| «¿No os acordáis de lo pasado, no caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí
que yo lo renuevo.» (Is 43,18-19)
El pueblo de Israel, que vivía exiliado en Babilonia, mira con nostalgia al pasado, al tiempo glorioso en el que Dios intervino con potencia y liberó a sus antepasados, esclavos en Egipto. La tentación fue pensar: Dios ya no nos enviará más a otro Moisés, ya no hará los grandes prodigios de otro tiempo y nosotros tendremos que permanecer siempre en esta tierra extranjera.
Pero Ciro, rey persa, en el año 539 a.C. libera al pueblo elegido, cuyo retorno a la tierra prometida será aún más extraordinario que el éxodo de Egipto.
¡Dios nunca se repite! Dios es capaz de realizar cosas mucho mayores de las realizadas en el pasado, cosas que ni siquiera podemos imaginar. Por eso en la boca del profeta Isaías pone esta invitación:
«¿No os acordáis de lo pasado, no caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí
que yo lo renuevo.»
Isaías, al final de su libro, sigue anunciando un futuro luminoso como nunca: la creación de cielos nuevos y tierra nueva. Será tan grande lo que Dios realizará que «el pasado ya no se recordará ni nosotros lo rememoraremos»[1].
El apóstol San Pablo, retomando las palabras de Isaías, anunciará la inimaginable intervención de Dios en nuestra historia. Con la muerte y resurrección de Jesús Él hace nueva a la criatura humana, la vuelve a crear en su Hijo para una vida nueva[2]. Además en el Apocalipsis, Dios anuncia que al final de la historia todo el cosmos se creará de nuevo: «He aquí que Yo hago nuevas todas las cosas»[3].
Las palabras de Isaías recorren toda la Biblia y todavía hoy nos dice a nosotros:
«¿No os acordáis de lo pasado, no caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí
que yo lo renuevo.»
Nosotros somos lo «renovado», la «nueva creación» que Dios ha engendrado. A través de su Hijo al que nosotros acogemos en sus palabras y en todos sus dones, ha hecho nuevo nuestro ser y nuestro actuar: ahora es el mismo Jesús quien vive y actúa en nosotros. Es Él quien renueva nuestras relaciones con los demás: en la familia, en la escuela, en el trabajo... Es Él quien regenera, a través de nosotros, la vida social, el mundo de la cultura, de la diversión, de la sanidad, de la economía, de la política..., en una palabra, todos los sectores de la actividad humana en los que estamos involucrados.
No miremos al pasado añorando lo bello que nos haya sucedido o lamentando nuestras equivocaciones. Creamos con fuerza en la acción de Dios que puede seguir «renovándonos».
Dios nos ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre. Nos libera de los condicionantes y de los pesos del pasado. La vida se simplifica, es más ligera, más pura, más lozana. Nosotros, como el apóstol San Pablo, olvidándonos del pasado, estaremos libres para correr hacia Cristo, hacia la plenitud de la vida, de la alegría[4].
«¿No os acordáis de lo pasado, no caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí
que yo lo renuevo.»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida? Trataremos de cumplir con amor todo lo que Dios quiere de nosotros en cada momento del día: estudiar, trabajar, cuidar a los niños, rezar, jugar..., cortando con todo aquello que en ese momento no sea voluntad de Dios. De este modo permaneceremos abiertos a todo cuanto Él quiera obrar en nosotros y fuera de nosotros, y estaremos predispuestos a acoger aquella gracia especial que Él siempre nos ofrece para cada momento.
Viviendo así, ofreciendo todas las acciones a Dios, diciéndole explícitamente: “Por Ti”, será Jesús quien viva en nosotros y cumpla siempre obras que permanecen.
[1] Is 65,17.
[2] Cf 2 Cor 5,17.
[3] Ap 21,5.
[4] Cf Fil 3, 13-14.
Chiara Lubich
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