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[ I g l e s i a ]

[ Aún hay mártires ]
El siglo XX ha sido uno de los periodos de persecución más feroz contra la Iglesia: dos tercios del total de mártires.
Félix Mercado
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Una de las notas por las que será recordado Juan Pablo II será la cantidad de cristianos que han sido elevados a los altares durante su pontificado, cristianos cuyo ejemplo queda propuesto a la Iglesia y a todo el mundo. Es suyo ese recuerdo del martirio: «En nuestro tiempo han vuelto los mártires, muchas veces desconocidos, “militantes anónimos” de la gran causa de la fe». Quizás a muchos les parezca exagerada la afirmación, porque normalmente se piensa que el martirio es cosa del pasado, y de un pasado muy lejano. Sin embargo, hace ya algunos años que se ha acuñado la etiqueta de “mártires del siglo XX”, que empezó a ventilarse de manera especial desde que el mismo Juan Pablo II la utilizó durante las celebraciones del Jubileo del 2000. Vicente Cárcel Ortí ha publicado varias obras que abordan la guerra civil española precisamente desde esa óptica, recogiendo la etiqueta de “mártires” en sus títulos.
El periodista y escritor nortamericano Robert Royal, en un libro que aún no ha sido editado en España y que lleva por título justamente ese lema (Los mártires del siglo XX), dice que dos tercios del total de mártires desde que empezó el cristianismo son del último siglo, buena parte de ellos víctimas de ideologías políticas de distinto carácter o de fundamentalismos religiosos. La ausencia de información al respecto se debe al hecho de que muchos gobiernos han tendido un velo de silencio, cuando no lo han ocultado deliberadamente, sobre esa cruenta acción que consiste en quitar de en medio la religión. Sólo al cabo del tiempo los hechos aparecen denunciados en la obra de algún autor o en la prensa. Pero también los mismos cristianos son responsables de esta ignorancia, porque ante unos hechos consumados han preferido un cristianismo cómodo en lugar del evangélico “sí, sí; no, no”, que habría suscitado muchos problemas.
Esta laguna de información viene a colmarse con las obras que hemos citado, si bien resultará imposible redactar un martirologio exhaustivo, dado que muchas víctimas permanecerán para siempre en el anonimato. El libro de Robert Royal, dado su carácter más genérico, es de referencia obligada, y además está muy bien estructurado, pues presenta el cuadro general de mártires por períodos y por zonas geográficas. Además ilustra el tema con testimonios tan significativos como el de Carlos de Foucauld, Maximiliano Kolbe, Edith Stein o monseñor Romero, y sobre todo el de esas personas “normales” que nunca hubiesen aspirado al martirio pero que, una vez llegada la ocasión supieron comportarse coherentemente con la fe que profesaban.
Según el estudio de Royal, encabezando el porcentaje de mártires aparece Europa, y dice el autor que «paradójicamente, una de las civilizaciones y culturas más avanzadas del mundo ha producido las peores atrocidades del siglo XX». Y eso que se ciñe al ámbito del cristianismo, puesto que de sus mártires está hablando, pero no hay que olvidar a los mártires de las demás religiones, especialmente los judíos.
Un asunto tremendo, que invita a considerar que el mal está presente en la historia, pero que el bien tiene unos recursos inagotables. En los primeros siglos del cristianismo el martirio era considerado como un elemento fundamental del creyente; hoy vuelve a estar en auge, y es de una actualidad dramática porque, lamentablemente, en alguna parte del mundo sigue dándose el odio anticristiano.
Carlos de Foucauld
Carlos de Foucauld (1858-1916) es una de las figuras espirituales más significativas de nuestro tiempo. Después de una juventud licenciosa, se convirtó y se fue al Sahara para imitar la vida retirada de Jesús de Nazaret. Allí vivió entre cristianos, judíos y musulmanes dando testimonio del amor de Dios. A los 58 años murió por un disparo en medio de una escaramuza entre bereberes. Su vida y sus escritos han dado origen a distintas congregaciones y asociaciones.
