| «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 62)
Jesús acaba de tomar la decisión de iniciar el gran viaje a Jerusalén, donde debe cumplir su misión[1]. Otros quieren seguirlo, pero Jesús les advierte que caminar con Él es una opción seria. Será un camino difícil que requiere el mismo valor y la misma determinación con la que Él está decidido a cumplir hasta el fondo la voluntad del Padre.
Jesús sabe que tras el entusiasmo inicial puede aparecer el desánimo. Lo acababa de narrar en la parábola del sembrador: las semillas caídas en la piedra “son aquellos que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero no tienen la raíz, crecen por algún tiempo, y a la hora de la prueba desisten.”[2]
Jesús quiere que le sigan con radicalismo y no hasta un cierto punto, unas veces sí y otras veces no. Una vez que uno se ha decidido a vivir por Dios y por su Reino, no puede volver a tomar lo que había dejado ni vivir como antes, o pensar en los intereses egoístas de un tiempo.
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»
Cuando nos llama a seguirlo, y todos -de manera diferente- estamos llamados, Jesús abre ante nosotros un mundo nuevo por el que vale la pena romper con el pasado. Sin embargo, nos invaden los pensamientos nostálgicos o se insinúa y nos presiona la mentalidad corriente, que a menudo no es evangélica.
Y aquí aparecen las dificultades. Por un lado quisiéramos amar a Jesús, por otro, quisiéramos ser indulgentes con nuestros apegos, nuestras debilidades, nuestra mediocridad. Quisiéramos seguirlo, pero muchas veces nos tienta el mirar atrás, volviendo sobre nuestros pasos, o bien dando un paso hacia delante y dos hacia atrás…
Esta Palabra de vida nos habla de coherencia, de perseverancia, de fidelidad. Si hemos experimentado la novedad y la belleza del Evangelio vivido, veremos que no hay nada más contrario a él que la indecisión, la pereza espiritual, la poca generosidad, las componendas, las medias tintas. Decidámonos a seguir a Jesús y a entrar en el maravilloso mundo que nos abre. Él ha prometido que “el que persevere hasta el final, ése se salvará.”[3]
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»
¿Qué hacer entonces para no ceder a la tentación de volvernos atrás?
Ante todo, no hagamos caso del egoísmo, que pertenece a nuestro pasado, cuando no queremos trabajar como se debe, o estudiar con ahínco, o rezar bien, o aceptar con amor una situación abrumadora y dolorosa, o bien cuando queremos hablar mal de alguien, o no tenemos paciencia con otro, o queremos vengarnos... Tenemos que decir que no a estas tentaciones incluso diez o veinte veces al día.
Pero esto no basta. Con decir no, no se va muy lejos. Sobre todo es necesario decir sí a lo que Dios quiere y a lo que los hermanos y hermanas esperan.
Asistiremos a grandes sorpresas.
Recuerdo aquí una experiencia mía.
El día 13 de mayo de 1944 un bombardeo había dejado mi casa inhabitable y por la noche, para resguardarme, escapé con mi familia a un bosque cercano. Lloraba, pues comprendía que no podía marcharme de Trento con mi familia a la que tanto quería. Veía en mis compañeras el Movimiento que nacía: no podía abandonarlas.
¿El amor a Dios tenía que vencer también esto? ¿Debía dejar que los míos se fueran solos, yo que era la única que les ayudaba económicamente? Lo hice con la bendición de mi padre.
Más tarde supe que mi familia se marchó contenta y que no tardaron en encontrar acomodo.
Busqué a mis compañeras entre las casas y las calles reducidas a escombros. Todas estaban a salvo gracias a Dios. Nos ofrecieron un pequeño apartamento. ¿El primer focolar? Nosotras no lo sabíamos pero así era.
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»
Por lo tanto, avancemos cada vez más hacia la meta que nos espera, teniendo la mirada fija en Jesús[4]. Cuanto más nos enamoremos de Él y experimentemos la belleza del mundo nuevo al que ha dado vida, tanto más perderá su atractivo lo que hayamos dejado atrás.
Repitamos por la mañana, cuando empecemos una nueva jornada: ¡Hoy quiero vivir mejor que ayer! Y si nos puede ayudar, intentemos contar de alguna manera los actos de amor a Dios y a los hermanos y hermanas. Por la noche nos encontraremos con el corazón lleno de felicidad.
[1] Cf Lc 9, 51.
[2] Lc 8, 13.
[3] Mt 10, 22.
[4] Cf Hb 12, 1-2.
Chiara Lubich
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