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[ E c o n o m í a ]

[ El precio del tiempo ]

Ya es bastante habitual comprar billetes de avión por internet. Además hay varias compañías low-cost (bajo precio) que ofrecen auténticas gangas. Por cincuenta euros se puede ir y volver a Londres, cuando hace pocos años el mismo trayecto podía costar, en términos reales, hasta diez veces más. En realidad, detrás de un billete adquirido por internet se esconde una profunda transformación del mercado y de la sociedad. De la misma manera que nos convertimos en agentes de viaje cuando compramos billetes en la red, igualmente nos transformamos en empleados de gasolinera cuando usamos el autoservicio, o de un banco cuando vamos al cajero automático.

En la sociedad actual, los límites entre consumo y producción son cada vez más débiles. Hoy los ciudadanos o consumidores realizamos funciones que antes eran competencia exclusiva de los “productores”. Los puestos de trabajo “seguros” disminuyen, aunque también es verdad que se abren nuevas oportunidades. Pensemos, por ejemplo en el turismo. Las mismas compañías low-cost son un efecto del cambio radical en la manera de concebir la relación trabajo-dinero-tiempo libre.

Hasta no hace mucho, el turismo (entendido como uso costoso del tiempo libre) era un bien de lujo, y podían “consumirlo” sólo los que tenían un trabajo bien remunerado o disponían de buenas rentas, y además tiempo libre suficiente para gastarse todo lo que querían. En ese sentido, el turismo se distingue de las vacaciones, que eran y siguen siendo un derecho de los obreros. Pero hoy estamos asistiendo a un hecho insólito: los que más dinero tienen son al mismo tiempo los que disponen de menos tiempo libre. De hecho, la semana laboral de los empresarios, los managers, los médicos o los profesores de universidad ha aumentado dramáticamente a lo largo de las última décadas, de la mano de la new-economy.

Pero el turismo, y los bienes culturales en general, requieren tiempo; un tiempo que el desarrollo tecnológico no puede reducir, pues para visitar un museo hacen falta tantas horas hoy como hace cien años. Por eso el mercado se ha inventado una nueva clase de turistas, con menos dinero pero con más tiempo: los jóvenes y los ancianos. Es como si el tiempo “robado” se vengase, impidiendo que nos gastemos el dinero que tanto sudor nos ha costado.

Lamentablemente, hay quien hace miles de kilómetros para buscar lo mismo que se ha dejado en su casa: piscinas, discotecas... Pero si el turismo popular se convierte en motivo para encontrarse con gente de verdad, con sus diferencias y sus esperanzas, entonces a lo mejor lograremos darle un sentido a estos cambios... y a sus precios.