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[ T e s t i m o n i o ]

[ Un alma "rendida" ]
Durante años, Egidio Santanché ha publicado en Ciudad Nueva sus artículos sobre pediatría y psicología infantil. Una vida dedicada a sanar el dolor de los demás.
Orestes Pallarés
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Fue sin duda una de las firmas más populares entre los lectores de Ciudad
Nueva. Durante años Egidio Santanché ha sido un colaborador muy apreciado
por su competencia, su sentido común, su originalidad y su estilo. Su
rúbrica, que últimamente llamábamos “el mundo de los niños” era ciertamente
una de las más leídas.
Falleció hace ya unos meses, en junio, pero aún no habíamos tenido ocasión
de conocer la dimensión más interesante de este médico pediatra que «se hizo
adulto sin dejar de ser niño evangélico», como ha dicho un amigo suyo; es
decir, ese niño que Jesús pone de modelo por su inocencia, su confianza en
el amor del padre y su capacidad de sorprenderse y gozar con todo.
Egidio era el tercero de once hermanos y nació en Génova en 1927. Se crió en
una «gran casa aislada en medio del campo –contaba él en una ocasión– desde
cuyas ventanas veíamos las colinas punteadas de olivos y los cultivos de
trigo y cáñamo; y por la tarde unas puestas de sol inolvidables». En 1940
muere su madre, y ése será su precoz encuentro con el dolor. Cuatro años
después, él y un hermano suyo se trasladan a Turín para empezar la
universidad. Luego se especializará en pediatría en Roma.
Precisamente en Roma es donde cambiaría el rumbo de su vida. Conoció a unos
focolarinos y éstos le mostraron la posibilidad de vivir el evangelio. Así
lo recordaría luego Egidio: «Era el sueño de mi adolescencia, el motivo de
mis búsquedas en los años universitarios».
En marzo de 1953 entró a formar parte del focolar de Roma. Casi
contemporáneamente se le manifestaron los primeros síntomas de un grave
agotamiento y una profunda prueba espiritual que se repetirían en varias
ocasiones a lo largo de los años. «Empezó un periodo de insomnio serio
–recuerda Egidio–, me costaba hacer hasta las tareas más sencillas, prestar
atención durante largo rato o seguir el hilo de una conversación. Las veces
que aparecía por la clínica para firmar algún papel, me daba cuenta de que
mis colegas sentían rechazo por mi aspecto demacrado, inseguro y ausente...
Además, a pesar de que varios confesores me habían dado seguridad al
respecto, no conseguía acercarme a la comunión. Se había esfumado la
confianza en el amor de Dios y su misericordia... El vacío me arrastraba.
Muchas veces pensé que bastaba un poco de valor para liberar a los demás de
mi peso...».
Durante ese periodo especialmente delicado, Chiara Lubich se mostró muy
cercana, como una verdadera guía espiritual. Así lo recordaría Egidio más
tarde: «Una vez me dijo: “Es una prueba, la vamos a superar juntos... con el
tratamiento necesario. Verás, para ti que eres médico, será algo precioso;
además de excavarte por dentro, te abrirá el corazón para comprender el
dolor de los demás”. Estas palabras eran para mí un bálsamo, aunque fuera
temporalmente».
Al cabo de los años Egidio pudo hacer una lectura adecuada de esta prueba
que le duró tres años y alcanzó picos de auténtica desesperación:
«Había constatado que, al menos en la fase inicial de la enfermedad, la
oscuridad y la angustia podían desaparecer o atenuarse, aunque fuera
brevemente, si lograba “olvidarme” cuando estaba ante un prójimo, o cuando
rezaba u ofrecía el dolor; también cuando tenía a mi lado a alguien capaz de
amar de verdad. Por otra parte, la ayuda espiritual no podía resolverlo,
pues se requerían medicinas. De manera que, después de mucho buscar, di con
la persona justa... Al cabo de quince días y gracias a un tratamiento
enérgico, que viví en un estado de suspensión, poco a poco volví a vivir.
«Recuerdo muy bien las impresiones de este “segundo nacimiento”: me quedaba
embobado ante el maravilloso espectáculo de las burbujitas de se formaban en
una cacerola de agua a punto de hervir; me renacía la alegría al ver que era
capaz de amar, que era capaz de intuir el valor del dolor. Tenía la neta
sensación de haber atravesado un fuego purificador y conocido horizontes
inimaginables, algo así como la otra cara de la luna.
