| «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15)
Durante la última cena, antes de dejar a sus amigos y volver al Padre, Jesús quiere unirlos estrechamente a sí y entre ellos con el vínculo más sólido y duradero: el amor. Él ama “hasta el extremo”[1], con el amor “más grande”, que llega hasta “dar la vida”[2], y a cambio pide ser amado con el mismo amor.
El amor que Jesús pide no es un simple sentimiento, es hacer su voluntad, descrita en sus mandamientos, sobre todo el amor al hermano y a la hermana y el amor recíproco. Es una verdad tan importante para Jesús, que en este último discurso dirigido a sus discípulos lo repite con fuerza otras tres veces: “El que tiene mis mandamientos y los guarda , ése es el que me ama”[3], “Si alguno me ama, guardará mi palabra”[4], “El que no me ama, no guarda mis palabras”[5].
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»
¿Por qué debemos guardar sus mandamientos?
Creados a su “imagen y semejanza”, nosotros somos como un “tú” que está ante Dios, con la capacidad de una relación personal, directa con Él, una relación de conocimiento, de amor, de amistad, de comunión.
Yo “soy” en la medida en la que digo mi sí al proyecto de amor que Él tiene sobre mí.
Cuanto más se vive esta relación con Él, esencial para la naturaleza humana, cuanto más profunda sea, cuanto más rica sea, más se realizarán el hombre y la mujer en su verdadera personalidad.
Fijémonos en Abraham. Cada vez que Dios le pide algo, aun cuando parezca lo más absurdo, como dejar su tierra y encaminarse hacia un destino para él desconocido o sacrificar a su único hijo, él asiente con prontitud fiándose de Dios y ante él se abre un futuro impensado.
Así también Moisés. El Señor en el monte Sinaí le revela su voluntad expresada en el decálogo y de ese sí nace el pueblo de Dios.
Así Jesús. En Él, su sí al Padre alcanza toda la plenitud: “No se haga mi voluntad sino la tuya”[6].
Seguir a Jesús quiere decir cumplir la voluntad del Padre del mejor modo posible, como Él nos la reveló y como Él, el primero, la cumplió.
De esta forma, los mandamientos que Jesús nos dejó son una ayuda para vivir según nuestra naturaleza de hijos e hijas de un Dios que es Amor. No son, por tanto, imposiciones arbitrarias, una superestructura artificial, ni mucho menos una alienación. Ni siquiera son órdenes como las que da un amo a sus siervos. Son más bien la expresión de su amor y de su atención a la vida de cada uno de nosotros.
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»
¿Cómo vivir, por tanto, esta Palabra de vida?
Tratemos de escuchar con atención lo que Jesús nos dice en el Evangelio -sus mandamientos- y dejemos que a lo largo del día el Espíritu Santo nos recuerde sus palabras. Él nos enseña, por ejemplo, que no basta con no matar, sino que se debe evitar la ira contra los hermanos; no basta con no cometer adulterio, ni siquiera desear a la mujer de otro. “Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra”[7], “amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen”[8].
Pero, sobre todo, vivamos lo que Jesús llamó “su” mandamiento, el que resume todos los demás: el amor recíproco. “La caridad es por tanto la ley en su plenitud”[9], es “el camino más excelente”[10] que estamos llamados a recorrer.
Lo había comprendido bien D. Darío Porta, un sacerdote de Parma (Italia) fallecido el jueves santo de 1996. En los primeros años de sacerdocio había vivido de manera ejemplar su relación con Dios, más tarde descubrió que a Jesús había que verlo en cada prójimo y el amor evangélico se convirtió en su pasión. Para ser fiel a este compromiso suyo, cada vez estaba más atento a los demás, posponiendo sus programas personales, llegando a escribir un día en su diario: “Al final he comprendido que lo único que tendría que haber hecho es haber amado al hermano”[11].
Cada noche también nosotros, como él, podemos preguntarnos: ¿He amado siempre a los hermanos?.
[1] Jn 13, 1.
[2] Jn 15, 13.
[3] Jn 14, 21.
[4] Jn 14, 23.
[5] Jn 14, 24.
[6] Lc 22, 42.
[7] Mt 5, 39.
[8] Cf Mt 5, 21-48.
[9] Cf Rm 13, 10.
[10] 1 Cor 12, 31.
[11] Dario Porta: Testimone dellíamore gratuito, a cargo de Piero Viola, Parma, 1996, p. 33.
Chiara Lubich
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