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[ T e s t i m o n i o ]

 

[ La medicina agotada ]

Episodios sencillos de la vida cotidiana protagonizados por nuestros lectores. Hablan de una relación con Dios, cuyo amor se manifiesta en las más variadas circunstancias de la vida.

Un día María se ofreció a una amiga suya para ir a comprar algunas cosas. Entre esas cosas estaba un medicamento que la amiga necesitaba urgentemente. Entró en varias farmacias, pero ese producto no lo tenían. A medida que iba caminando se alejaba del centro de la ciudad y se metía en calles por las que no pasaban autobuses. Hacía mucho calor y María se estaba preguntado si seguir adelante, pues en todos los sitios le estaban diciendo que ese medicamento estaba agotado. Pero María había aprendido de Jesús que hay que llegar hasta el final. Así es que decició llevarle a su amiga las cosas que había conseguido, para seguir luego con su búsqueda. Pero cuando llegó, la amiga no estaba en casa. Llamó a la puerta de al lado para dejar al menos un recado, y le abrió una señora muy amable que se interesó por ella y por lo que estaba haciendo. Y para sorpresa de María, la señora le dijo: «¡Pero si yo tengo ese medicamento! Si quiere se lo doy para su amiga».
M. H. (Tailandia)



Acompañando a dos señoras de la parroquia, un día fui a visitar a una joven que se estaba muriendo y a la que estas dos señoras daban asistencia. Se trataba de una prostituta y se llamaba Eliete. Llegamos a la puerta de la casa justo cuando salía el médico, y éste me dijo: “Padre, a esta pobrecilla le quedan como mucho dos o tres días. Tenga usted cuidado porque tiene una enfermdead venérea muy contagiosa”.

Tumbada en la cama encontré a una joven de unos dieciocho años, físicamente dehecha y con llagas por todo el cuerpo. Eliete me contó su trágica historia. Era una muchacha que nunca había sentido el verdadero amor y que había acabado en la calle para poder sobrevivir. Luego me dijo que quería confesarse y tomar la comunión: “Quiero morir como una hija de Dios, aunque sé que soy una gran pecadora”.

Cuando iba a darle la extremaunción, recordé de golpe las palabras del médico y me quedé paralizado de miedo. Pero una voz por dentro me dijo: “Eres sacerdote para todos, también para ella”. Traté de vencer el temor a perder mi buena reputación e hice mi deber. Eliete sonreía y estaba preparada para el encuentro final, pero yo no podía convecerme de que esa criatura tuviera que morir en la flor de la edad. “Y si Jesús te curase, ¿qué harías?”, le pregunté. “Volvería a casa con mis padres –respondió– y les diría que es mejor morirse de hambre que vivir en este infierno”. Así es que juntos pedimos, en el nombre de Jesús, la gracia de su curación.

Algún tiempo después, las dos señoras que la asistían me dieron una noticia sorprendente: Eliete se había curado, había dejado aquel lugar de perdición y había vuelto con sus padres.
E. P. (Brasil)



Hacía tiempo que Sagón sufría unos dolores muy fuertes en el estómago, provocados por un virus que había contraído al beber agua contaminada. Y es que, desde la guerra del Golfo, las cañerías estaban en muy mal estado. En ese periodo escaseaban las medicinas en Bagdad y hacía dos meses que Sagón esperaba la suya, que tenía que llegar del extranjero. Cuando le llegó, se fue loco de alegría a la clínica para que le pusieran la inyección. Mientras esperaba su turno, oyó cómo una anciana que estaba en la fila le comentaba a otra señora que había contraído la misma enfermedad que él tenía. Sagón, pensando que Jesús estaba presente en esa anciana, decidió darle su medicina. La anciana, que no se lo podía creer, le dió un beso en la frente y lo bendijo. Sagón se volvió contento a casa y cuando llegó, se dio cuenta de que ya no le dolía el estómago. Efectivamente se había curado por completo.
S. Y. (Irak).