| «…se retiró a un lugar desierto y allí oraba» (Mc 1,35)
¡Qué día más pleno vivió Jesús en la ciudad de Cafarnaún aquel
sábado! Había hablado en la sinagoga dejando a todos estupefactos con
sus enseñanzas. Había liberado a un hombre poseído por un espíritu
inmundo. Al salir de la sinagoga fue a casa de Simón y Andrés y allí
curó a la suegra de Simón. Y al caer la tarde, después del ocaso, le
llevaron todos los enfermos y endemoniados y curó a muchos que
estaban afectados por varias enfermedades y expulsó a muchos demonios.
Después de un día y una noche tan intensos, por la mañana,
cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de casa y...
«…se retiró a un lugar desierto y allí oraba»
Era nostalgia del Cielo. De allí vino al mundo para revelarnos
el amor de Dios, para abrirnos el camino del Cielo, para compartir
nuestra vida en todo. Él había recorrido los caminos de Palestina
enseñando a las multitudes, curando toda clase de enfermedades y
afecciones de la gente y formando a sus discípulos.
Pero la linfa vital, que brotaba de su seno[1] como el agua de la
fuente, procedía de la relación constante con el Padre. Él y el Padre
se conocen, se aman, están uno en el otro, son uno[2].
Padre es el “Abbá”, es decir el padre, el papá al que uno se
dirige en un tono de confidencia infinita e inmenso amor.
«…se retiró a un lugar desierto y allí oraba»
Dado que el Hijo de Dios vino a la tierra por nosotros, no le
bastaba estar sólo Él en esta privilegiada condición de oración. Al
morir por nosotros y redimirnos nos hizo hijos de Dios, hermanos
suyos.
De ese modo ha hecho posible que nosotros podamos decir
aquella divina invocación suya: “Abbá, Padre”, con todo lo que esto
conlleva: certeza de su protección, seguridad, abandono ciego a su
amor, consolaciones divinas, fuerza, ardor; ardor que nace en el
corazón de quien está seguro de ser amado…
Una vez que se entra en el silencio de la “celda interior”, en
nuestra alma[3], podemos hablar con Él, adorarlo, decirle que lo
amamos, darle gracias, pedirle perdón, encomendarle nuestras
necesidades y las de toda la humanidad, así como nuestros sueños y
deseos… ¿Qué no vamos a decirle a una persona que sabemos que nos ama
inmensamente y que es omnipotente?
Y podemos hablar con el Verbo, con Jesús. Sobre todo podemos
escucharlo, dejarle que nos repita sus palabras: “¡Ánimo, soy yo, no
temáis!”[4], “Yo estoy con vosotros todos los días”[5]; sus invitaciones:
“Ven y sígueme”[6], “perdona setenta veces siete”[7]; “Haz al otro lo que
quisieras te hiciesen a ti”[8].
Pueden ser momentos largos, o también momentos breves y
frecuentes a lo largo del día, casi como una mirada de amor, un
susurrarle: “Tú eres mi único bien”[9], “esta acción mía por ti”.
No podemos prescindir de la oración. No podemos vivir sin
respirar, y la oración es la respiración del alma, la expresión de
nuestro amor por Dios.
Saldremos de este diálogo, de esta relación de comunión y de
amor, tranquilos, dispuestos a afrontar con una nueva intensidad y
confianza la vida de cada día. Volveremos a encontrar una relación
más verdadera con los demás y con las cosas.
«…se retiró a un lugar desierto y allí oraba»
Si no cerramos los postigos del alma con el recogimiento, tú,
Señor, no puedes demorarte con nosotros, tal y como a veces desearía
tu amor. Pero una vez que nos hemos desprendido de todo para
recogernos en ti, ya no volveríamos atrás, de tan dulce que es para
el alma la unión contigo y de lo poco que importa todo el resto.
Quienes te aman con sinceridad, Señor, con mucha frecuencia te
sienten en el silencio de su habitación, en lo profundo de su
corazón, y esta sensación conmueve al alma como si cada vez tocase
carne viva. Y te dan las gracias porque estás tan cerca, porque eres
tan Todo: el que da sentido al vivir y al morir.
Te dan gracias, pero a veces no saben hacerlo, ni decirlo;
sólo saben que Tú los amas y ellos te aman, y no hay nada tan dulce
aquí en la tierra que pueda lejanamente parecerse un poco. Lo que
sienten en el alma, cuando Tú apareces, es Cielo y “si el Cielo es
así – dicen– ¡oh, qué hermoso es!”.
Te dan gracias, Señor, por toda la vida, por haberlos llevado
hasta allí. Y si afuera todavía existen sombras que puedan ofuscar su
paraíso anticipado, cuando te manifiestas, todo se vuelve remoto y
lejano: no es.
Tú eres.
Es así.
[1] Cf Jn 7,37-38.
[2] Cf Jn 10, 15.30.38.
[3] Mt 6,6.
[4] Mc 6,50.
[5] Mt 28,20.
[6] Mt 19,21.
[7] Cf Mt 18,22.
[8] Cf Mt 7,12.
[9] Cf Salmo 16,2.
Chiara Lubich
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