Lleva a la página principal de Ciudad Nueva
E-Mail | Inicio | Revista | Pedido | Distribución | Catálogo | Novedades
Lleva a la página principal de Ciudad Nueva


 

Canales
temáticos



Arte

Ciencia

Cultura

Ecología

Economía

Espiritualidad de la Unidad

Ética

Familia

Focolares

Iglesia

Índices

Niños

Palabra de Vida

Política

Salud

Testimonio
 

[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Septiembre, 2005]

Construir la ciudad terrena

«Os ruego que viváis una vida digna del Evangelio» (Fil 1,27)

Hacia el año 50 del siglo I Pablo, junto con su compañero Sila, llegó a la pequeña ciudad de Filipos. Era la primera ciudad europea en la que se quedó el apóstol anunciando el Evangelio. La conversión de algunas personas provocó tal descontento y tales desórdenes entre la población pagana, que los magistrados decidieron expulsar a escondidas a Pablo y a Sila. Estos tuvieron que alegar su estatus de ciudadanos romanos para quedar habilitados.

A pesar de las dificultades que tuvieron con las autoridades civiles y la ciudadanía, a los pocos años, escribiendo a la pequeña comunidad cristiana nacida en Filipos, Pablo invita a los creyentes a que vivan su compromiso civil con lealtad y coherencia evangélica.

En la misma carta, un poco más adelante, Pablo recuerda que la ciudadanía de los cristianos está en los cielos . Sin embargo esto no les exime de asumir también sus responsabilidades civiles en el campo social y político. Es más, justamente porque son ciudadanos del reino de Cristo, los cristianos están fuertemente obligados a ponerse al servicio de todos para colaborar en la construcción de la ciudad terrena con justicia y amor.

«Os ruego que viváis una vida digna del Evangelio»

Con esta Palabra, Pablo pide a los filipenses que se comporten como verdaderos cristianos. A veces se cree que el Evangelio no resuelve los problemas humanos y que trae el reino de Dios en un sentido sólo religioso. Pero no es así.

Jesús en el cristiano, en el hombre, en aquel determinado hombre –cuando está su gracia en él–, es quien construye un puente, abre un camino… Y, como otro Cristo, cada hombre y cada mujer pueden dar una aportación tipicamente suya en todos los campos de la actividad humana: en la ciencia, en el arte, en la política…

«Os ruego que viváis una vida digna del Evangelio»

Pero ¿cómo podemos ser otro Cristo, para poder obrar e incidir con eficacia en la sociedad? Viviendo su estilo de vida expresado en los Evangelios. De hecho si acogemos su Palabra sintonizamos cada vez más con sus pensamientos, sus sentimientos y sus enseñanzas. La Palabra ilumina todas nuestras actividades, endereza y corrige todas las expresiones de nuestra vida.

Sí, viviendo el Evangelio nos convertimos en otros Cristo, y como Él daremos nuestra vida por los demás y, viviendo en el amor, ayudaremos a construir la fraternidad. Todas las palabras del Evangelio se pueden sintetizar en el amor a Dios y al prójimo, y si las vivimos nos empujan a amar.

Nosotros hablamos muchas veces de amor y podría parecer superfluo el subrayarlo en esta ocasión. Pero no es así. Nuestro “hombre viejo” siempre está dispuesto a retirarse al ámbito privado, para llevar a cabo los pequeños intereses personales, olvidándose de las personas que pasan a su lado, indiferentes ante el bien común, ante las exigencias de la humanidad que nos rodea.

Por tanto, volvamos a encender en nuestro corazón la llama del amor y tendremos ojos nuevos para mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de la necesidad de intervenir para mejorar nuestra sociedad. El amor nos sugerirá también los caminos para actuar con creatividad y nos infundirá el valor y la fuerza para recorrerlos.

«Os ruego que viváis una vida digna del Evangelio»

Así ha hecho Ulises Caglione, un amigo nuestro que dio su vida en Argelia junto con cristianos y musulmanes, dando testimonio del amor evangélico por todos con sencillez y concretamente.

No vivió para sí. En él, el primer lugar lo ocupaban los hermanos y las hermanas. Tenía un amor especial por cada uno y no medía su tiempo, compartiendo alegrías, conquistas, esperanzas y también fatigas, incertidumbres y sufrimientos de los primeros decenios después de la independencia.

De hecho, cuando en en los años 90 empezó en el país un periodo de desórdenes y de terror que afectó a toda la población argelina, casi enteramente musulmana, y también a la pequeña comunidad cristiana, mayoritariamente extranjera, Ulises decidió, juntamente con otros cristianos, no volver a Italia, su país natal.

En una entrevista a un periódico hizo esta declaración: “Me he quedado en Argelia durante muchos años en los que todo iba bien. Ahora la situación es delicada y arriesgada, pero siento que no me puedo marchar; irse no sería según la línea del Evangelio”.

Cuando el día 1 de septiembre de hace dos años, a consecuencia de una enfermedad, partió para el Cielo, los musulmanes que habían vivido a su lado dieron su testimonio: “Había un amor tal entre nosotros que cualquier acontecimiento lo vivíamos y lo compartíamos. Él ha sido el puente, el nexo entre el cristianismo y el Islam. En un país donde se exaltaba la intolerancia, hemos aprendido a escuchar sin prejuicios y a no emitir juicio alguno. Ulises nos ha enseñado a hacerlo todo por amor, a ser el amor”.

[1] Cf Fil 3,20.

Chiara Lubich