| «Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy en
medio de ellos» (Mt 18,20)
“Enmanuel”, “¡Dios con nosotros!”. Ésta es la gran noticia
extraordinaria con la que se abre el Evangelio de Mateo[1]. En Jesús, el
Enmanuel, Dios ha bajado entre nosotros.
El Evangelio se cierra luego con una promesa todavía mayor y
más sorprendente: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”[2].
La presencia de Dios entre nosotros no está limitada a un
periodo histórico, el de la permanencia física de Jesús en la tierra.
Él permanece con nosotros siempre.
¿Cómo permanece? ¿Dónde lo podemos encontrar?
La respuesta está justamente en medio del Evangelio de Mateo,
donde Jesús traza las líneas de vida para su comunidad, la Iglesia.
Había hablado varias veces de ella: dicía que está fundamentada sobre
la roca de Pedro, que la veía congregada por su palabra y reunida en
torno a la Eucaristía… Pero aquí revela su identidad más profunda: la
Iglesia es Él mismo presente entre quienes están reunidos en su
nombre.
Podemos tenerlo siempre presente en medio de nosotros, podemos
experimentar una Iglesia viva, vivir la realidad constitutiva de la
Iglesia.
«Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy en
medio de ellos»
Si es él, el Señor Resucitado, quien congrega y atrae a sí y
entre sí a los creyentes formando con todos su cuerpo, entonces toda
división en nuestras familias y en nuestras comunidades altera el
rostro de la Iglesia. Cristo no está dividido. Un Cristo fragmentado
es irreconocible, está desfigurado.
Esto también vale para las relaciones entre las distintas
Iglesias y comunidades eclesiales. El camino ecuménico nos ha hecho
conscientes que “es más lo que nos une que lo que nos separa”. Y si
bien hay algunos aspectos de la doctrina y de la praxis cristiana en
los que todavía no hay unidad de fe, “el fulcro de todo lo que nos
une ya es la presencia de Cristo Resucitado”[3].
Reunirnos en el nombre de Jesús para rezar juntos, para
conocer y compartir las riquezas de la fe cristiana, para pedirnos
perdón recíprocamente es la premisa para superar muchas divisiones.
Podrá parecer que son iniciativas pequeñas, pero “nada es insigni
ficante de cuanto se hace por amor”. Jesús entre nosotros, “fuente de
nuestra unidad”, nos indicará “el camino para convertirnos en
instrumentos de la unidad que Dios quiere”[4].
Esto es lo que dice la Comisión Fe y Constitución del Consejo
Ecuménico de las Iglesias y el Pontificio Consejo para la promoción
de la Unidad de los cristianos cuando proponen esta “palabra de
vida”, cuyo material ha sido preparado por un grupo ecuménico de
Dublín. De hecho desde el año 1968, durante toda la semana de oración
por la unidad de los cristianos vivimos todos juntos una misma
“palabra de vida”: un signo y una esperanza para el camino hacia la
plena y visible comunión entre las Iglesias.
«Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy en
medio de ellos»
Pero ¿qué significa estar unidos en el nombre de Jesús?
Significa estar unidos en Él, en su voluntad. Y sabemos que su
máximo deseo, “su” mandamiento, es que entre nosotros exista el amor
recíproco. Por eso, donde dos o más personas están dispuestas a
amarse de este modo, capaces de posponerlo todo con tal de merecer su
presencia, todo cambia alrededor. Jesús podrá entrar en nuestras
casas, en los puestos de trabajo y de estudio, en los parlamentos y
en los estadios y transformarlos.
Su presencia será luz para solucionar los problemas, será
creatividad para afrontar nuevas situaciones personales y sociales,
será ánimo para llevar adelante las más arduas opciones, será
fermento para la existencia humana en sus múltiples expresiones.
Su presencia espiritual, pero real, estará entre las familias,
entre los obreros de las fábricas, en las oficinas, en los
astilleros, estará con los agricultores en los campos, se encontrará
entre los comerciantes, entre los empleados en servicios públicos, en
todos los ámbitos.
Jesús, que vive en medio de nosotros gracias al amor recíproco
continuamente renovado y declarado, también estará nuevamente
presente en este mundo y lo liberará de sus nuevas esclavitudes. Y el
Espíritu Santo abrirá nuevos caminos.
«Donde dos o más están reunidos en mi nombre allí estoy en
medio de ellos»
Por nuestra experiencia podemos decir con gratitud a Dios cuán
cierto es lo que escribí hace muchos años, que si estamos unidos
Jesús está entre nosotros. Y esto es lo que vale. Vale más que
cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la
madre, el padre, los hermanos, los hijos. Vale más que la casa, el
trabajo, las propiedades; más que las obras de arte de una gran
ciudad como Roma, más que nuestros asuntos, más que la naturaleza que
nos rodea con flores y prados, el mar y las estrellas: ¡más que
nuestra alma!
¡Qué gran testimonio da en el mundo, por ejemplo, el amor
recíproco del Evangelio entre un católico y un armenio, entre un
metodista y un ortodoxo!
Por lo tanto, también hoy vivamos en la caridad la vida que Él
nos da momento a momento.
El amor fraterno es el mandamiento básico. Por eso vale mucho
todo lo que es expresión de fraternidad sincera. No vale nada todo lo
que hagamos si en ello no hay sentimiento de amor por los hermanos:
Dios es Padre y en su corazón tiene siempre y solamente a sus hijos.
Vivamos para tener a Jesús siempre con nosotros, para llevarlo
al mundo, que no conoce su paz.
[1] Cf Mt 1,23.
[2] Mt 28,20.
[3] Guía de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, 18-25 enero 2006.
[4] Ibidem.
Chiara Lubich
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