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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]


[Febrero, 2004]

Si quieres, sírvete de nosotros

«Heme aquí: envíame» (Is 6,8)

Estamos en el siglo VIII a.C. El pueblo de Israel está atravesando un momento crítico. Dios, llamado Yahveh en la tradición hebraica, busca un profeta que hable en su nombre a todo el pueblo, que le anuncie la venida liberadora del Emmanuel, el Dios entre nosotros. Él se aparece entonces, en toda su majestad, a Isaías que está rezando en el templo.

Ante la grandeza de Dios, el profeta advierte su propia nulidad y su ser pecador: “Soy un hombre de labios impuros”[1], grita. Pero un ángel, con un carbón ardiente tomado del fuego que está en el altar, le purifica los labios. A la pregunta que Dios le dirige: “¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra?”[2], Isaías, enteramente renovado por iniciativa celestial, puede responder con prontitud: “Heme aquí: envíame”.

¿Es presuntuoso el profeta al ofrecerse a Dios? No, porque la iniciativa no es suya sino de Dios. Isaías responde a una llamada:

«Heme aquí: envíame»

Al igual que llamó al profeta, así a lo largo de la historia de la salvación, Dios sigue llamando a hombres y mujeres para confiarles un misión especial. En cada uno Él posa una mirada de amor: nadie es insignificante a sus ojos. A veces podemos tener la impresión de que nuestra vida es inútil o sin sentido, pero queda plenamente recuperada por la llamada de Dios que se dirige precisamente a mí, a ti, y nos invita a tomar parte en el proyecto de amor que tiene sobre la humanidad y sobre la creación.

Se dirige a mí, a ti, como se dirigió a Isaías, a María, a Pedro y siempre nos pregunta: ¿A quién enviaré? Él, que es Dios, nos da confianza y nos invita a ser sus colaboradores. Con nuestro “sí” que repite el “sí” de Isaías, de María y de una multitud de cristianos que nos han precedido, podemos ponernos a su disposición.

Diciendo que “sí” a cada deseo suyo -a lo que me hace comprender día tras día- cada acción mía, incluso la más pequeña, la que pueda parecer insignificante, adquiere valor, es importante, contribuye al advenimiento del Reino de Dios, a la fraternidad universal.

Tampoco en nuestro caso hay presunción alguna al responder que “sí”. La iniciativa es siempre suya. Suyo es el primado de amor. La nuestra es solamente una respuesta de amor a un amor que nos ha precedido. Sí, gracias a su llamada, estoy dispuesto a cumplir lo que Él quiera, a trabajar por Él y a repetirle:

«Heme aquí: envíame»

¿No nos sentimos a la altura de la misión que Él nos confía? ¿Nos parece que no tenemos las capacidades y las fuerzas para llevarla a término?

Si Isaías se hubiera detenido a considerar su propia indignidad o sus propios límites, seguiría repitiendo: “Soy un hombre de labios impuros”. A María le parecía imposible convertirse en Madre de Dios, tan extraordinario era el anuncio que se le hacía. El apóstol San Pedro, cuando se sintió llamado por Jesús, respondió espontáneamente: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”[3].

Con su llamada, Dios nos da también la capacidad de realizar la misión que nos confía: “Nada es imposible para Dios”[4]. A Isaías le purifican los labios para que pueda hablar en nombre de Dios. María está llena de la presencia del Espíritu Santo y de la potencia del Altísimo[5]. A Pedro en su misión de ser “roca” le sostiene la misma oración de Jesús[6].

A cada “sí” nuestro le seguirán todas las gracias para realizar cualquier misión que la voluntad de Dios nos pida.

«Heme aquí: envíame»

También a nosotros nos ha sucedido así en nuestra pequeña historia, cuando en 1943, al comienzo de nuestra experiencia, comprendimos que Dios nos amaba inmensamente y nos sentimos empujadas a comunicar a todos esta gran noticia: “Dios te ama inmensamente, Dios nos ama inmensamente”.

Algunos meses después era la fiesta de Cristo Rey. Nos quedamos anonadadas por las palabras de la liturgia de aquel día: “Pídeme, y te daré en herencia las naciones y en propiedad los confines de la tierra”[7]. Es la llamada a la unidad y a la fraternidad universal.

Arrodilladas en torno al altar, movidas quizás por el Espíritu Santo, le dijimos a Jesús: “Tú sabes cómo se puede realizar la unidad. Aquí estamos. Si quieres, sírvete de nosotras”. Era nuestro “heme aquí, envíame”. Entonces éramos un pequeño grupo de siete u ocho chicas, pero habíamos dado ya nuestra respuesta a Jesús.

Desde aquel momento, al cabo de sesenta años, este espíritu ha llegado a 182 naciones con la vida de miles de personas del movimiento.

Una experiencia que confirma la posibilidad de que Él puede hacer grandes cosas, si encuentra personas dispuestas a responder a su invitación.



[1] Is 6,5...
[2] Cf Is 6,8.
[3] Lc 5,8.
[4] Lc 1,37.
[5] Cf Lc 1,35.
[6] Cf Lc 22,31.
[7] Sal 2,8.

 

Chiara Lubich

 

Puntos relevantes

• Isaías responde a la llamada de Dios: "Heme aquí". Dios sigue llamando a cada uno de nosotros para tomar parte en su proyecto de amor sobre la humanidad y la creación.
• La iniciativa siempre viene de Él, que es el primero en amarnos. ¿Qué respuesta darle si no es de amor?
• Respondiendo "sí" como Isaías y como María, dispuestos a realizar cada voluntad suya, colaboraremos en el advenimiento del reino de Dios, de la fraternidad universal.
• No miremos nuestra indignidad ni nuestros límites. A cada "sí" nuestro le seguirán todas las gracias necesarias para cumplir lo que Dios nos pide. Pues "nada es imposible para Dios".

Lecturas aconsejadas

-Libros de Chiara Lubich:
La doctrina espiritual: Los albores, en particular págs. 43-66; Lo esencial de hoy, pág. 97; Dios está en ti, pág. 99; Dios es poderoso, es el Omnipotente, pág. 104; La única que es buena, pág. 113; Santidad de pueblo, pág. 116; Si en una ciudad se prendiese fuego, pág. 153; ¿Adónde ha ido a parar el aburrimiento?, pág. 209; La familia es el futuro, págs. 247 y 256; "Diplomacia divina", pág. 303; Más sabiduría en el gobierno, pág. 304; Pensamientos: Fraternidad universal, pág. 305.

-Otros libros:
• Marisa Cerini, Dios amor en la experiencia y en el pensamiento de Chiara Lubich: Responder a Dios Amor siendo el amor, pág. 41.