Lleva a la página principal de Ciudad Nueva
E-Mail | Inicio | Revista | Pedido | Distribución | Catálogo | Novedades
Lleva a la página principal de Ciudad Nueva


 

Canales
temáticos



Arte

Ciencia

Cultura

Ecología

Economía

Espiritualidad de la Unidad

Ética

Familia

Focolares

Iglesia

Índices

Niños

Palabra de Vida

Política

Salud

Testimonio
 

[ I g l e s i a ]


[ Movimientos, escuelas de comunión y de libertad ]

Festiva vigilia de Pentecostés del Papa y el pueblo de los nuevos carismas. 450 mil personas, muchos jóvenes. Un clima de familia, signo de la unidad realizada desde la cita anterior, en 1998.

Texto: Pablo Lóriga
Fotos: G. Distefano y D. Salmaso

Parecía que hubiéramos vuelto al Jubileo del 2000. Una multitud llegada de los cuatro puntos cardinales, con sus gorros de colores, mochilas y sillas plegables colmaba incluso la Vía de la Conciliación y las calles adyacentes. Casi 450 mil personas, un número inesperado. Y muchos jóvenes.

Pancartas y carteles, como velas al viento en un océano de cabezas. Miles y miles de personas que pertenecen a grandes grupos internacionales (Neocatecumenales, Renovación Carismática, Focolares, Comunión y Liberación, San Egidio) o comunidades pequeñas aprobadas por la Iglesia en los últimos años, tras el histórico primer encuentro de los movimientos en 1998. Hay también delegaciones ecuménicas: ortodoxos, evangélicos y anglicanos. Esta cita con el Papa era de una importancia decisiva. Había dos interrogantes de fondo: ¿qué indicaciones iba a dar a los movimientos?, ¿actuaría en continuidad con Juan Pablo II, que había apoyado tanto a los nuevos carismas?

«Vosotros pertenecéis a la estructura viva de la Iglesia, y ésta os da las gracias por vuestro compromiso misionero y por la acción formativa que realizáis», había escrito Benedicto XVI unos días antes a los 300 delegados que participaban en el segundo congreso mundial de movimientos, que tuvo lugar en las cercanías de Roma. Se sabía que en la Plaza de San Pedro la palabra del papa Ratzinger iba a tener una carga mayor. Preludio de ello habían sido el saludo inicial de Chiara Lubich, ausente por razones de salud, pero leído por Graziella De Luca, y las intervenciones de Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egido, de Julián Carrón, sucesor de Giussani al frente de Comunión y Liberación, y Kiko Argüello, cuya franqueza dejó a la multitud con la boca abierta, cuando exclamó con indómito arrebato: «¡Qué difícil es que las instituciones entiendan que tienen necesidad de los carismas!».

Y entonces habla el Papa, que antes de los discursos se había permitido la única improvisación del programa: recorrer en el papamóvil toda la Vía de la Conciliación para llegar a saludar hasta el último. El rostro de Ratzinger expresaba su alegría y agradecimiento. Probablemente también él esperaba este acontecimiento, y algo se atisba en su discurso. Si antes había escrito a los congresistas que fueran «siempre escuelas de comunión» y «luz en un mundo confuso», ahora le pide al pueblo que está ante él que sea libre y esté vivo y unido. «Los movimientos han nacido justo por la sed de vida auténtica, son movimientos por la vida bajo cualquier aspecto», dice Ratzinger. «Sed escuelas de libertad verdadera. La verdadera libertad se demuestra con la responsabilidad». Y también: «El Espíritu Santo, dando vida y libertad, también da unidad. Son tres dones éstos, inseparables entre sí».

Vida, comunión, libertad, responsabilidad, unidad son palabras básicas para verificar “el empuje misionero” que atestigua la presencia del Espíritu Santo. De hecho el Papa concluye solicitando algo que resulta ser un verdadero programa para los movimientos y las nuevas comunidades: «Os pido que seáis más, mucho más colaboradores del ministerio apostólico universal del papa». Sabe muy bien que no faltan dificultades en muchas parroquias y diócesis. Sabe que no se va a arreglar todo en un abrir y cerrar de ojos. Por eso, antes de expresar su deseo, había dicho: «Los pastores estarán atentos a no apagar el Espíritu, y vosotros no dejaréis de llevar vuestros dones a toda la comunidad».

