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[ E d i t o r i a l ]

[ Una puerta abierta a la esperanza ]
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El pasado 22 de marzo se conocía el anuncio, por parte de la banda
terrorista ETA, de un “alto el fuego permanente”, que entraría en vigor a
partir del día 24. No cabe duda de que para muchos este anuncio, tan
esperado y deseado, ha supuesto una gran sorpresa, aunque también han sido
muchos los observadores que “lo veían venir”.
Desde estas páginas hemos condenado siempre el recurso y el uso de la
violencia y de cualquier forma de terrorismo para resolver los conflictos.
Por tanto, no podemos dejar de expresar nuestra satisfacción y nuestra
esperanza de que, esta vez, sea una realidad definitiva y permanente el
anuncio del cese de la violencia, que posibilite una paz estable, asentada
sobre principios de justicia, de libertad, de igualdad y de fraternidad.
No nos toca, en este espacio, hacer un análisis político de las
implicaciones y elementos que hay que tener en cuenta en este camino que se
abre y que debe llevar a la completa desaparición y erradicación del
terrorismo, conscientes de todo el dolor causado a la sociedad y, en primer
lugar, a los miles de víctimas que la han padecido más directamente.
Desde todos los sectores se ha acogido la noticia con cautela y prudencia,
como no podía ser menos, y con mayor o menor grado de entusiasmo o
escepticismo. Es verdad que la historia pesa, pero también es verdad que se
abre una nueva puerta a la esperanza y no podemos desaprovecharla. Más aún,
todos tenemos el deber moral de contribuir a hacerlo posible, cada uno según
su posición y responsabilidad, favoreciendo un clima de diálogo y apertura
que allane el camino, hasta alcanzar la tan anhelada paz definitiva.
Así lo subrayaban los obispos vascos en el comunicado que ofrecieron de
forma conjunta, apenas conocida la noticia: “A pesar de que intentos
anteriores de pacificación no han llegado a dar el fruto deseado,
contemplamos la nueva situación como oportunidad de construir la convivencia
social entre todos desde la pluralidad legítima y democrática. Todos los
ciudadanos estamos llamados a contribuir a crear un clima social en el que
se aleje definitivamente de nuestras relaciones el recurso a la violencia.
En estos momentos los gobernantes y representantes políticos, como
servidores del bien común, tienen en sus manos la especial responsabilidad
de conducir la construcción democrática de una sociedad justa y en paz para
todos, respetando las legítimas diferencias”.
Se trata de un camino arduo y complejo, que exige, como los mismos obispos
afirmaban “sembrar con delicadeza y paciencia en todos los ambientes la
experiencia liberadora del perdón solicitado, ofrecido y recibido”.
Suscitemos, pues, en el mundo, por doquier, espacios de fraternidad, esa
fraternidad reconquistada por Jesús en la cruz, y mostremos al mundo la
potencia de la resurrección que ha vencido al odio y la muerte.
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