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[ T e s t i m o n i o ]


[ La espiga y sus granos ]

El forcejeo entre abuela y nieta era una auténtica batalla, pero lo que estaba en juego era Dios mismo. La historia de una joven bielorrusa.

Esteban Revilla

Natacha se quedó mirando a su abuela. Ahí estaba, abatida por el peso de la amargura acumulado a lo largo de los años, y con una mirada triste porque su nieta le había dicho por enésima vez que no. “Se va a morir de dolor –pensó Natacha– por culpa de mi estúpida tozudez”. El autobús se iba alejando irremediablemente y Natacha esperaba que su abuela se volviera para decirle adiós con la mano, como siempre, pero la abuela no se giró. Y en ese instante Natacha tomo una decisión: le iba a dar una alegría, aunque tuviera poco sentido, porque Dios no existía.

La abuela Jadzia, después de la dura jornada de trabajo en el campo, solía quedarse dormida en su poltrona con el rosario en las manos. De las paredes colgaban misteriosos e interesantes cuadros que despertaban las curiosidad de sus nietos: «Abuela, ¿quién es ese hombre de pelo largo y barba?, ¿por qué le salen rayos del corazón? ¿Quién es esa señora tan hermosa?».

Natacha había crecido en un país ateo, pero rodeada de imágenes religiosas y acunada por la cadencia repetitiva de los rezos de su abuela. Lo que le había quedado de aquel fenómeno incomprensible era su musicalidad, porque la abuela rezaba en una lengua muy distinta de la suya. A fuerza de repetirlas, había aprendido algunas palabras en polaco, sobre todo el “Santa María, Madre de Dios”. También recordaba que hacía la señal de la cruz y que su sensibilidad infantil le decía que aquello era algo muy serio y profundo.

Natacha siempre había pensado que Dios existía porque su abuela creía en él y le rezaba, hasta que un día el maestro le reveló una verdad irrefutable: «Yuri Gagarin ha ido al cosmos y no ha encontrado a Dios». Ése es un golpe duro para un niño, hay que reconocerlo. Encontrarse con Dios y luego perderlo en el espacio de pocos años, viendo como en un instante desaparece todo un mundo poblado de gestos, imágenes, palabras sagradas, misteriosas y reconfortantes; viendo además cómo se iba borrando poco a poco la sonrisa de la abuela.

Si hubiese sabido antes que eso era crecer, a lo mejor hubiese preferido seguir siendo niña. Pero ya era tarde. La edad de la ingenuidad había pasado y había que conocer la verdad. Natacha empezó por dejar de rezar, pero luego quiso convencer a su abuela de que estaba equivocada. ¡Pobre abuela, con esas ideas tan retrógradas!

Una tarde, en la cocina, se pusieron a charlar. Las palabras de la abuela tenían el sabor de un recuerdo feliz: «Mira, Natacha, de un grano de trigo, de un minúsculo grano de trigo sale una espiga alta y dorada. ¿No te parece un milagro?». Pero lo que a Natacha le parecía un milagro era su fe de hierro. Tuvo miedo y salió corriendo a buscar a su hermano y a su primo: «¡Dios existe! ¡La abuela Jadzia me ha contado el milagro de la espiga». «¡Pero qué dices! ¿No sabes lo que es la fotosíntesis?». Natacha escuchó la explicación que le daba su primo y sintió como si se le apagase una lucecita. Luego volvió con la abuela y trató de explicarle que no es Dios quien transforma el grano de trigo en espiga.

El forcejeo entre abuela y nieta duró unos años. Y fue una auténtica batalla, pues lo que estaba en juego era Dios mismo. Natacha no olvidará nunca lo que le dijo una vez la abuela en mitad de una acalorada discusión: «Si fuera necesario, sacrificaría mi mano derecha por Cristo». Y para una campesina la mano derecha lo es todo. Esa vez comprendió que nunca la convencería, pues su fe era demasiado fuerte, y se rindió. Y más tarde se rindió también la abuela: «Te lo pido por última vez, luego dejaré de insistir: ¿quieres acercarte a los sacramentos?». «No», dijo rotundamente la nieta. Y una profunda tristeza le hizo abatir la cabeza y los hombros.

Ahora, a través del cristal de las ventanillas del autobús la abuela parecía mucho más anciana de lo que era, y Natacha tuvo miedo de perderla. Ante el dolor de la abuela, todos los argumentos contra la fe perdían consistencia. «Si para ella era tan importante –pensó–, haría la primera comunión». Fue en el autobús donde decidió darle esa alegría.

La preparación a la comunión tuvo un carácter doméstico. La iglesia, rehabilitada desde hacía poco, pues la habían usado de fábrica, era muy modesta y no había catequesis. Así es que Jadzia improvisó la suya propia. No era la mejor preparación teórica, pero estaba respaldada por la práctica, porque la abuela lo hacía todo con sentido religioso: vivir, trabajar, rezar... Y no hacía falta muchas más clases.

Cuando llego el día esperado, Natacha se acercó al confesionario. Dobló una rodilla y luego la otra. Y en ese gesto sintió que se quebraba una resistencia interior y se echó a llorar. Lloraba mientras confesaba sus pecados de niña. Lloraba sin avergonzarse. Y junto con las lágrimas Natacha iba soltando un lastre del que no era consciente. Era la primera vez en su vida que se sentía feliz y ligera. El sacerdote le puso de penitencia que rezase un rosario.

Ha pasado el tiempo. Un rosario cuelga de la mano de Natacha, cuyos dedos van desgranando las cuentas, mientras sus labios pronuncia palabras amadas y las repite sin fin. Parece la abuela Jadzia, sesenta años más joven, pero es la nieta. Natacha quiso un día tener aquella alegría cristalina de la abuela y transmitir; quiso creer en Dios. Después de dieciséis años puede decir que lo ha conseguido.