En el oído de los fundadores y responsables resuenan las palabras oídas días antes: «No hay institución sin carisma y no hay carisma sin institución». El cardenal Scola había recordado que «es presuntuoso y erróneo reducir a los movimientos al ámbito de la pura dimensión carismática y relegar las diócesis, las parroquias y las congregaciones clásicas a la institucional». Pero también dijo a sus iguales: «Los pastores deben resistir a la tentación de concebir los movimientos como mera “fuerza de trabajo”».

Un último interrogante aleteaba antes del encuentro: ¿qué recorrido se había hecho desde la cita del 98 hasta hoy? El papa Wojtyla había lanzado un reto: la Iglesia espera de vosotros frutos maduros de comunión y compromiso. Durante los tres días previos de congreso, la respuesta más elocuente la había dado el clima de amistad y la sintonía espiritual, la complementariedad de los carismas y la colaboración ya en curso en distintas latitudes. Pero ha sido muy explicativa la intervención de mons. Stanislaw Rylko, presidente del Pontificio Consejo de Laicos, que señaló tres signos de madurez eclesial: una comunión cada vez más sólida con el Papa y los obispos y una comunión fraterna entre las asociaciones; un compromiso misionero, enriquecido por la fantasía de encontrar caminos nuevos para el anuncio; una juventud del espíritu, fruto de la cotidiana fidelidad al carisma.

Pero lo que más le gustaba a Rylko, que se guardó para el final de su intervención de clausura, es que los movimientos son una sana provocación para el mundo de hoy, «donde se produce una fuerte acción homologadora de la cultura contemporánea, que no tolera que nadie vaya contra la corriente de lo “políticamente correcto”». Y es además una provocación para las parroquias y las diócesis: «Ante un cristianismo cansado y lánguido, los movimientos proponen empuje, alegría y felicidad. Ante unas comunidades cristianas cerradas, proponen el coraje del anuncio en todos los ámbitos».

La luz dorada del ocaso romano quiso poner su sello a esta jornada inolvidable. Había llovido hasta el viernes y la lluvia volvió el domingo por la tarde, pero para esta vigilia el cielo se había contenido. La multitud empezó a disolverse tranquilamente, dando una prueba más de ciudadanía responsable.



MENSAJE DE CHIARA LUBICH
Beatísimo Padre, me dirijo a usted en nombre de todos los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales representadas en esta plaza. Ante todo, queremos expresarle nuestra viva y profunda gratitud, Santidad, por habernos convocado nuevamente y reunido juntos aquí, en la Sede de Pedro, en torno a usted. ¿Cómo no recordar hoy a su amadísimo predecesor, el Santo Padre Juan Pablo II, y nuestro primer memorable encuentro con él la vigilia de Pentecostés de 1998? Aquel día él nos anunció que se abría ante nosotros «una etapa nueva, la de la madurez eclesial». «La Iglesia –dijo– espera de vosotros “frutos” maduros de comunión y compromiso».

Estas palabras, así como las demás con que definió nuestro lugar en la Esposa de Cristo como una expresión significativa de la dimensión carismática de la Iglesia, coesencial con la institucional, fueron para nosotros palabras de comprensión y agradecimiento, pero también de gran responsabilidad. Queremos ser dignos de semejante confianza. En aquella ocasión, de acuerdo con los demás fundadores, le prometí al Santo Padre Juan Pablo II que nos esforzaríamos por incrementar la comunión entre los movimientos y las nuevas comunidades.

Hoy podemos decir que el amor recíproco y la unidad entre todos han crecido por encima de nuestras previsiones. De hecho, nuestras comunidades y nuestros movimientos se muestran como si fueran muchas redes de amor que Dios está tejiendo en el mundo, casi anticipando, a nivel de laboratorio y en continuidad con la obra admirable de las órdenes y las congregaciones religiosas, la unidad de la familia humana. Y nuestra gratitud sin medida es para Aquel que, según presentimos, es el verdadero protagonista del florecimiento de nuestros movimientos: el Espíritu Santo, que nos colma siempre de sus dones. Él está actuando en nuestra época y continúa su acción por los siglos a favor de la Iglesia, la cual, edificada (Ef 2, 20), es levadura de la civilización del amor.

A usted, Santidad, queremos asegurarle que la colaboración y la comunión entre los movimientos y las nuevas comunidades seguirá para que, en plena comunión y obediencia a usted y a los pastores de la Iglesia, trabajemos por la actuación de los mismos fines que quiso Jesús antes que nada: la unidad. Y nuestra amada Iglesia será más una, más familia, más acogedora, más hermosa en su variedad. Así dará testimonio de Cristo en su múltiples prerrogativas, y de María, Madre de Dios, la carismática por excelencia.