«No sé si tendría valor para volver a pasar por lo mismo, pero lo cierto es
que aquellos fueron los años más preciosos de mi vida. Era como un terreno
excavado por la riada pero fecundo; veía con total claridad que todo es
vanidad de vanidades y que en medio de la noche la única presencia hacia la
que podemos tender es Dios. Qué mezquinas me parecían mis pretensiones de
querer ser estimado, o mi rebeldía contra las críticas. De manera que, una
vez que el yo está casi apagado, resulta más fácil escuchar y comprender
cualquier dolor y cualquier actitud».
En definitiva, se había verificado lo que le había dicho Chiara, pues había
pasado por la purificación del dolor extremo y estaba en condiciones de
ayudar a innumerables personas probadas por la vida, incluso
psicológicamente, y por eso se especializó en psiquiatría.
Egidio trabajó durante casi veinte años como médico pediatra y fue también
director del reformatorio de Turín. A propósito de esta última experiencia
cuenta: «Me parece mentira que en tan poco tiempo hayan podido darse tantos
cambios. Algunas de nuestras iniciativas, entonces revolucionarias, hoy las
ponen en práctica varias instituciones oficiales. El punto determinante, y
que en parte explica nuestro éxito, fue la profunda unidad entre algunos
colegas y el clima de confianza, que ayudó a los internos a construir entre
ellos una relación familiar y sincera».
A principios de los setenta Egidio regresó a Roma. Siguió trabajando de
pediatra y ejerció la docencia hasta 1998. Causan impresión su capacidad de
amar «sin hacer cálculos, ni siquiera espirituales», y esa radicalidad
evangélica que expresaba con dulzura. «Ahora que todo ha pasado –confesaba
una vez–, no siempre consigo callarme y escuchar atentamente; lo fútil, lo
chato, lo no verdadero está siempre al acecho. Para degustar de nuevo la
verdadera alegría, encuentro precioso zambullirme en el dolor y recorrer el
camino del desprendimiento y la pobreza». Por eso, cuando un amigo le confió
que estaba atravesando por una prueba, le pudo escribir: «Sin duda, el
Eterno Padre está trabajando (...), es más, empieza a trabajar. Hay que
estar firmes de verdad, como el barro en manos del alfarero. Es inútil
fijarse en el exterior absurdo, ni siquiera en las satisfacciones, si las
hay; lo importante es notar la mano que va modelando, no asustarse por el
torbellino que aturde y quita el aliento (...) Eso es lo único que vale, lo
que nos prepara el “vestido nupcial”, lo que está en la base del desconocido
designio que Dios conoce y actúa, a condición de que nosotros seamos dóciles
y estemos firmes...».
Ciertamente no hallo página del evangelio que mejor se adapte a Egidio que
ésta: «Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos... Aprended de
mí que soy manso y humilde de corazón». Era su deber ser, y dio testimonio
de ello incluso de manera heroica, ayudando a muchas personas cuya
existencia era especialmente difícil. Para muchas de ellas la única relación
con Dios y con la Iglesia es justo él, Egidio.
En el verano de 1998 se sometió a una intervención quirúrgica de la que le
costaría recuperarse. Todo su radio de acción se limita entonces a su
ordenador, que le permite seguir escribiendo sus artículos y mantenerse en
contacto con los amigos de toda la vida. «Durante meses –escribe uno de
ellos– Egidio me ha dedicado su atención, igual que un padre premuroso y
paciente. Me mandaba todos los días, vía mail o por correo normal, escritos,
fotos, poesías, libros... Me llevaba por el camino estrecho del amor al
servicio de Dios, me confortaba, me animaba, me censuraba si era necesario,
hasta que estuvo seguro de que podía seguir yo solo. Fue una enorme suerte
para mí haberlo conocido. Y por supuesto, más grande fue el encuentro con
Dios, porque después de treinta años he vuelto a los sacramentos».
En junio de 2003 Egidio se vio afectado por un ictus. Desde entonces el
cuadro médico empeorará progresivamente, sobre todo por lo que respecta a la
consciencia y la comunicación, hasta el “vuelo final” que, como verdadero
poeta, Egidio ya había descrito: «Será un aleteo / luego silencio / arriba /
en el infinito azul / para siempre».
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