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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Junio, 2006]

Que no pase un día sin...

«Andad en espíritu (…). Si os dejáis guiar por el espíritu no estáis bajo la Ley» (Gal 5, 16-18)

“Habéis sido llamados a la libertad”[1]. Éste es el anuncio que Pablo de Tarso dirige a los cristianos de las distintas comunidades de Galacia. Un anuncio que hace de eco a las palabras dichas por Jesús: “Os haré verdaderamente libres”[2]. Libres ¿de qué? Los cristianos de Galacia habían quedado libres de las prescripciones legales de la ley mosaica, libertad que luego se extendió a todos los cristianos. Aún más, hemos sido liberados del pecado y de sus consecuencias: nuestros miedos, la búsqueda desenfrenada de nuestros intereses, los condicionamientos culturales, las convenciones sociales. Por eso, somos libres cuando observamos las normas de conducta social y religiosa del cristianismo y no las sentimos como obligaciones impuestas desde fuera.

Para nosotros existe una nueva ley, la “ley de Cristo”[3], como la llama Pablo, grabada en nuestro mismo corazón, que florece desde lo íntimo de la persona hecha nueva por el amor de Cristo: una “ley de libertad”[4]. Una ley que al mismo tiempo nos da la fuerza para ponerla en acto.

Somos libres porque estamos guiados por el Espíritu de Jesús que vive en nosotros. De ahí la invitación:

«Andad en espíritu (…). Si os dejáis guiar por el espíritu no estáis bajo la Ley»

En este periodo de Pentecostés revivimos el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo sobre María y los discípulos reunidos en el Cenáculo. Con sus lenguas de fuego Él derrama el amor de Dios en los corazones[5]. Esta es la “ley nueva”, el amor.

El Espíritu Santo es el Amor de Dios que, viniendo a nosotros, transforma nuestro corazón, infunde su mismo amor y nos enseña a vivir en el amor y por amor.

Es el amor el que nos mueve, el que nos sugiere como responder a las situaciones y a las opciones que estamos llamados a cumplir. Es el amor el que nos enseña a distinguir: esto está bien, lo hago, esto está mal, no lo hago. Es el amor el que nos empuja a actuar buscando el bien del otro.

No estamos guiados por nada exterior sino por ese principio de vida nueva que el Espíritu Santo ha depositado en nosotros. Fuerzas, corazón, mente, todas nuestras capacidades pueden “caminar según el Espíritu” porque están unificadas por el amor y puestas a completa disposición del proyecto de Dios en nosotros y en la sociedad.

Somos libres de amar.

«Andad en espíritu (…). Si os dejáis guiar por el espíritu no estáis bajo la Ley»

“Si os dejáis guiar…” Siempre existe el peligro de que algo impida al Espíritu Santo tomar plena posesión de nuestra mente, de nuestro corazón. Se puede resistir a su voz y a su guía hasta “entristecerlo”[6], llegando incluso a “hacer que se extinga” su presencia en nosotros[7]. A menudo preferimos seguir nuestros deseos antes que los suyos, nuestra voluntad antes que la suya.

Por eso ¿Cómo dejarnos guiar por esa voz que nos habla en nuestro interior? ¿Adónde nos lleva esta voz? Nos lo recuerda el mismo Pablo en unos versículos anteriores: toda la ley nueva de libertad se sintetiza en un solo precepto: el amor al prójimo. Conc retamente, Pablo sugiere que ser libres significa hacerse esclavos del otro, ponerse al servicio unos de otros[8]. Esa voz interior (= el amor) nos empuja a prestar atención a quienes están a nuestro lado, a escucharlos, a darnos.

Puede parecer extraño, pero cada Palabra de vida, al final, nos lleva a amar. No es una obligación, es la lógica evangélica.

Solamente si estamos en el amor somos auténticos cristianos.

«Andad en espíritu (…). Si os dejáis guiar por el espíritu no estáis bajo la Ley»

Dejemos al Espíritu la libertad de conducirnos por el camino del amor. Podemos pedírselo de este modo:

Tú eres la luz, la alegría, la belleza.

Tú arrastras las almas, inflamas los corazones y haces que concibamos pensamientos profundos y decididos de santidad mediante compromisos individuales inesperados.

Tú santificas. Sobre todo, Espíritu Santo, tú que eres tan discreto si bien impetuoso y fuerte que soplas como un leve vientecillo que pocos saben escuchar y oír, mira la rudeza de nuestra tosquedad y conviértenos en devotos tuyos. Que no pase un día sin i nvocarte, sin darte las gracias, sin adorarte, sin amarte, sin que vivamos como asiduos discípulos tuyos.

Te pedimos esta gracia.

[1] Gal 5, 13.
[2] Gal 8, 36.
[3] Gal. 6,2.
[4] Sant 2,12.
[5] Cf Rom 5,5.
[6] Ef 4,30.
[7] I Tes 5,19.
[8] Cf Gal 5, 13-14.

Chiara Lubich