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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Julio, 2006]

Dios nos ama, siempre

«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le invocan con verdad» (Sal 144,18)

El abrazo de Dios es universal. Abarca el infinito y está atento a la más pequeña de sus criaturas. El poema (el Salmo) del que está sacada la Palabra de vida es todo un himno a Él, “grande en el amor”, inclinado hacia cualquier ser viviente, atraído por sus necesidades.

Cada criatura se retrata en un gesto de invocación: necesita el alimento y con él lo necesario para su existencia y Dios abre su mano con generosidad. Cuida a cada uno, sostiene al que es débil y corre el riesgo de caer[1], vuelve a llevar al camino recto al que se ha extraviado.

«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le invocan con verdad»

No es un Dios ausente, lejano, indiferente a la suerte de la humanidad, como a la de cada uno de nosotros. Lo experimentamos muchas veces. Pero también es verdad que en otros momentos, experimentamos la lejanía y nos sentimos solos, inseguros, perdidos ante situaciones que parecen sobrepasarnos.

De ahí entonces, la rebelión o los sentimientos de antipatía si no de odio hacia una hermana o hermano nuestro. De ahí el peso en nuestro ánimo de situaciones que desde años se arrastran en la familia, en la comunidad del trabajo: pequeñas o grandes descon fianzas, celos, envidias, tiranías. O nos vemos sofocados por un mundo que puede parecernos endurecido por las pasiones, el afán de hacer carrera y falto de ideales, de justicia, de esperanza.

“Señor, ¿dónde estás?”, parece gritar nuestro corazón.” ¿Me amas verdaderamente? ¿Nos amas verdaderamente? Pero, entonces: ¿Por qué todo esto?”

Y aquí la Palabra de vida reaviva una certeza en nosotros: no estamos nunca solos en nuestra aventura humana.

«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le invocan con verdad»

Es una invitación a reavivar nuestra fe: existe y me ama. Puedo y debo afirmarlo en cada acción, ante cualquier acontecimiento: Dios me ama ¿Me encuentro con una persona? Debo creer que a través de ella Dios tiene algo que decirme. ¿Estoy trabajando? En ese momento sigo teniendo fe en Su amor. Llega un dolor: creo que Dios me ama. ¿Llega una alegría? Dios me ama.

Él está conmigo, está siempre conmigo, lo sabe todo sobre mí y comparte cada pensamiento mío, cada alegría, cada deseo, lleva junto conmigo cada preocupación, cada prueba de mi vida.

«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le invocan con verdad»

¿Cómo reavivar esta certeza? He aquí algunas sugerencias. Lo dice Él mismo: ¡invocándolo! El Señor estaba ya en la barca de Pedro cuando empezó la tormenta, pero los discípulos se sentían solos e indefensos, porque Él dormía. Lo llamaron: “¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!”[2] y Él calmó el viento y las aguas.

El mismo Jesús, en la cruz, cuando ya no sentía la cercanía del Padre, lo invocó con la oración más desgarradora: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”[3] Así creyó en su amor, se volvió a abandonar en el Padre y Él lo resucitó de la muerte.

¿Cómo reavivar entonces la fe en su presencia? Buscándolo en medio de nosotros. Él ha prometido estar donde dos o tres están unidos en su nombre[4]. Al encontrarnos entonces en el amor mutuo del Evangelio con los que viven la Palabra de vida, compartimos las experiencias y experimentaremos los frutos de esta presencia suya: alegría, paz, luz, valor.

Él permanecerá con cada uno de nosotros y seguiremos sintiéndolo cercano y activo en nuestra vida de cada día.

[1] Cf Sal 144,14.
[2] Mt 8,25.
[3] Mt 27,46.
[4] Cf Mt 18,20.

Chiara Lubich