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[ P o l í t i c a ]


[ Condiciones para la paz ]

Doscientos años después de la muerte del filósofo alemán Emanuel Kant, su pensamiento permite replantearse la manera de hacer imposible la guerra.

Antonio María Baggio

La leyenda nos recuerda un honbre frío, preciso, metódico, honesto... Cuentan que los habitantes de Königsberg ponían en hora sus relojes cuando Kant aparecía en sus paseos matutinos. Pero al estudiar sus obras, uno se hace otra idea ante la potencia de un pensamiento que, para poderse expresar, crea un vocabulario nuevo. De hecho, cuenta un contemporáneo suyo que, durante una discusión, defendió con tanta pasión la revolución de las colonias inglesas de América, que su interlocutor británico lo retó a duelo.

Esa pasión precisamente es lo que el filósofo prusiano consiguió encauzar hacia la mitad de su vida, cuando se percató de que había descubierto un camino nuevo y se asignó una tarea gigantesca. Calculó los años y las fuerzas (pocas) que le quedaban, y se impuso una rígida disciplina con el fin de sentar unas nuevas bases a la filosofía de su época. Cuando murió en 1804 a los ochenta años, reconocido como el mayor filósofo alemán de su tiempo, ya no le sostenían la memoria ni la capacidad racional, a cuyo estudio había dedicado toda su vida, pero aún pudo dar un último asentimiento de la inteligencia: “Es ist gut”, o sea, “está bien”.

La ilustración y la guerra

«La ilustración –escribe Kant– es el abandono por el hombre del estado de minoría de edad que debe atribuirse a sí mismo». La minoría consiste en no poder valerse del propio intelecto sin la ayuda de otro, y hay que imputarla «a sí mismo» cuando está causada por la falta de decisión para buscar la verdad y el bien con las fuerzas que uno tiene.

No es fácil salir de la condición de minoría, que en mucha gente casi resulta una “segunda naturaleza”. Pero Kant nunca pierde la esperanza en que no sólo los individuos alcancen una vida libre y racional, sino que los pueblos lleguen a constituir regímenes políticos ilustrados y vivan en paz unos con otros. La Naturaleza, según Kant, tiene un plan y actúa de manera similar a lo que en religión se llama “providencia”. Es decir, mediante las realizaciones limitadas de los individuos se va manifestando un designio histórico que cada uno no puede ver, pero que lleva a cabo progresivamente la potencialidad que la naturaleza humana tiene. Un aspecto interesante del pensamiento político de Kant es que no parte de la idea de que el hombre sea por naturaleza bueno; más bien considera que está caracterizado por un conflicto interno entre su natural tendencia a socializar con los demás y su también natural tendencia a disociarse de ellos, en búsqueda de su propio interés.

Kant denomina esta situación “insociable socialidad”, que conduce a la salida del “estado de naturaleza” y a la construcción de la sociedad civil. Tanto el sentido social como la competitividad estimulan al ser humano y afinan sus capacidades, hasta ponerlo en condiciones de estructurar la sociedad. Primero, en función de la necesidad de supervivencia, de modo que la cuestión de llegar a constituir un estado puede incluso ser resuelto por «un pueblo de diablos». Luego, como expresión de un lazo moral que une a todos (es decir, el reconocimiento por parte de todos y cada uno de una ley moral universal y de unos principios universales del derecho), «el hombre tiene una predisposición moral más fuerte, aunque en el presente adormecida, destinada un día a tomarle la delantera al mal que hay en él».

No era fácil en tiempos de Kant mantener esa idea. El filósofo alemán participa y al mismo tiempo se horroriza de la Revolución Francesa y de las guerras subsiguientes. Y en el caos de los conflictos logra distinguir una lógica: la revolución no es sino el paso que da todo un pueblo para salir del estado de minoría; es, pues, una traducción histórica de la gran idea ilustrada y, desde ese punto de vista, Kant apoya totalmente la revolución. Pero al mismo tiempo se queda profundamente turbado por los medios que la revolución utiliza. Llega a escribir que la ejecución de Luis XVI es «un abismo que se traga todo y no restituye nada, es como un suicidio del Estado, es un delito que ninguna expiación parece poder redimir». Kant nunca admitirá que confiere al pueblo un “derecho de resistencia” contra el soberano. Según él, la acción política transformadora debe ser encomendada al soberano ilustrado, que a su vez debe valerse del consejo de los filósofos. Rechaza la idea misma de revolución, convencido de que un progreso real se puede obtener mediante reforma guiadas conducidas desde arriba.

Ni nobles ni proletarios

Como se puede ver, el filósofo prusiano muestra una doble vertiente. No se trata de una contradicción, sino de la resquebrajadura que aparece en todo el pensamiento kantiano: la escisión entre la idea, por una parte, ya sea ésta de la vida moral personal o de la vida civil de los estados, y por otra parte la dura realidad histórica, que contempla a la mayoría de los hombres dominados por el instinto, y a la mayoría de los estados muy lejos del verdadero régimen “republicano”. Y para Kant no se trata de una república democrática tal y como la entendemos hoy, pues él siempre será monárquico y considera que la democracia es el peor de los regímenes. Considera más bien que el régimen republicano es el de un estado “civil” basado en el derecho, que reconoce a cada miembro de la sociedad la libertad que posee en cuanto ser humano, la dependencia de todos con respecto a una única ley y la igualdad. Estas condiciones resultan novedosas para la época de Kant. De hecho, la libertad la entiende como una limitación puesta por el estado, en una época en que éste (en particular el prusiano) pretendía regular por ley los aspectos más cotidianos de sus súbditos: «Nadie puede obligarme a ser feliz a su manera, sino que cada cual puede procurarse la felicidad de la forma que le parezca mejor».

La reivindicación de la igualdad va a tropezar de lleno contra las prerrogativas de la nobleza. Kant, en especial, condena la herencia de los grandes latifundios, pues obstaculiza la construcción de una sociedad en la que cada cual pueda salir adelante según sus talentos y su trabajo. El aspecto antidemocrático surge en la concepción kantiana de la independiencia económica, pues para ser plenamente ciudadanos hay que ser, según él, «dueños de sí mismos»,o sea, tener alguna propiedad, o una profesión, o un arte que garanticen la autonomía económica. Quedan excluidos todos los asalariados. En definitiva, Kant introduce una división de los ciudadanos en dos categorías, que en realidad se corresponden con dos clases. No es erróneo el que algunos atribuyan a Kant una plena correspondencia con las exigencias de la burguesía de su tiempo, al mismo tiempo antinobiliaria y antiproletaria.

La paz perpetua

La Revolución Francesa constituye, según Kant, el anuncio de que se ha abierto la época en que es posible edificar un “régimen republicano”. Y ver cómo la Naturaleza trabaja, aunque sea mediante una revolución, anima al filósofo a impulsar su mente más allá y declarar su confianza en que lo que pueden hacer los indviduos dentro de un estado lo pueden hacer también los estados entre sí; es decir, instituir un lazo jurídico que someta a todos a la ley, de manera similar a los ciudadanos los cuales, en caso de controversias, no recurren a la guerra, sino a la magistratura: «Para los estados que están en relación mutua no puede haber otra forma racional de salir del estado natural sin ley, que sólo es estado de guerra, sino la de renunciar, al igual que los individuos, a su libertad salvaje y consentir con leyes públicas coactivas, formando así un estado de pueblos (civitas gentium) que cada vez se difundiría más y abrazaría por último a todos los pueblos de la tierra». Así pues, según Kant, la mejor solución sería una “república universal”, pero dado que los estados rechazan semejante solución, se podría almenos intentar el sucedáneo de una “liga permanente”, cada vez más difundida, que haga compatible la libertad de cada uno de ellos con un estatuto jurídico en las relaciones internacinales.

Kant llama a esa liga “federación”, pero en realidad, usando un lenguaje posterior, no se trata de federación, sino de confederación, paragonable a la que crearon las colonias inglesas de América con la Declaración de Independencia. Cada una de ellas era un estado soberano que había firmado un acuerdo con los demás para luchar contra Inglaterra. La federación llegó luego, cuando los nuevos estados americanos decidieron renunciar a una parte de su soberanía en pro del gobierno federal. Los Estados Unidos de América, con su ingeniería constitucional, pusieron en práctica lo que Kant dedujo de la reflexión racional pero no logró formular en términos jurídicos y políticos convincentes.

¿Qué nos queda hoy de la reflexión política de Kant sobre el tema de la paz? Sigue siendo notable el intento de unificar el esfuerzo de la Naturaleza con los de la razón; es decir, dar a entender que el progreso hacia un orden jurídico y moral puede sacar provecho también de las necesidades, de los intereses y de los egoísmos. Es una perspectiva interesantísima, aunque peligrosa. El argumento de que la razón universal coincida con los propios intereses ha sido utilizado también recientemente, no para justificar la paz, sino precisamente para entrar en guerra.

Así pues, muy fino parece el lazo que une al “hombre racional” kantiano con los demás hombres, que se basa en el descubrimiento por parte de cada cual de que lleva dentro una misma ley moral. Es un descubrimiento importante, sin duda, pero que nos remite a una Naturaleza demasiado abstacta y distante para poder tener un sentimiento y una convicción de pertenencia en común y dar así fundamento a la existencia de una comunidad humana.

Y ¿qué es lo que se ha realizado de la visión kantiana? Un elemento importante en el que Kant no confiaba demasiado: la idea de que un acuerdo entre los estados, tal y como lo está demostrando el proceso de unificación europea, se puede instaurar y crecer poco a poco, sin guerras ni traumas; la idea de que la razón humana puede aprender la lección de la guerra. Aun con todo su pesimismo, Kant nunca perdió la esperanza en que la fuerza moral, tal y como sucede con las personas, puede hacerse camino entre los pueblos. La paradoja está en que ese crecimiento se da –y se hace posible– dentro de las estructuras democráticas, algo que el filósofo de Königsberg nunca habría admitido. Pero si hoy pudiese hablar, quizás diría que está satisfecho (moderadamente) de haberse equivocado.


La experiencia política

Para muchos, el concepto “política” tiene una connotación negativa. Sin embargo, el sentido peyorativo del término no tiene mucha relación con la historia de la palabra, ligada más bien al espíritu del ciudadano consciente y responsable de su tarea en la vida de la ciudad, en la construcción de la “polis”.

La visita de Antonio Maria Baggio, copresidente del Movimiento Político por la Unidad (MPpU) a niel internacional, invitado por la Universidad S. Pablo-CEU para participar en el congreso Católicos y Vida Pública, donde formó parte de una mesa redonda sobre Sociedad y Democracia, sirvió no sólo para conmemorar el primer aniversario de la fundación del MPpU en España, sino también para poner sobre el tapete importantes temas de reflexión y acción.

En una apretada agenda de trabajo, se reunió con políticos en ejercicio, y también con representantes del MPpU en España y con personas comprometidas socialmente en distintos ámbitos. La visita de Baggio permitió conocer con más detalle la experiencia de este MPpU en el mundo, y particularmente en Italia, donde existe además una federación de escuelas de formación social y política para ciudadanos de todas las edades, niveles sociales y tendencias de pensamiento.

Durante todo el programa, Baggio fue integrando el relato de experiencias del MPpU con reflexiones para comprender y aplicar la fraternidad en situaciones de conflicto. Uno de los puntos centrales a los que hizo referencia fue el de erradicar la categoría de “enemigo”, pues «considerar a los otros como enemigos –decía– es un comportamiento no polÌtico», ya que la verdadera política, continuó, «puede darse sólo como una experiencia de unidad».

La raíz de la experiencia política, para este profesor de la Universidad Gregoriana de Roma es precisamente «la capacidad de amar», algo cercano a la idea de “agape” de los primeros cristianos, donde se compartían los elementos comunes en un clima de fraternidad que integraba la propia diversidad del grupo.

La reflexión de Baggio reafirmó aún más el compromiso del MPpU y de las personas que lo integran, en la voluntad de trabajo conjunto, sirviendo de incentivo para dar un nuevo paso en la exploración de caminos de diálogo y fraternidad para iluminar los temas candentes que nos ofrece la variada realidad cultural y social española.
Pilar Escotorin




Católicos y Vida Pública VII
Llamados a la libertad


La séptima edición del congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Fundación San Pablo-CEU, se celebró del 18 al 20 de noviembre pasado en Madrid. Tres días fríos pero muy soleados acogieron una muy interesante reflexión acerca de un tema candente: “Llamados a la libertad”. Como ya es habitual, el congreso se articuló sobre cinco grandes temas: 1) Llamados a la libertad, 2) El arraigo social de la libertad, 3) La lucha por la libertad en nuestro tiempo, 4) Caminos y riesgos para la libertad en el mundo de hoy, 5) Libertad religiosa y laicismo.

Cada uno de los temas giraba en torno a una ponencia “estelar” que, a su vez, daba paso a mesas redondas y comunicaciones sobre aspectos relativos al tema en cuestión.

Independientemente del grado de acuerdo sobre el enfoque de las reflexiones y experiencias, no se puede negar que un congreso en el que tienen voz Lech Walesa, ex presidente de Polonia y premio Nobel de la Paz, el vicepresidente del Parlamento Europeo, un profesor de instituto y una madre de familia –por poner ejemplos de tareas ciertamente diferentes– ofrece una perspectiva cuanto menos curiosa.

Como viene siendo habitual, la inauguración del congreso corrió a cargo del nuncio de Su Santidad en España. D. Manuel Monteiro, quien lo definió como “un maravilloso gesto de comunión eclesial”, además del presidente de la fundación San Pablo-CEU, D. Alfonso Coronel de Palma, quien subrayó la actualidad del lema del congreso, “Llamados a la libertad”, por la necesidad perenne de construirla en los nuevos desafíos y retos de la sociedad en cada momento de la historia.

Significativa la participación de personalidades políticas –ex presidentes de gobierno, diputados, europarlamentarios, etc.–, académicas, como el profesor Spaemann, quien disertó en la ponencia inaugural sobre la posibilidad y necesidad de una convivencia de creyentes y no creyentes en una sociedad moderna. Y entre las personalidades eclesiales cabe destacar al cardenal de Madrid, D. Antonio Mª Rouco, y el presidente de la Conferencia Episcopal Española, D. Ricardo Blázquez, quien pronunció el discurso de clausura sobre “libertad religiosa y laicismo”.

En el marco del congreso se rindió un sentido y multitudinario homenaje a Juan Pablo II durante el cual se presentó un poema inédito suyo, escrito a principios de 1939. Para conocer más en detalle la relación de los ponentes se puede visitar el web de la Fundación (http://www.ceu.es), que sigue ofreciendo la transmisión en diferido de todo el congreso.

Entre los ponentes estaba invitado Antonio Mª Baggio, profesor de Ética Política en la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma) y copresidente del Movimiento Político por la Unidad. El profesor Baggio pronunció una breve conferencia en la mesa redonda “Sociedad civil y democracia”, en la que relató la experiencia realizada sobre la campaña que se realizó en Italia para impedir que se modificase, mediante referéndum, la ley de reproducción asistida aprobada por el parlamento italiano en 2004, a pesar de “no ser una ley perfecta desde el punto de vista de la doctrina católica”.

A través de su vibrante exposición, Baggio ponía el acento en la colaboración con personas de convicciones diferentes y la participación de muchas realidades sociales y eclesiales con opciones políticas diversas: de hecho el comité estuvo apoyado por parlamentarios de centro izquierda y centro derecha. Se trató de poner en primer lugar una base antropológica común, y sólo después posiciones políticas. Por lo tanto, hubo un trabajo antropológico anterior al político.

En el tono de su ponencia y de las preguntas y respuestas que siguieron, se evidenciaba la necesidad de tener foros no políticos donde aprender a dialogar, donde, en los momentos de crisis, se pueda encontrar un patrimonio de respeto y libertad.

Sin duda este congreso ha alcanzado una madurez que permite ir asumiendo nuevos desafíos y retos, con una participación más activa y representativa de las distintas sensibilidades que conviven en el ámbito católico y fuera de él, ya que, como sostenía el profesor Spaemann, para que sea posible una convivencia en paz, es necesario aceptar una base común, una ley natural que la haga posible más allá de las mayorías políticas, y de ello todos somos responsables.
Vicky Machuca