| «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46)
Si existe una realidad misteriosa en nuestra vida, es el dolor. Quisiéramos evitarlo pero, antes o después, llega siempre. Desde un banal dolor de cabeza que parece envenenar las acciones cotidianas más sencillas, al disgusto por un hijo que emprende un camino equivocado; desde el fracaso en el trabajo, al accidente en la carretera que se nos lleva a un amigo o familiar; desde la humillación por un examen suspendido, a la angustia por las guerras, el terrorismo, los desastres ambientales…
Ante el dolor nos sentimos impotentes. A menudo el que está a nuestro lado y nos quiere, tampoco es capaz de ayudarnos a resolverlo; y sin embargo, a veces nos basta que alguien lo comparta con nosotros, quizás con su silencio.
Esto fue lo que hizo Jesús: vino para estar al lado de cada hombre, de cada mujer, hasta compartirlo todo con nosotros. Más aún: asumió cada dolor nuestro y se hizo dolor con nosotros hasta gritar:
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
Eran las tres de la tarde cuando Jesús lanzó este grito al cielo. Llevaba tres largas horas colgado en la cruz, clavado de pies y manos.
Había vivido su breve vida en un constante acto de donación a todos: había curado a los enfermos y resucitado a los muertos, había multiplicado los panes y perdonado los pecados, había pronunciado palabras de sabiduría y de vida.
Y todavía, en la cruz, perdona a sus verdugos, abre el paraíso al ladrón y finalmente nos da su cuerpo y su sangre, después de habérnoslos dado en la Eucaristía. Y grita:
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
Pero Jesús no se deja vencer por el dolor. Como por alquimia divina, lo transforma en amor, en vida. De hecho, precisamente cuando parece que experimenta la infinita lejanía del Padre, con un esfuerzo enorme e inimaginable cree en su amor y se abandona totalmente a Él: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”[1].
Restablece la unidad entre el cielo y la tierra, nos abre las puertas del Reino de los Cielos, nos hace plenamente hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Es el misterio de muerte y vida que celebramos en estos días de Pascua, de resurrección.
Es el mismo misterio que experimentó plenamente María, la primera discípula de Jesús. Ella también, a los pies de la cruz, estuvo llamada a “perder” lo más precioso que tenía: su hijo Dios. Pero, en aquel momento, precisamente porque acepta el plan de Dios, se convierte en Madre de muchos hijos, Madre nuestra.
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
Con su infinito dolor, precio de nuestra redención, Jesús se hace solidario en todo con nosotros, asume nuestro cansancio, nuestras ilusiones, nuestra desorientación, nuestros fracasos y nos enseña a vivir.
Si Él asumió todos los dolores, las divisiones y los traumas de la humanidad, puedo pensar que donde yo vea un sufrimiento en mí o en mis hermanos o hermanas, lo veo a Él. Cada dolor físico, moral o espiritual me lo recuerda, es una presencia suya, un rostro suyo.
Puedo decir: “En este dolor te amo a ti, Jesús abandonado. ¡Eres tú el que, al hacer tuyo mi dolor, vienes a visitarme. Por eso te quiero, te abrazo!”
Si además estamos atentos a amar, a responder a su gracia, a querer lo que Dios quiere de nosotros en el momento siguiente, a vivir nuestra vida por Él, entonces la mayoría de las veces experimentamos que el dolor desaparece. Y esto es porque el amor atrae los dones del Espíritu: gozo, luz, paz. Resplandece el Resucitado en nosotros.
[1] Lc 23, 46.
Chiara Lubich
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