| «Yavé sostiene a los que caen y levanta a los humillados» (Salmo 144,14)
Dios es Amor[1]. Es la certeza más sólida que debe guiar nuestra
vida, incluso cuando nos surge la duda ante las grandes calamidades
naturales, la violencia de la que es capaz la humanidad, nuestros
fracasos y fallos o los dolores que nos afectan personalmente.
Que es Amor, Dios nos lo ha mostrado y continúa
demostrándonoslo de mil modos: dándonos la creación, la vida (y todo
el bien que nos llega de ella), la redención a través de su Hijo, la
posibilidad de santificación mediante el Espíritu Santo.
Dios siempre nos manifiesta su Amor: se muestra cercano a cada
uno de nosotros, nos sigue y nos sostiene paso a paso en las pruebas
de la vida. Nos lo asegura el salmo de donde está sacada esta Palabra
de Vida, hablando de la insondable grandeza de Dios, de su esplendor,
de su potencia y, a la vez, de su ternura y de su inmensa bondad. Él
es capaz de hazañas prodigiosas y, al mismo tiempo, es el padre lleno
de atenciones, más atento que una madre.
«Yavé sostiene a los que caen y levanta a los humillados»
De vez en cuando todos nosotros tenemos que afrontar
situaciones difíciles, dolorosas, ya sea en la vida personal, ya sea
en las relaciones con los demás, y a veces experimentamos toda
nuestra impotencia.
Nos encontramos ante muros de indiferencia y de egoísmo y nos
sentimos desfallecer ante acontecimientos que parecen superarnos.
¡Cuántas circunstancias dolorosas tenemos que afrontar cada
uno en la vida! ¡Cuánta necesidad de que haya Otro que se ocupe de
ellas! Pues bien, en estos momentos la Palabra de Vida nos puede
servir de ayuda.
Jesús deja que hagamos la experiencia de nuestra incapacidad,
no tanto para que nos desanimemos, sino para que experimentemos la
extraordinaria potencia de su gracia, que justamente se manifiesta
cuando nuestras fuerzas parecen flaquear, y ayudarnos a comprender
mejor su amor. Pero con un pacto: que tengamos una confianza total en
Él, como la tiene un hijo pequeño en su madre; abandono ilimitado que
hará que nos sintamos en los brazos de un Padre que nos ama tal como
somos y para el cual todo es posible.
Ni siquiera nos puede frenar el ser conscientes de nuestros
fallos, porque, dado que es amor, Dios nos levanta cada vez que
caemos, al igual que hacen los padres con sus hijos.
«Yavé sostiene a los que caen y levanta a los humillados»
Firmes en esta certeza, podremos arrojar en Él todas las
ansias y los problemas, tal y como nos sugiere la Escritura: arrojad
“en él todas vuestras preocupaciones, pues él se cuida de vosotros”[2].
También para nosotros, en los primeros tiempos del Movimiento,
cuando la pedagogía del Espíritu Santo empezaba a ayudarnos a dar los
primeros pasos en el camino del amor, el “arrojar todas las
preocupaciones en el Padre” era un quehacer de cada día, y de varias
veces al día.
Recuerdo que decía: al igual que no podemos tener una brasa en
la mano, sino que la arrojamos inmediatamente porque si no nos
quemamos, con la misma rapidez arrojámos en el Padre todas las
preocupaciones. Y no recuerdo haber arrojado en su corazón ninguna
preocupación de la que Él no se haya ocupado.
Pero no siempre es fácil creer, y creer en su amor. Durante
este mes esforcémonos en hacerlo en todos los casos, incluso en los
más enredados. Cada vez asistiremos a la intervención de Dios, que no
nos abandona, sino que nos cuida. Experimentaremos una fuerza hasta
ese momento desconocida que provocará en nosotros nuevos e
insospechados recursos.
[1] I Jn 4,8
[2] I Pe 5,7
Chiara Lubich
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