| «...Que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve.» (Lc 22, 26)
No es la primera vez que S. Lucas cuenta que los apóstoles discutían sobre quién era el mayor entre ellos[1]. Esta vez es durante la última cena. Jesús había instituido hacía poco la Eucaristía, el signo más grande de su amor, de su donarse sin medida, anticipación de lo que viviría pocas horas después en la cruz. Él se encuentra en medio de los suyos “como el que sirve”[2]. El Evangelio de S. Juan, de hecho, refiere su gesto concreto de lavar los pies a los discípulos. En este mes en el que celebramos la Pascua, la Resurrección de Jesús, es importante recordar esta enseñanza suya.
Los discípulos no lo entienden, porque están condicionados por la mentalidad común de la vida humana que privilegia el prestigio y el honor, los primeros lugares en la escala social, ser “alguien”. Pero Jesús vino a la tierra precisamente para crear una sociedad nueva, una comunidad nueva, guiada por una lógica diferente, la del amor.
Si Él, que es el Señor y el Maestro, lavó los pies (una acción reservada a los esclavos), también nosotros, si queremos seguirlo, sobre todo si tenemos responsabilidades especiales, estamos llamados a servir a nuestro prójimo con la misma concreción y dedicación.
«...Que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve.
Es una de las paradojas de Jesús. Ésta se comprende sólo si pensamos que la actitud típica del cristiano es el amor, ese amor que hace que nos pongamos en último lugar, que nos hace pequeños ante el otro, igual que un papá cuando juega con su hijo pequeño o ayuda al mayor en las tareas del colegio.
S. Vicente de Paúl llamaba a los pobres sus “patrones” y los amaba y los servía como tales, porque en ellos veía a Jesús. S. Camilo de Lelis se inclinaba ante los enfermos, lavando sus llagas, acomodándoles la cama “con el afecto -como él mismo escribe- que una madre amorosa suele tener por su único hijo enfermo”.
Y ¿Cómo no recordar, ya más cercana a nosotros, a la beata Teresa de Calcuta que se inclinó ante miles de moribundos, haciéndose “nada” ante cada uno de ellos, los más pobres de los pobres?
“Hacerse pequeño” ante el otro quiere decir tratar de entrar lo más profundamente posible en su alma, hasta compartir sus sufrimientos e intereses, aunque nos parezcan de poca importancia o insignificantes, pero que, en cambio, para él son el todo de su vida.
“Hacerse pequeño” ante cada uno, no porque nosotros, de algún modo estemos en una posición superior y el otro en una inferior, sino porque nuestro yo, si no le prestamos atención, es como un balón, siempre dispuesto a subir, a ponerse en una posición de superioridad con respecto a nuestro prójimo.
«...Que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve.»
“Vivir el otro”, por tanto, y no llevar una vida replegada en nosotros mismos, llena de nuestras preocupaciones, nuestras cosas, nuestras ideas, de todo lo que consideramos nuestro.
Olvidarse, posponerse a uno mismo para tener presente al otro, para hacerse uno con cualquiera y descender hasta su nivel y levantarlo, para hacer que salga de sus angustias, de sus preocupaciones, de sus dolores, de sus complejos, de sus impedimentos o simplemente para ayudarlo a salir de sí mismo e ir a Dios y a los hermanos y así encontrar juntos la plenitud de la vida, la felicidad verdadera.
También las autoridades, los funcionarios públicos (“quien gobierna”) en cualquier nivel, pueden vivir su responsabilidad como un servicio de amor, para crear y custodiar las condiciones que permitan que todos los amores florezcan: el amor de los jóvenes que quieren casarse y necesitan una casa y un trabajo, el amor del que quiere estudiar y necesita escuelas y libros, el amor de quien se dedica a su propia empresa y necesita carreteras, vías, normas seguras...
Desde por la mañana cuando nos levantamos, hata por la noche cuando nos acostamos, en casa, en la oficina, en el colegio, por la calle, podemos encontrar siempre la ocasión para servir y dar las gracias cuando nos sirven a nosotros.
Hagamos cada cosa por Jesús en los hermanos, sin descuidar a nadie, es más, siendo los primeros en amar.
¡Sirvamos a todos! Sólo así somos “grandes”.
[1] Cf Lc 9, 46.
[2] Lc 22, 27.
Chiara Lubich
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