| «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,35)
Jesús está sentado a la mesa con sus amigos. Es la última cena antes de dejar este mundo, el momento más solemne para entregar su última voluntad, casi un testamento: «Como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros»[1]. Ésta será a lo largo de los siglos la característica que permitirá identificar a los discípulos de Jesús: ¡en esto todos los conocerán!
Así fue desde el principio. La primera comunidad de creyentes de Jerusalén gozaba de la estima y la simpatía de todo el pueblo precisamente por su unidad[2], hasta tal punto que cada día se unían a ella nuevas personas[3].
Unos años más tarde también Tertuliano, uno de los primeros escritores cristianos, referirá lo que se iba diciendo de los cristianos: «Mirad cómo se aman entre ellos y cómo están dispuestos a morir los unos por los otros»[4]. Era la verificación de las palabras de Jesús:
«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros»
Por tanto, el amor recíproco es «el hábito de los cristianos comunes, que –viejos o jóvenes, hombres o mujeres, casados o no, adultos y niños, enfermos o sanos– pueden ponerse para “gritar” en cualquier lugar y siempre, con su vida, Aquel en el cual creen, Aquel al que quieren amar»[5].
En la unidad que nace del amor recíproco entre los discípulos de Jesús casi se refleja y se hace visible ese Dios que Él ha revelado como Amor: La Iglesia es símbolo de la Trinidad[6].
Éste es, hoy más que nunca, el camino para anunciar el Evangelio. Una sociedad a menudo trastornada por tantas palabras busca testigos antes que maestros, quiere modelos antes que palabras. Y se siente más fácilmente atraída si ve un Evangelio vivido, capaz de crear relaciones nuevas, marcadas por la fraternidad y el amor.
«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida? Manteniendo vivo entre nosotros el amor recíproco y formando por todas partes “células vivas”.
«Si en una ciudad -escribe Chiara-, en los puntos más dispares, se encendiese el fuego que Jesús ha traído a la tierra y este fuego resistiese al hielo del mundo por la buena voluntad de los habitantes, en poco tiempo tendríamos la ciudad incendiada de amor de Dios. El fuego que Jesús ha traído a la tierra es Él mismo, es la caridad: ese amor que no sólo une el alma a Dios, sino las almas entre ellas. (…)
»Dos o más almas unidas en nombre de Cristo, que no sólo no tienen temor o vergüenza de declararse recíproca y explícitamente su deseo de amor de Dios, sino que hacen de la unidad entre ellas en Cristo su Ideal, son una potencia divina en el mundo.
»Y en cada ciudad estas almas pueden surgir en las familias: padre y madre, hijo y padre, nuera y suegra; pueden encontrarse también en las parroquias, en las asociaciones, en las sociedades humanas, en las escuelas, en las oficinas, en cualquier parte.
»No es necesario que ya sean santas, porque Jésús lo habría dicho, basta que estén unidas en nombre de Cristo y no cejen nunca en esta unidad. Naturalmente, están destinadas a ser dos o tres por poco tiempo, porque la caridad es difusiva de por sí y aumenta en proporciones enormes.
»Cada pequeña célula encendida por Dios en cualquier punto de la tierra se propagará necesariamente. Luego, la Providencia distribuirá estas llamas, estas “almas-llamas”, donde crea oportuno, a fin de que en muchos lugares el mundo sea restaurado al calor del amor de Dios y vuelva a tener esperanza.»[7]
[1] Jn 13, 34.
[2] Cf Hch 2, 47; 4, 32; 5,13.
[3] Cf Hch 2, 47.
[4] Apologeticum, 39, 7.
[5] C. LUBICH, el h·bito de los cristianos en La doctrina espiritual, Ciudad Nueva, Madrid 2002, p·g. 132.
[6] Cf Lumen Gentium 2-4.
[7] C. LUBICH, Si en una ciudad se prendiese fuego, en La doctrina espiritual, op.cit., p·gs. 153-154.
P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara
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