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[ E d i t o r i a l ]

[ Mejor un maestro que un guardia ]

Acaban de pasar los Reyes Magos. ¿Qué regalos habrán dejado junto a los zapatitos infantiles? Muchos juegos electrónicos, al parecer. ¿Serán todos educativos? Anda por ahí un nuevo videojuego de terror cuyos personajes son niños que tratan de humillar constantemente a una muchacha, la cual debe defenderse. Cuanto más violento eres, más puntos sacas. O sea, toda una escuela de sadismo que requiere una advertencia para menores: imágenes de violencia moral o física, contenidos discriminatorios, referencia a drogas, lenguaje soez. Se entiende que el juguete haya suscitado polémica, sobre todo porque estos horrores suelen terminar en manos de los pequeños, y son los primeros en pagar las consecuencias: agresividad, dependencia y soledad, tal y como ha demostrado el psicólogo Craig Anderson con una investigación bien documentada. ¡Si hasta las nuevas muñecas son agresivas e irreverentes! Hillary Clinton ha anunciado que pretende poner rigurosas trabas jurídicas en Estados Unidos para combatir esta plaga que atenta contra la dignidad de la persona.

Es verdad que cada vez son más necesarias las medidas legales que tutelan a los menores, pero por otra parte, como dijo el sabio, “mejor un maestro que un guardia”. Y es que no tiene vuelta de hoja: una sociedad está sana si lo están sus educadores. Pero la sociedad en que vivimos es bastante rara, y parece ignorar ese enorme vacío donde se están hundiendo las esperanzas de nuestros jóvenes. Se nota que falta un proyecto educativo, y que muchas familias están solas. Por ejemplo, ¿en qué han acabado las buenas intenciones de los códigos de autorregulación televisiva y los horarios de protección al menor? Era un parche. Lo que en realidad hace falta es invertir en educación, y no sólo en la escuela, sino en la familia, para ayudarlos en la difícil tarea educativa que les toca realizar. Aunque tampoco estaría de más invertir en el currículo escolar con el fin de elevarlo un poco, para que no sea una mera transmisión de conocimientos. Y de paso, potenciar las relaciones personales en asociaciones y grupos, desde una óptica algo más edificante que el mero interés personal.

En ese sentido, ya hay mucho camino recorrido. Pululan por aquí y por allá grupos de ayuda mutua, asociaciones juveniles y formas varias de cooperación, ejemplos de una sensibilidad por compartir. Ahora bien, aún se podría estimular una nueva cultura educativa desde instituciones como el Defensor del Menor si, además de velar por la infancia y la adolescencia, también impulsaran relaciones mejores y más articuladas entre las distintas instancias educativas. En fin, que lo que hace falta es “hacer unidad” (quizás nunca esta palabra haya significado tanto progreso) para tener el valor de arremangarse por la educación.