| «Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares» (Sal 126 (125), 5)
Esta Palabra de vida está tomada de un Salmo que canta la
intervención decisiva y poderosa de Dios que libera a su pueblo
del exilio de Babilonia y que sigue interviniendo a lo largo de
su historia, cada vez que lo ve abatido, desanimado, acechado por
el mal.
Es la historia de cada uno de nosotros, condensada en una
imagen eficaz: por una parte la incertidumbre, el miedo del
sembrador que confía a la tierra la semilla (¿será buena la
temporada? ¿germinará el trigo?), por otra, la alegría de la
cosecha de la mies ansiada.
«Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares»
Cuando pensamos en nuestra vida, escribe Chiara Lubich, a
menudo nos la imaginamos toda armoniosa, como “una serie de
jornadas que nos proponemos a cual más perfecta, con el trabajo
bien hecho, con el estudio, con el descanso, con las horas
pasadas con la familia, con las reuniones, congresos, el deporte,
con los tiempos de entretenimiento realizados en orden y en paz
(…) Siempre en el corazón humano existe la esperanza de que las
cosas vayan así y sólo así.
En realidad, nuestro “Santo viaje” luego, se muestra
diferente, porque Dios lo quiere diferente. Y Él mismo piensa en
introducir en nuestro programa otros elementos queridos o
permitidos por Él, para que nuestra existencia adquiera el
verdadero sentido y alcance el fin para el que fue creada. De ahí
los dolores físicos y espirituales, las enfermedades, de ahí
miles y miles de sufrimientos que hablan más de muerte que de
vida.
¿Por qué? ¿Acaso porque Dios quiere la muerte? No, más
bien al contrario, Dios ama la vida, pero una vida tan plena, tan
fecunda que nosotros- con toda nuestra tensión al bien, a lo
positivo, a la paz- no habríamos sabido imaginarnos nunca”[1].
Y aquí tenemos la imagen del sembrador que arroja una
semilla destinada a morir, casi como señal de nuestras fatigas y
de nuestro sufrimiento y la imagen del segador que recoge el
fruto de la espiga que brota de esa muerte: “Si el grano de trigo
no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho
fruto”[2].
“Dios quiere que durante la vida experimentemos una
cierta muerte- o a veces, muchos tipos de muerte- pero (…) para
dar fruto, para hacer obras dignas de Él y no de nosotros,
simples hombres. Éste es para Él el sentido de nuestra vida: una
vida rica, plena, superabundante, una vida que sea un reflejo de
la suya”[3].
«Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida? Nos lo sugiere también
Chiara que nos guía en el cumplimiento de la Palabra de Dios: “Es
necesario valorizar el dolor, pequeño o grande, tomarlo en
consideración (…) Dar valor en particular al cansancio, al
sacrificio que conlleva amar al prójimo: es nuestro deber típico”[4]
¡Es un dolor que engendra la vida!
Y esto sin rendirnos jamás incluso cuando no vemos el
resultado, sabiendo que a veces “uno siembra y otro cosecha”[5]
¿Cuál será el futuro de nuestros hijos a los que tratamos de
educar lo mejor posible?¿Quién verá los efectos de mi compromiso
social y político? No nos cansemos nunca de hacer el bien[6], habrá
frutos de todas maneras, quizás mucho más tarde, quizás en otra
parte, pero los habrá.
Una esperanza, una certidumbre, una meta segura está
delante de nosotros en el camino de la vida. Las dificultades,
las pruebas, las adversidades, por las que a veces nos sentimos
oprimidos, son un paso obligado que nos abre a la bienaventuranza
y a la alegría.
“Y entonces ¡adelante! Miremos más allá de cada dolor. No
nos paremos solamente en esa inquietud, en esa prueba… miremos a
la mies que vendrá”[7].
«Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares»
Patricia, de 22 años, estudiante de derecho, desde hacía
algún tiempo sustituía al ayudante de un director de
departamento. “Desde el principio- nos confía- me propuse tratar
siempre de hacer mejor el trabajo y cuidar la relación con mis
compañeros, actuando de tal manera que cada uno se sintiera
apreciado”.
Pero a menudo se trataba de ir a contracorriente en la
defensa de mis principios hasta las últimas consecuencias, como
ella misma contaba: “Una persona importante en mi ambiente de
trabajo, que gozaba de ciertos privilegios, tenía un
comportamiento claramente deshonesto. Debía decírselo”.
Por haber manifestado sus convicciones, Patricia perdió
su trabajo. “Sufrí terriblemente, pero al mismo tiempo estaba
tranquila, porque sabía que había actuado de un modo justo”. No
se desesperó ya que en ella era firme la certeza de tener un
Padre para el que todo es posible y que la amaba
desmesuradamente. Parecía imposible en la situación económica y
laboral que vive Paraguay, sin embargo, aquella misma noche le
llegaron dos ofertas de trabajo. El nuevo es además mejor que el
anterior y más directamente relacionado con sus estudios.
[1] Buscando las cosas de arriba, Ciudad Nueva, Madrid 1993, p.86.
[2] Jn 12, 24.
[3] Obra citada p. 86.
[4] Ibid. P. 105.
[5] Jn 4, 37.
[6] Cf. Gl 6, 9.
[7] Obra citada p. 85.
P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara
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