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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Febrero, 2007]

Trabajar entre dos

«Bendito el hombre que confía en el Señor» (Jer 17, 7)

Es la manera más inteligente de vivir: poner la propia vida en las manos de Quien nos la dio. Podemos fiarnos de Él ciegamente suceda lo que suceda: Él es Amor y quiere nuestro bien.

El profeta Jeremías, al proclamar esta “bendición”, se refiere a una imagen de tradición bíblica: un árbol plantado a la orilla de un caudaloso riachuelo. No tiene miedo de la estación calurosa: sus raíces están bien alimentadas, las hojas siempre están verdes y es fecundo en frutos.

Al contrario, quien pone su esperanza fuera de Dios –puede ser en el poder, la riqueza, las amistades con influencia– se lo compara a un arbusto en terreno árido, salobre, que trata de crecer pero no da fruto.

«Bendito el hombre que confía en el Señor»

Nos dirigimos al Señor cuando estamos en situaciones extremas, desesperadas: una enfermedad incurable, una deuda insolvente, un peligro de vida inminente… No puede dejar de ser así. Sabemos que lo que es imposible a los hombres es posible para Dios. Pero si a Él todo le es posible[1], ¿por qué no recurrir a Él en todos los momentos de la vida?

La Palabra de vida nos invita a una comunión constante con el Señor al margen de las peticiones que debemos dirigirle, porque siempre estamos necesitados de su ayuda. Es “bendito”, o sea ha encontrado la alegría y la plenitud de la vida, quien establece con Él una relación de confianza y de confidencia que nace de la fe en su amor.

Él, el Dios cercano, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, camina con nosotros y conoce todos los latidos de nuestro corazón. Con Él podemos compartir alegrías, dolores, preocupaciones, proyectos… No estamos solos, ni siquiera en los momentos más oscuros y difíciles. En Él podemos confiar plenamente. Nunca nos defraudará.

«Bendito el hombre que confía en el Señor»

Un especial modo de expresar esta confianza puede ser “trabajar entre dos”.

A veces nos asaltan pensamientos tan agobiantes, a consecuencia de circunstancias o personas a las que no nos podemos dedicar directamente, que nos es difícil cumplir bien lo que la voluntad de Dios nos exige en ese momento. Quisiéramos estar cerca de aquella persona querida que sufre, que vive en medio de una prueba, que está enferma. Quisiéramos resolver esa situación intrincada, ayudar a las poblaciones en guerra, a los prófugos, a los hambrientos…

¡Nos sentimos impotentes! Este es el momento de poner la confianza en Dios y que a veces puede alcanzar el heroísmo: “No puedo hacer nada por aquella persona, en aquel caso… Pues bien haré lo que Tú quieres de mí en este momento: estudiar bien, trabajar bien, orar bien, cuidar bien a mis hijos… segura de que Tú te ocuparás de desenrollar aquella madeja, confortar a quien sufre, resolver aquel problema”.

Es un “trabajo entre dos” en perfecta comunión que exige de nosotros una gran fe en el amor de Dios hacia sus hijos y, por nuestro modo de actuar, coloca al mismo Dios en la posibilidad de tener confianza en nosotros.

Esta confianza recíproca obra milagros. Veremos que a donde nosotros no hemos llegado, ha llegado Otro que lo ha hecho inmensamente mejor que nosotros. El acto heroico de confianza será premiado; nuestra vida, limitada a un campo solamente, adquirirá una nueva dimensión; nos sentiremos en contacto con el Infinito. Quedará mucho más en evidencia, sobre todo porque la hemos experimentado, la realidad de ser hijos de un Dios Padre que todo lo puede.

«Bendito el hombre que confía en el Señor»

“Suena el teléfono –nos cuenta Rina, a quien la edad la ha obligado a vivir retirada en su casa- . Es una señora mayor como yo, a la que hace tiempo le envío la Palabra de vida. Su hermano está agonizando y no sabe qué hacer. Estamos en periodo de vacaciones y es difícil encontrar quien se pueda ocupar de él, sobre todo porque últimamente se dedicó a hacer el vagabundo… Siento que el dolor de mi amiga es mío, a la vez que me siento impotente, como ella. ¿Qué puedo hacer, viviendo tan lejos e inmovilizada en una silla? Al menos quisiera decirle palabras consoladoras, pero no me salen; ni siquiera de eso soy capaz. Sólo me queda asegurarle mi recuerdo; pero aún más, la oración.

Por la tarde, cuando mis compañeras vuelven del trabajo, juntas confiamos a Dios esta situación y ponemos en su corazón los temores e incertidumbres.

Por la noche me desperté y recordé a este vagabundo solo, agonizante. Me volví a dormir y me desperté de nuevo. Entonces me dirijo al Padre: “Es un hijo tuyo, no puedes abandonarlo. Ocúpate de él”.

A los pocos días me llama por teléfono mi amiga y me dice que, después de haber hablado aquel día conmigo, sintió una gran paz. “¿Sabes que lo hemos podido ingresar en el hospital? Lo ayudaron, aliviando sus dolores. Ha sido purificado por el sufrimiento, estaba preparado. Se apagó serenamente, después de recibir la Eucaristía”.

En mi corazón experimenté una sensación de gratitud y de mayor confianza en el Señor”.

[1] Cf Mt 19,26.

P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara