| «Bendito el hombre que confía en el Señor» (Jer 17, 7)
Es la manera más inteligente de vivir: poner la propia
vida en las manos de Quien nos la dio. Podemos fiarnos de Él
ciegamente suceda lo que suceda: Él es Amor y quiere nuestro
bien.
El profeta Jeremías, al proclamar esta “bendición”, se
refiere a una imagen de tradición bíblica: un árbol plantado a
la orilla de un caudaloso riachuelo. No tiene miedo de la
estación calurosa: sus raíces están bien alimentadas, las hojas
siempre están verdes y es fecundo en frutos.
Al contrario, quien pone su esperanza fuera de Dios
–puede ser en el poder, la riqueza, las amistades con
influencia– se lo compara a un arbusto en terreno árido,
salobre, que trata de crecer pero no da fruto.
«Bendito el hombre que confía en el Señor»
Nos dirigimos al Señor cuando estamos en situaciones
extremas, desesperadas: una enfermedad incurable, una deuda
insolvente, un peligro de vida inminente… No puede dejar de ser
así. Sabemos que lo que es imposible a los hombres es posible
para Dios. Pero si a Él todo le es posible[1], ¿por qué no
recurrir a Él en todos los momentos de la vida?
La Palabra de vida nos invita a una comunión constante
con el Señor al margen de las peticiones que debemos dirigirle,
porque siempre estamos necesitados de su ayuda. Es “bendito”, o
sea ha encontrado la alegría y la plenitud de la vida, quien
establece con Él una relación de confianza y de confidencia que
nace de la fe en su amor.
Él, el Dios cercano, más íntimo a nosotros que nosotros
mismos, camina con nosotros y conoce todos los latidos de
nuestro corazón. Con Él podemos compartir alegrías, dolores,
preocupaciones, proyectos… No estamos solos, ni siquiera en los
momentos más oscuros y difíciles. En Él podemos confiar
plenamente. Nunca nos defraudará.
«Bendito el hombre que confía en el Señor»
Un especial modo de expresar esta confianza puede ser
“trabajar entre dos”.
A veces nos asaltan pensamientos tan agobiantes, a
consecuencia de circunstancias o personas a las que no nos
podemos dedicar directamente, que nos es difícil cumplir bien
lo que la voluntad de Dios nos exige en ese momento.
Quisiéramos estar cerca de aquella persona querida que sufre,
que vive en medio de una prueba, que está enferma. Quisiéramos
resolver esa situación intrincada, ayudar a las poblaciones en
guerra, a los prófugos, a los hambrientos…
¡Nos sentimos impotentes! Este es el momento de poner la
confianza en Dios y que a veces puede alcanzar el heroísmo: “No
puedo hacer nada por aquella persona, en aquel caso… Pues bien
haré lo que Tú quieres de mí en este momento: estudiar bien,
trabajar bien, orar bien, cuidar bien a mis hijos… segura de
que Tú te ocuparás de desenrollar aquella madeja, confortar a
quien sufre, resolver aquel problema”.
Es un “trabajo entre dos” en perfecta comunión que exige
de nosotros una gran fe en el amor de Dios hacia sus hijos y,
por nuestro modo de actuar, coloca al mismo Dios en la
posibilidad de tener confianza en nosotros.
Esta confianza recíproca obra milagros. Veremos que a
donde nosotros no hemos llegado, ha llegado Otro que lo ha
hecho inmensamente mejor que nosotros. El acto heroico de
confianza será premiado; nuestra vida, limitada a un campo
solamente, adquirirá una nueva dimensión; nos sentiremos en
contacto con el Infinito. Quedará mucho más en evidencia, sobre
todo porque la hemos experimentado, la realidad de ser hijos de
un Dios Padre que todo lo puede.
«Bendito el hombre que confía en el Señor»
“Suena el teléfono –nos cuenta Rina, a quien la edad la
ha obligado a vivir retirada en su casa- . Es una señora mayor
como yo, a la que hace tiempo le envío la Palabra de vida. Su
hermano está agonizando y no sabe qué hacer. Estamos en periodo
de vacaciones y es difícil encontrar quien se pueda ocupar de
él, sobre todo porque últimamente se dedicó a hacer el
vagabundo… Siento que el dolor de mi amiga es mío, a la vez que
me siento impotente, como ella. ¿Qué puedo hacer, viviendo tan
lejos e inmovilizada en una silla? Al menos quisiera decirle
palabras consoladoras, pero no me salen; ni siquiera de eso soy
capaz. Sólo me queda asegurarle mi recuerdo; pero aún más, la
oración.
Por la tarde, cuando mis compañeras vuelven del trabajo,
juntas confiamos a Dios esta situación y ponemos en su corazón
los temores e incertidumbres.
Por la noche me desperté y recordé a este vagabundo
solo, agonizante. Me volví a dormir y me desperté de nuevo.
Entonces me dirijo al Padre: “Es un hijo tuyo, no puedes
abandonarlo. Ocúpate de él”.
A los pocos días me llama por teléfono mi amiga y me
dice que, después de haber hablado aquel día conmigo, sintió
una gran paz. “¿Sabes que lo hemos podido ingresar en el
hospital? Lo ayudaron, aliviando sus dolores. Ha sido
purificado por el sufrimiento, estaba preparado. Se apagó
serenamente, después de recibir la Eucaristía”.
En mi corazón experimenté una sensación de gratitud y de
mayor confianza en el Señor”.
[1] Cf Mt 19,26.
P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara
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