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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Enero, 2004]

Mi paz os doy

«Os doy mi paz» (Jn 14,27)

Hoy en nuestro planeta existen unos 30 conflictos bélicos. Algunos de todos conocidos, otros ya olvidados, pero no por ello menos crueles. Incluso en los países que viven "en paz" hay con frecuencia violencia, odio, actitudes belicosas.

Cada pueblo, cada persona siente un profundo deseo de paz, de concordia, de unidad. Y, a pesar de los esfuerzos y de la buena voluntad, después de milenios de historia nos vemos incapaces de mantener una paz estable y duradera.

Jesús ha venido a traernos la paz, una paz -dice– que no es como la que "da el mundo"[1], porque no sólo es ausencia de guerra, de litigios, de divisiones, de traumas. "Su" paz también es esto pero es mucho más, es plenitud de vida y de gozo, es salvación integral de la persona y libertad, es fraternidad en el amor entre todos los pueblos. Nuestra paz[2] es Él mismo, por eso nos puede decir:

«Os doy mi paz»

¿Qué ha hecho Jesús para darnos "su" paz? La pagó personalmente. Justamente mientras nos prometía la paz, era traicionado por uno de sus amigos, entregado a los enemigos, condenado a una muerte cruel e ignominiosa. Ha mediado entre los adversarios, ha cargado con odios y separaciones, ha derribado los muros que separaban a los pueblos[3]. Muriendo en la cruz, después de haber experimentado el abandono del Padre por amor a nosotros, reunió a los hombres con Dios y entre sí, trayendo a la tierra la fraternidad universal.

Para construir la paz, también se nos pide a nosotros un amor fuerte, capaz de amar incluso a quien no corresponde con el suyo, capaz de perdonar, de ir más allá de la categoría del enemigo, de amar la patria del otro como la propia. La paz requiere que cambiemos, que de personas pusilánimes, concentradas tal vez en sus propios intereses, en sus propias cosas, nos transformemos en pequeños héroes cotidianos que día tras día sirven a los hermanos y hermanas, que están dispuestos a dar incluso la vida en favor suyo. Más aún, nos exige un corazón y unos ojos nuevos para amar y ver que todos ellos son candidatos a la fraternidad universal.

Nos podemos preguntar: "¿También los vecinos problemáticos?, ¿también los compañeros de trabajo que son un obstáculo en mi carrera?, ¿también el militante de otro partido o de otro club de fútbol adversario del mío?, ¿también las personas de religión o nacionalidad distintas a la mía?".

Sí, cada uno es mi hermano o hermana. La paz empieza precisamente ahí, en la relación que sé establecer con mi prójimo. "El mal nace del corazón del hombre", decía Igino Giordani, y "para apartar el peligro de la guerra es necesario apartar el espíritu de agresión y de explotación y egoísmo del que procede la guerra: es necesario reconstruir una conciencia"[4].

«Os doy mi paz»

¿Cómo puede Jesús darnos hoy su paz? Él puede estar presente en medio de nosotros mediante nuestro amor recíproco, mediante nuestra unidad[5]. De esta forma podremos experimentar su luz, su fuerza, su mismo Espíritu, cuyos frutos son: amor, gozo, paz[6]. La paz y la unidad van paralelas.

Durante este mes, en el que rezamos de un modo especial para que se llegue a la plena y visible comunión entre las Iglesias, todavía sentimos con mayor intensidad el vínculo entre unidad y paz. En estos últimos años hemos visto lo mucho que, tanto las Iglesias como los cristianos individualmente, han trabajado juntos por la paz.

Pues, de hecho, ¿cómo vamos a dar testimonio de esa paz que Jesús trajo, si entre nosotros, los cristianos, no hay plenitud de amor, si no somos un corazón solo y un alma sola como la primera comunidad de Jerusalén?[7]

El mundo cambia si cambiamos nosotros. Ciertamente también tenemos que trabajar, según las posibilidades que cada uno tiene, para resolver los conflictos, para elaborar leyes que favorezcan la convivencia de las personas y de los pueblos. Pero sobre todo, si ponemos de relieve lo que nos une, podremos contribuir a la creación de una mentalidad de paz y trabajar juntos por el bien de la humanidad.

Dando testimonio y difundiendo valores auténticos como la tolerancia, el respeto, la paciencia, el perdón y la comprensión, se desvanecerán por sí solas otras actitudes que contrastan con la paz.

Ésta ha sido nuestra experiencia durante la segunda guerra mundial, cuando nosotras, unas pocas chicas, decidimos vivir solamente para amar. Éramos jóvenes y tímidas, pero todo cambió desde el momento en que nos esforzamos en vivir una por la otra, en ayudar a los demás empezando por los más necesitados, en servirles incluso a costa de la vida. En nuestros corazones nació una fuerza nueva y vimos que la sociedad empezaba a cambiar de cara: empezó a renovarse una pequeña comunidad cristiana, semilla de una "civilización del amor". Al final es el amor el que vence porque es más fuerte que cualquier otra cosa.

Probemos a vivir así en este mes, para ser levadura de una nueva cultura de paz y de justicia. Veremos que en nosotros y a nuestro alrededor renace una nueva humanidad.

[1] Cf Jn 14,27.
[2] Cf Ef 2,14.
[3] Cf Ef 2,14-18.
[4] Líinutilit‡ della guerra, Roma 2003, 2™ edición, pág. 111.
[5] Cf Mt 18,20.
[6] Cf Gal 5,22.
[7] Cf Hch 4,32.

 

Chiara Lubich

 

Puntos relevantes

• La paz que Jesús nos da no es la que da el mundo; es plenitud de vida y de alegría. Nuestra paz es Él mismo.
• Para construir la paz debemos amarnos hasta estar dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos, igual que Jesús, que pagó con su persona hasta el abandono en la cruz.
• Gracias a nuestro amor recíproco y a nuestra unidad, Jesús presente en medio de nosotros pueda darnos su paz. El amor es más fuerte que cualquier cosa.
• Para cambiar el mundo tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos; mejorar las relaciones entre cristianos, entre personas y pueblos, poniendo de relieve lo que nos une.

Lecturas aconsejadas

-Libros de Chiara Lubich:
La doctrina espiritual: Los albores, en particular pp. 45-46; Un nuevo estilo de vida cristiana, p. 52; la meta: que todos sean uno, p. 57; Cuando la unidad con los hermanos es completa, p 151 (cf. EE/1, p. 109); Pensamientos: No romper nunca, p. 158; María, vínculo de unidad entre los pueblos, p. 300 (cf. EE/1, p. 211); Diplomacia divina, p. 303 (cf. EE/1, p.88)
La vida, un viaje: Amnistía completa, p. 16.
Un pueblo de santos: El pacto, p. 24; Reaccionar, p. 68; El mosaico, p. 80; La fiesta, p. 113.

-Otros libros:
• Igino Giordani, Memorias de un cristiano ingenuo; La inutilidad de la guerra: dos libros para acercarse al pensamiento de este escritor, padre de familia, político, periodista, apologeta... que luchó por construir la fraternidad en política y que nunca se resignó a excluir el Evangelio de la vida social.