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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Agosto, 2007]

Poner nombre a las dificultades

«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús» (Hb 12, 1-2)

La Carta a los Hebreos está dirigida cristianos cuya vida conoce pruebas y sufrimientos. A veces sería como para desanimarse: ¿por qué no elegir un camino más fácil?, ¿por qué no rendirse?

El autor del escrito, en cambio, invita a proseguir el camino emprendido: es difícil, cuesta, pero la senda del Evangelio es la que lleva a la plenitud de la vida. Es más, el autor incita a los cristianos para que corran y sigan firmes incluso bajo el peso de los sufrimientos.

Igual que cualquier atleta, también todos los que decidimos seguir a Jesús necesitamos perseverancia para llegar a la meta, es decir, resistencia, capacidad de aguantar, y nos la da la convicción de que Dios está con nosotros y la firme decisión de querer conseguirlo.

Pero, sobre todo, estamos invitados a mantener la mirada bien fija en Jesús, que nos ha precedido y nos guía. Él, de hecho, en la cruz, especialmente cuando se siente abandonado por el Padre, es modelo de valor, de perseverancia, de sufrimiento: supo mantenerse firme en la prueba y se volvió a abandonar en las manos de ese Dios por quien se sentía abandonado[1].

«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús»

Chiara Lubich habla a menudo de cómo Jesús afronta con valor y sin rendirse la prueba más grande: es el modelo de nuestra carrera y de cómo se superan las pruebas. Jesús en la cruz, con su abandono, ya hizo suyos cada uno de nuestros dolores o pruebas de la vida.

Dejemos que ella misma nos indique cómo mantener la mirada fija en Él:

«¿Estamos embargados por el miedo? ¿Acaso en la cruz, en su abandono, Jesús no parece dominado por el miedo de que el Padre se haya olvidado de Él?»

Cuando seamos presa del desconsuelo y del desánimo, podemos mirar a Jesús, que en ese momento «parece sumergido en la impresión de que en su divina pasión le falte el consuelo del Padre; parece que estuviera perdiendo el ánimo al concluir su dolorosísima prueba (…) ¿Las circunstancias nos llevan a desorientarnos? Jesús en aquel tremendo dolor parece no comprender ya nada de lo que le está sucediendo, y grita: “¿Por qué?”. Y cuando nos sorprenda la desilusión o estemos heridos por un trauma o una desgracia imprevista, o una enfermedad, o una situación absurda, podemos siempre recordar el dolor de Jesús abandonado, que personificó todas estas pruebas y mil más»[2].

Él está a nuestro lado en cada dificultad que tengamos, dispuesto a compartir con nosotros cada dolor.

«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús»

¿Cómo vivir, pues, esta Palabra? Mirando a Jesús y acostumbrándonos a «llamarlo por su nombre en las pruebas de la vida. Así que le diremos: “Jesús abandonado-soledad”, “Jesús abandonado-duda”, “Jesús abandonado-herida”, “Jesús abandonado-prueba”, “Jesús Abandonado-desolación”, etc.

»Al llamarlo por su nombre, Él verá que lo descubrimos y reconocemos detrás de cada dolor y nos responderá con más amor. Y abrazarlo será nuestra paz, nuestro consuelo, la fuerza, el equilibrio, la salud, la victoria. Será la explicación de todo y la solución de todo»[3].

«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús»

Así le pasó a Luisa, que hace años encontró una hojita con el comentario a esta Palabra de vida. Ella misma cuenta: «De repente nos cayó como una losa la terrible noticia: mi hijo mayor, de 29 años, había tenido un accidente de tráfico y estaba gravísimo. Corrí al hospital con el corazón en un puño. Mi hijo estaba allí, inmóvil, ausente. Estaba desesperada. Uno de esos agustiosos días de espera pasé casualmente por la capilla del hospital y encontré la Palabra de Vida, que me invitaba a mantener la mirada fija en Jesús abandonado. La leí atentamente: sí, me dije, precisamente habla de mi prueba… No tenía esperanzas, pero la sala de reanimación no me parecía ya un martirio, sino un vínculo con el amor de Dios. Y cogiendo la mano de mi hijo, fui capaz de rezar por él, que me estaba dejando. Murió, pero nunca lo había sentido tan vivo».

[1] Cf. Mc 15, 34.
[2] C. LUBICH, Juntos en camino, Ciudad Nueva, 1988, p. 173-174.
[3] Ibid. p. 174.

P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara