectos, sino cubriéndolo todo con el amor. Era un acercarse a todos con esta amnistía completa en el corazón, con este perdón universal.

Fue un compromiso fuerte que asumimos todas juntas y que nos ayudaba a ser, lo máximo posible, las primeras en amar, imitando a Dios misericordioso, que perdona y olvida.

[1] Cf Mt 5,4.

Chiara Lubich