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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Agosto, 2006]

El amor no tiene barreras

«Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo» (Ef 4,32)

Este programa de vida es concreto y esencial. Bastaría por sí solo para crear una sociedad diferente, más fraternal, más solidaria. Está sacado de un amplio proyecto propuesto a los cristianos de Asia Menor.

En aquellas comunidades se había alcanzado la “paz” entre judíos y gentiles, dos pueblos representantes de la humanidad divididos hasta ese momento.

La unidad, dada por Cristo, tiene que reavivarse cada vez más y traducirse en comportamientos sociales completamente inspirados por el amor recíproco. De ahí las indicaciones sobre cómo plantear nuestras relaciones:

«Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo»

Benevolencia: querer el bien del otro. Es “hacerse uno” con él, acercarnos a él estando completamente vacíos de nosotros mismos, de nuestros intereses, de nuestras ideas, de tantos prejuicios que nublan nuestra mirada, para acoger sus pesos, sus necesidades, sus sufrimientos, para compartir sus alegrías. Es entrar en el corazón de los que nos encontramos para comprender su mentalidad, su cultura, sus tradiciones y hacerlas, de alguna manera, nuestras; para comprender verdaderamente lo que necesitan y saber acoger esos valores que Dios ha sembrado en el corazón de cada persona. En una palabra: vivir por el que está a nuestro lado.

Misericordia: acoger al otro así como es, no como quisiéramos que fuese, con un carácter distinto, con nuestras ideas políticas, con nuestras convicciones religiosas, y sin esos defectos o esos modos de hacer que tanto nos chocan. No, es necesario dilatar el corazón y hacer que sea capaz de acoger a todos en su diversidad, en sus límites y miserias.

Perdón: ver al otro siempre nuevo. También en las convivencias más bellas y serenas, en familia, en el colegio, en el trabajo, no faltan nunca momentos de roce, de divergencias, de conflicto. Se llega a no dirigirse la palabra, a evitar encontrarse por no hablar cuando se alberga en el corazón un verdadero odio a quien no piensa como nosotros. El compromiso fuerte y exigente es tratar de ver cada día al hermano y a la hermana como si fueran nuevos, novísimos, sin acordarnos en absoluto de las ofensas recibidas, sino cubriéndolo todo con el amor, con una amnistía completa en nuestro corazón a imitación de Dios que perdona y olvida. Luego, la paz verdadera y la unidad llegan cuando la benevolencia, la misericordia y el perdón se viven no sólo por personas individuales sino juntos, en la reciprocidad.

Y como en un fuego encendido es necesario, de vez en cuando, sacudir las brasas para que las cenizas no lo cubran, del mismo modo es necesario, de vez en cuando, reavivar expresamente el amor recíproco, reavivar las relaciones con todos, para que no queden cubiertas por las cenizas de la indiferencia, de la apatía, del egoísmo.

«Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo»

Es necesario que estas actitudes se traduzcan en hechos, en acciones concretas. El mismo Jesús demostró qué es el amor cuando curó a los enfermos, cuando dio de comer a la muchedumbre, cuando resucitó a los muertos, cuando lavó los pies a los discípulos. Hechos, hechos: esto es amar.

Recuerdo a una madre de familia africana: había tenido que sufrir la pérdida de un ojo de una hija suya, Rosángela, víctima de un chico agresivo que la había herido con un palo y seguía burlándose de ella. Ninguno de los padres del chico pidió disculpas. El silencio, la falta de relación con esa familia la amargaban. “¡Consuélate -decía Rosángela que había perdonado- he tenido suerte, puedo ver con el otro ojo!”.

“Una mañana -cuenta la madre de Rosangela- la mamá de ese chico me mandó llamar porque se sentía mal. Mi primera reacción fue: ¡Mira, ahora viene a pedirme ayuda a mí, con los vecinos que hay de casa, precisamente a mí después de lo que su hijo nos ha hecho!

Pero en seguida recordé que el amor no tiene barreras. Corrí a su casa. Me abrió la puerta y se desmayó entre mis brazos. La acompañé al hospital, estuve con ella cuando los médicos no se ocupaban de ella. Después de una semana, salió del hospital y vino a darme las gracias. La acogí con todo el corazón. Logré perdonarla. Ahora la relación se ha reanudado, es más, es completamente nueva”.

También nuestra jornada puede llenarse de servicios concretos, humildes e inteligentes, expresión de nuestro amor. Veremos crecer alrededor de nosotros la fraternidad y la paz.

Chiara Lubich