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[ E c o n o m í a ]

[ Sin duda, sin deuda ]

Adoptar estilos de vida sobria, un propósito más que oportuno para las fechas que se aproximan, normalmente acompañadas de cierto desenfreno económico, o por lo menos de cierta despreocupación, que tira por tierra el significado original de las celebraciones navideñas. El propósito, y la propuesta, es de los obispos, que la han hecho pública a finales de noviembre en una declaración de la CEE en apoyo de la campaña sobre la deuda externa promovida por las organizaciones Manos Unidas, Cáritas, Confer, Justicia y Paz, Redes...

Ya en el año 2000 se puso en marcha una campaña similar (en aquella ocasión con el lema “Deuda externa, ¿deuda eterna?”), que adquirió dimensiones internacionales y llegó a captar más de 24 millones de firmas en 166 países en favor de la condonación de la deuda externa de los países pobres. Cinco años después, la deuda no ha dejado de aumentar y «sus efectos –dice la declaración– son cada vez más evidentes en la acentuación de las desigualdades y la concentración de las riquezas». El pesado lastre de la deuda repercute negativamente «en la vida de más de mil millones de personas e impide alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio propuestos por la comunidad internacional». Es cierto que se han dado algunas condonaciones parciales, y esta declaración así lo reconoce: «Elogiamos y estimulamos los pasos que han comenzado a darse para la condonación total o parcial de la deuda externa entre los países acreedores», pero no pasa de ser un gesto simbólico, cuando el porcentaje perdonado no llega ni al dos por ciento.

La actual campaña de sensibilización parte con el lema “Sin duda, sin deuda” y probablemente quiere hacerse eco de algunas inquietudes recogidas durante el sínodo de obispos que se llevó a cabo en octubre pasado. El mensaje final del sínodo hablaba precisamente de «crear las condiciones duraderas de un progreso real para toda la familia humana, en el que a nadie le falte el pan de cada día». Y en esa línea la presente campaña insiste en la urgencia de que la obligación de pago contraída por los países deudores se convierta en inversión y en programas de desarrollo integral: humano, cultural, espiritual, sanitario, agrícola, educativo, etc. Es decir, se trata de «cultivar la conciencia de valores morales universales, para afrontar los problemas del presente, cuya nota común es la dimensión planetaria», afirma la declaración de los obispos.

Habrá quien no simpatice con la jerarquía eclesiástica por una u otra razón, pero nadie podrá negar la trayectoria histórica de la Iglesia en su compromiso a favor de los más pobres, avalada por las obras de tantos creyentes que han hecho de la misericordia y de la justicia social el centro de su vida, y fundamentada en una sólida doctrina social. Juan Pablo II solía referirse al tema de la condonación de la deuda externa como un «acto de justicia», porque son los pobres quienes sufren «la indeterminación y el retraso de las medidas que puedan liberarlos de esa carga».

En su apoyo a esta campaña, los obispos no se dirigen sólo al común de los católicos recomendándoles sobriedad, sino que sugieren también a las autoridades que tomen «medidas objetivamente generosas», y subrayan que tales medidas no reviertan «en la compra de armamento» o en «beneficio de los gobernantes» o en «obras socialmente innecesarias que persiguen exclusivamente el prestigio y el afianzamiento de estos gobiernos» o en «acciones contrarias al orden moral como campañas contra la natalidad»... De algún modo están diciendo que si de sobriedad se trata, ésta debe verse corroborada en uno y otro lado, si no el compromiso en favor de los pobres pierde sentido y el concepto mismo de solidaridad se derrumba.