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[ E d i t o r i a l ]

[ Motivos ideales ]

El mundo del deporte ocupa una importante tajada de la información que cada día nos ofrecen los medios de comunicación. Lamentablemente no está exento de ovejas negras. Recordemos aquella operación policial que desmontó el método de dopaje utilizado con numerosos ciclistas, o los últimos escándalos del fútbol italiano que ha hecho descender de categoría a varios equipos. Estos hechos nos dan pie para reflexionar sobre la función y el significado del dinero.

Ya en 1970, el sociólogo inglés Titmuss abrió un interesante debate al demostrar con datos que la sangre que se recogía mediante donaciones voluntarias y gratuitas era de mejor calidad que la que se recogía pagándola. Se puede argumentar, con cierta lógica, que aquellos que vendían su sangre no eran los más favorecidos de la sociedad, y por tanto su estado de salud era deficiente. También se puede decir que la sangre pagada atraía a muchas personas, más interesadas por el dinero que por la salud de los que iban a recibir esa sangre, y que la alta frecuencia de extracciones disminuía la calidad de la sangre.

Cuando el dinero se usa como instrumento para motivar y remunerar el comportamiento humano, se ponen en marcha una serie de mecanismos que con frecuencia dejamos en segundo plano. Un ejemplo. Pensemos en los voluntarios que dan parte de su tiempo en alguna ONG, o en los diez mil que han ayudado en la organización del Encuentro Mundial de las Familias en Valencia. Desde el momento en que dichos voluntarios no son pagados, la persona que se ofrece está indicando de manera indiscutible cuál es su motivación: está interesado en la actividad de voluntariado y a ella le atribuye un valor en sí misma. Pero si esas personas fuesen remuneradas, ya no se entendería si están motivadas por el voluntariado o por el dinero. Es decir, se produciría una “confusión en las motivaciones”. En consecuencia, si una organización determinada quisiera estar segura de que lo que estimula a sus voluntarios es la “vocación”, sólo debería ofrecerles... gratuidad (como en la donación de sangre), y recurrir al dinero en cuanto “premio”, no en cuanto “precio”. Por esta razón, cuanto más ideal es la actividad, menos sentido tiene el dinero como instrumento para seleccionar a las personas adecuadas. Es absurdo, pues, pretender que haya “buenos” políticos prometiéndoles un buen sueldo. Es más, obtendremos a las personas menos indicadas, porque estarán más interesadas en el dinero que en el bien común.

Sin duda, el deporte, la política, la educación, la sanidad y todos los ámbitos en los que no se opera con mercancías sino con “bienes”, deberían recurrir lo menos posible a los altos incentivos monetarios para motivar a las personas, pues se corre el riesgo de encontrarse con gente más atraída por el incentivo que por una pasión vocacional.

Evidentemente, un planteamiento de este tipo requeriría darle la vuelta a todo el sistema económico de muchas organizaciones. ¿Cuándo se va a dar cuenta de este mecanismo tan simple nuestra sociedad de mercado? Esperemos que pronto; si no, el precio será cada vez más alto y algún día insostenible.