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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Julio, 2007]

Libertad que nace de la caridad

«Habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13)

En torno al año 50 el apóstol Pablo había visitado la región de Galacia, en el centro de Asia Menor, la actual Turquía. Habían surgido comunidades cristianas que habían abrazado la fe con gran entusiasmo. Para ellos, Pablo representaba a Jesús crucificado, y habían recibido el bautismo que los revestía de Cristo, comunicándoles la libertad de los hijos de Dios. «Corrían bien» en el nuevo camino, como reconoce el mismo Pablo.

Luego, de repente, buscan su libertad en otro lado, y Pablo se sorprende de que le den la espalda a Cristo tan pronto. De ahí la invitación apremiante a recuperar la libertad que Cristo les había dado.

«Habéis sido llamados a la libertad»

¿A qué libertad estamos llamados? ¿Acaso no podíamos hacer ya lo que queríamos? «Nunca hemos sido esclavos de nadie», decían por ejemplo los contemporáneos de Jesús, cuando Él afirmaba que la verdad que traía los iba a hacer libres. «Todo el que comete pecado es un esclavo»(1), respondió Jesús.

Hay una esclavitud insidiosa, fruto del pecado, que atenaza el corazón humano. Conocemos bien sus múltiples manifestaciones: replegarse sobre uno mismo, apegarse a los bienes materiales, el hedonismo, el orgullo, la ira...

Solos nunca seremos capaces de desprendernos totalmente de esta esclavitud. La libertad es un don de Jesús: haciéndose servidor nuestro y dando la vida por nosotros, nos liberó. De ahí la invitación a ser coherentes con la libertad que se nos dio.

Ésta «no consiste tanto en la posibilidad de elegir entre el bien o el mal, cuanto en ir cada vez más hacia el bien», como dijo una vez Chiara Lubich a los jóvenes. «He comprobado -continúa- que el bien libera y el mal esclaviza. Ahora bien, para tener la libertad hay que amar. Porque lo que más nos esclaviza es nuestro yo. En cambio, cuando pensamos siempre en el otro, o en la voluntad de Dios al hacer nuestros deberes, o en el prójimo, no pensamos en nosotros mismos y somos libres de nosotros»(2).

«Habéis sido llamados a la libertad»

¿Cómo vivir, pues, esta Palabra de vida? Nos lo indica el mismo Pablo cuando, inmediatamente después de recordarnos que estamos llamados a la libertad, explica que ésta consiste en ponerse «al servicio los unos de los otros» «mediante la caridad», porque «toda la ley encuentra su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo»(3).

Somos libres -aquí está la paradoja del amor- cuando por amor nos ponemos al servicio de los demás; cuando, en contra de nuestros impulsos egoístas, nos olvidamos de nosotros mismos y estamos atentos a las necesidades de los demás.

Estamos llamados a la libertad del amor: ¡somos libres de amar! Sí, «para tener la libertad hay que amar».

«Habéis sido llamados a la libertad»

El obispo François-Xavier Nguyen Van Thuan, encarcelado por su fe, pasó en la cárcel trece años. Incluso entonces se sentía libre porque le quedaba siempre la posibilidad de amar al menos a sus carceleros.

«Cuando me sometieron a aislamiento -cuenta-, me entregaron a cinco guardias. Por turnos, dos de ellos estaban siempre conmigo. Los jefes les habían dicho: "Os sustituiremos cada dos semanas por otro grupo para que este peligroso obispo no os contamine".

»Después decidieron: "Ya no os cambiaremos, porque si no, este obispo contaminará a todos los policías".

»Al principio, los guardias no hablaban conmigo. Se limitaban a responder "sí" o "no". Era verdaderamente triste (...). Evitaban hablar conmigo.

»Una noche me vino un pensamiento: Francisco, tú todavía eres muy rico, tienes el amor de Cristo en el corazón: ámalos como Jesús te ha amado.

»Al día siguiente empecé a quererlos aún más, a amar a Jesús en ellos, sonriendo, dirigiéndoles palabras amables. Empecé a contar historias de mis viajes al extranjero (...). Quisieron aprender lenguas extanjeras: inglés, francés... ¡Mis guardias se convirtieron en mis alumnos!»(4) .

[1] Cf. Jn 8, 31-34.
[2] Respuestas a las preguntas de los jóvenes, Palaeur, Roma, 20 de mayo de 1995.
[3] Cf. Gál 5, 13-14.
[4] Testigos de esperanza, Ciudad Nueva, Madrid, 9ª edic. Abril 2004, pág. 87.

P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara