| «Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,
fijos los ojos en Jesús» (Hb 12, 1-2)
La Carta a los Hebreos está dirigida cristianos cuya vida
conoce pruebas y sufrimientos. A veces sería como para
desanimarse: ¿por qué no elegir un camino más fácil?, ¿por qué no
rendirse?
El autor del escrito, en cambio, invita a proseguir el
camino emprendido: es difícil, cuesta, pero la senda del
Evangelio es la que lleva a la plenitud de la vida. Es más, el
autor incita a los cristianos para que corran y sigan firmes
incluso bajo el peso de los sufrimientos.
Igual que cualquier atleta, también todos los que
decidimos seguir a Jesús necesitamos perseverancia para llegar a
la meta, es decir, resistencia, capacidad de aguantar, y nos la
da la convicción de que Dios está con nosotros y la firme
decisión de querer conseguirlo.
Pero, sobre todo, estamos invitados a mantener la mirada
bien fija en Jesús, que nos ha precedido y nos guía. Él, de
hecho, en la cruz, especialmente cuando se siente abandonado por
el Padre, es modelo de valor, de perseverancia, de sufrimiento:
supo mantenerse firme en la prueba y se volvió a abandonar en las
manos de ese Dios por quien se sentía abandonado[1].
«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,
fijos los ojos en Jesús»
Chiara Lubich habla a menudo de cómo Jesús afronta con
valor y sin rendirse la prueba más grande: es el modelo de
nuestra carrera y de cómo se superan las pruebas. Jesús en la
cruz, con su abandono, ya hizo suyos cada uno de nuestros dolores
o pruebas de la vida.
Dejemos que ella misma nos indique cómo mantener la mirada
fija en Él:
«¿Estamos embargados por el miedo? ¿Acaso en la cruz, en
su abandono, Jesús no parece dominado por el miedo de que el
Padre se haya olvidado de Él?»
Cuando seamos presa del desconsuelo y del desánimo,
podemos mirar a Jesús, que en ese momento «parece sumergido en la
impresión de que en su divina pasión le falte el consuelo del
Padre; parece que estuviera perdiendo el ánimo al concluir su
dolorosísima prueba (…) ¿Las circunstancias nos llevan a
desorientarnos? Jesús en aquel tremendo dolor parece no
comprender ya nada de lo que le está sucediendo, y grita: “¿Por
qué?”. Y cuando nos sorprenda la desilusión o estemos heridos por
un trauma o una desgracia imprevista, o una enfermedad, o una
situación absurda, podemos siempre recordar el dolor de Jesús
abandonado, que personificó todas estas pruebas y mil más»[2].
Él está a nuestro lado en cada dificultad que tengamos,
dispuesto a compartir con nosotros cada dolor.
«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,
fijos los ojos en Jesús»
¿Cómo vivir, pues, esta Palabra? Mirando a Jesús y
acostumbrándonos a «llamarlo por su nombre en las pruebas de la
vida. Así que le diremos: “Jesús abandonado-soledad”, “Jesús
abandonado-duda”, “Jesús abandonado-herida”, “Jesús
abandonado-prueba”, “Jesús Abandonado-desolación”, etc.
»Al llamarlo por su nombre, Él verá que lo descubrimos y
reconocemos detrás de cada dolor y nos responderá con más amor. Y
abrazarlo será nuestra paz, nuestro consuelo, la fuerza, el
equilibrio, la salud, la victoria. Será la explicación de todo y
la solución de todo»[3].
«Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,
fijos los ojos en Jesús»
Así le pasó a Luisa, que hace años encontró una hojita con
el comentario a esta Palabra de vida. Ella misma cuenta: «De
repente nos cayó como una losa la terrible noticia: mi hijo
mayor, de 29 años, había tenido un accidente de tráfico y estaba
gravísimo. Corrí al hospital con el corazón en un puño. Mi hijo
estaba allí, inmóvil, ausente. Estaba desesperada. Uno de esos
agustiosos días de espera pasé casualmente por la capilla del
hospital y encontré la Palabra de Vida, que me invitaba a
mantener la mirada fija en Jesús abandonado. La leí atentamente:
sí, me dije, precisamente habla de mi prueba… No tenía
esperanzas, pero la sala de reanimación no me parecía ya un
martirio, sino un vínculo con el amor de Dios. Y cogiendo la mano
de mi hijo, fui capaz de rezar por él, que me estaba dejando.
Murió, pero nunca lo había sentido tan vivo».
[1] Cf. Mc 15, 34.
[2] C. LUBICH, Juntos en camino, Ciudad Nueva, 1988, p. 173-174.
[3] Ibid. p. 174.
P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara
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