| «Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le
invocan con verdad» (Sal 144,18)
El abrazo de Dios es universal. Abarca el infinito y está
atento a la más pequeña de sus criaturas. El poema (el Salmo) del que
está sacada la Palabra de vida es todo un himno a Él, “grande en el
amor”, inclinado hacia cualquier ser viviente, atraído por sus
necesidades.
Cada criatura se retrata en un gesto de invocación: necesita
el alimento y con él lo necesario para su existencia y Dios abre su
mano con generosidad. Cuida a cada uno, sostiene al que es débil y
corre el riesgo de caer[1], vuelve a llevar al camino recto al que se ha
extraviado.
«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le
invocan con verdad»
No es un Dios ausente, lejano, indiferente a la suerte de la
humanidad, como a la de cada uno de nosotros. Lo experimentamos
muchas veces. Pero también es verdad que en otros momentos,
experimentamos la lejanía y nos sentimos solos, inseguros, perdidos
ante situaciones que parecen sobrepasarnos.
De ahí entonces, la rebelión o los sentimientos de antipatía
si no de odio hacia una hermana o hermano nuestro. De ahí el peso en
nuestro ánimo de situaciones que desde años se arrastran en la
familia, en la comunidad del trabajo: pequeñas o grandes descon
fianzas, celos, envidias, tiranías. O nos vemos sofocados por un
mundo que puede parecernos endurecido por las pasiones, el afán de
hacer carrera y falto de ideales, de justicia, de esperanza.
“Señor, ¿dónde estás?”, parece gritar nuestro corazón.” ¿Me
amas verdaderamente? ¿Nos amas verdaderamente? Pero, entonces: ¿Por
qué todo esto?”
Y aquí la Palabra de vida reaviva una certeza en nosotros: no
estamos nunca solos en nuestra aventura humana.
«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le
invocan con verdad»
Es una invitación a reavivar nuestra fe: existe y me ama.
Puedo y debo afirmarlo en cada acción, ante cualquier acontecimiento:
Dios me ama ¿Me encuentro con una persona? Debo creer que a través de
ella Dios tiene algo que decirme. ¿Estoy trabajando? En ese momento
sigo teniendo fe en Su amor. Llega un dolor: creo que Dios me ama.
¿Llega una alegría? Dios me ama.
Él está conmigo, está siempre conmigo, lo sabe todo sobre mí y
comparte cada pensamiento mío, cada alegría, cada deseo, lleva junto
conmigo cada preocupación, cada prueba de mi vida.
«Cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le
invocan con verdad»
¿Cómo reavivar esta certeza? He aquí algunas sugerencias.
Lo dice Él mismo: ¡invocándolo! El Señor estaba ya en la barca
de Pedro cuando empezó la tormenta, pero los discípulos se sentían
solos e indefensos, porque Él dormía. Lo llamaron: “¡Sálvanos, Señor,
estamos perdidos!”[2] y Él calmó el viento y las aguas.
El mismo Jesús, en la cruz, cuando ya no sentía la cercanía
del Padre, lo invocó con la oración más desgarradora: “Dios mío, Dios
mío, ¿Por qué me has abandonado?”[3] Así creyó en su amor, se volvió a
abandonar en el Padre y Él lo resucitó de la muerte.
¿Cómo reavivar entonces la fe en su presencia?
Buscándolo en medio de nosotros. Él ha prometido estar donde
dos o tres están unidos en su nombre[4]. Al encontrarnos entonces en el
amor mutuo del Evangelio con los que viven la Palabra de vida,
compartimos las experiencias y experimentaremos los frutos de esta
presencia suya: alegría, paz, luz, valor.
Él permanecerá con cada uno de nosotros y seguiremos
sintiéndolo cercano y activo en nuestra vida de cada día.
[1] Cf Sal 144,14.
[2] Mt 8,25.
[3] Mt 27,46.
[4] Cf Mt 18,20.
Chiara Lubich
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