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[ E d i t o r i a l ]

[ La libertad de expresión ]

¿Y si el otro fuese realmente en mi hermano, podría yo burlarme de sus creencias? Este planteamiento se hacía monseñor Vincent Landel, arzobispo de Rabat, saliendo al paso del asunto de las viñetas. Pues ése es el fondo de la cuestión. No se trata de poner en tela de juicio el derecho a expresar libremente pensamientos, opiniones, juicios, etc., sino de saber que todo ello, o va dirigido “a” alguien, o va “contra” alguien, y ese alguien no me es ajeno. ¿Cómo se puede pensar que la libertad de expresión es un derecho omnímodo? ¿Acaso todo cuanto hacemos no tiene consecuencias sobre los demás?

Independientemente de que la campaña de protesta haya sido promovida por grupos violentos, especialmente en algunos países islámicos, ¿qué pensará el editor del periódico danés viendo los muertos que ha causado la publicación de las viñetas ofensivas para el Islam? Y el resto de la prensa que se ha añadido a esa campaña ¿cómo se puede quedar indiferente ante el asesinato del padre Andrea Santero a manos de un adolescente de 16 años, en Turquía, inducido por el odio religioso?

La prensa necesita comprender que el límite de la libertad de expresión está en el derecho de las personas a ser respetadas por lo que son y por lo que creen. Y esto no es cercenar un derecho, sino respetar a la persona, que es la titular del derecho. Sin la persona, el derecho no tiene sentido. Por lo tanto, lo sustantivo es la persona, el ser humano, y no el derecho.

Este tipo de ofensas constituyen una evidente falta de sensibilidad y una provocación inadmisible. Lo mismo podríamos decir de los carteles, obras de teatro, manifestaciones públicas, etc. en contra de los sentimientos religiosos de los cristianos que se prodigan últimamente en nuestro país. No hace mucho, en un programa de televisión nos explicaban la receta para “cocinar un crucifijo”; o también cierta esperpéntica puesta en escena teatral distribuyendo preservativos como si fuese el sacramento de la comunión. Es contrastante que en un mundo materializado, donde todo se banaliza, se esté “absolutizando” y casi “deificando” la libertad de expresión, hasta el punto de eximirle de toda responsabilidad.

¿Cómo vamos a promover una alianza de civilizaciones si no promovemos la fraternidad entre las personas, los pueblos, las culturas, las religiones? Continuamente vemos cómo la paz se ve amenazada por este tipo de excesos, verbales o reales, como acción o como reacción. Ciertamente, no son de ninguna manera justificables los episodios de violencia contra las cosas o las personas a los que asistimos a raíz de las viñetas. Que detrás de esa violencia haya una campaña organizada por grupos fundamentalistas o extremistas no exime de responsabilidad a quienes se han convertido en detonante de esa violencia. La civilización nace del respeto a la persona, a sus creencias, a su cultura y al contexto social en el que vive. Una civilización que no respeta a los demás, no se respeta a sí misma. Quizás éste sea uno de los problemas de nuestra “civilización”: que el hombre ha perdido el respeto a sí mismo.

Montesquieu, en su obra El Espíritu de las leyes, escribía: “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en poder hacer lo que se debe querer”, y lo que se debe querer es el bien de cualquier persona, de todas las personas, y no sólo de uno mismo. En definitiva, querer el bien común. En el fondo, toda faceta humana, desde la más íntima, como es el sentido religioso de la vida, hasta la más externa, tiene como sujeto al hombre y como objeto el servirle.

Por eso, hacemos nuestras las palabras de mons. Vincent Landel: “Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¡qué mundo tan apasionante podríamos construir!”.