El informe sobre su vida y su muerte lo define como “confesor de la fe”, pues no murió estrictamente como mártir, aunque sí violentamente y víctima de la caridad por el prójimo. Dos meses después del decreto que le reconocía un milagro, se anunció su beatificación y Juan Pablo II mostró su deseo de proclamar la vida y el mensaje de Carlos de Foucauld como un signo para nuestro tiempo. La fecha de su beatificación ha tenido que ser pospuesta debido al cambio de pontifice, y Benedicto XVI la fijó para el 13 de noviembre en la Plaza de San Pedro.
En el libro 15 días con Carlos de Foucauld, Michel Lafon, discípulo suyo, nos lleva a conocer la espiritualidad del hermano Carlos a partir de sus escritos. Recogemos aquí varios extractos.
No hay palabra del Evangelio, creo, que haya dejado en mí impresión más profunda y haya transformado mi vida más que ésta: «Cuanto hacéis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacéis». Si pensamos que estas palabras son las de la Verdad increada, las de la boca que dijo: «Esto es mi cuerpo…, esto es mi sangre», con qué fuerza nos sentimos empujados a buscar y amar a Jesús en estos pequeños, estos pecadores, estos pobres, usando todos los medios materiales para aliviar miserias temporales.
Toda nuestra existencia, todo nuestro ser debe gritar el Evangelio desde los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús; todos nuestros actos y toda nuestra vida deben gritar que somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser predicación viva, reflejo de Jesús, perfume de Jesús, algo que grite a Jesús, que muestre a Jesús, que brille como una imagen de Jesús.
Pedir a Dios hasta lo más difícil, como la conversión de grandes pecadores, de pueblos enteros… Pidamos con osadía las cosas más imposibles de obtener… con la fe de que Dios nos ama apasionadamente y de que, cuanto más grande es el don, más ama hacerlo el que ama apasionadamente.
Dios ama y lo puede todo. Respeta la libertad que le ha dado al hombre, pero no se priva de conceder los dones gratuitos de su gracia, y ésta puede ser tan arrolladora que llegue a derribar todos los obstáculos y haga que a la tormenta le suceda una gran calma.
Padre mío, me pongo en tus manos; Padre mío, me confío a ti; Padre mío, me abandono a ti; Padre mío, haz de mí lo que te plazca; hagas lo que hagas de mí, te doy gracias; gracias por todo; estoy dispuesto a todo, lo acepto todo; te doy gracias por todo. Hágase tu voluntad en mí, Dios mío, hágase tu voluntad en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todos aquellos que ama tu corazón; no deseo nada más, Dios mío; depongo en tus manos mi alma; te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y porque es una necesidad de amor el darme, el ponerme en tus manos sin medida; me pongo en tus manos con una confianza infinita, pues eres mi Padre.
Cualquiera que sea el motivo por el cual nos matan, si nosotros, en el alma, recibimos la muerte injusta y cruel como un don bendito de tu mano, si te damos gracias por ello como por una dulce gracia…, si te lo ofrecemos como un sacrificio que se ofrece con muy buena voluntad, si no nos resistimos a obedecer a tu palabra y a tu ejemplo… entonces, cualquiera que sea el motivo que tengan para matarnos, moriremos en el puro amor, y nuestra muerte será para ti un sacrificio de agradable aroma, y si no es un martirio en el sentido estricto de la palabra y a los ojos de los hombres, lo será a tus ojos y será una imagen muy perfecta de tu muerte…
El 1 de diciembre de 1916, día de su muerte, el hermano Carlos escribe estas palabras: “Nunca se amará suficientemente”. Su último mensaje es una llamada a amar.
Ana Hidalgo
Libros de Carlos de Foucauld en Ciudad Nueva:
- 15 días con Carlos de Foucauld, Ciudad Nueva, 2005.
- Viajero en la noche. Notas de espiritualidad (1888-1916), Ciudad Nueva, 2005.
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Geografía del martirio
Los mártires cristianos del siglo XX empiezan con la revolución de los Boxers en China, sigue con el genocidio armenio a manos de los turcos, las persecuciones anticlericales (masónicas o social-comunistas) en Brasil, México y España, la persecución nazi en media Europa y la comunista en la URSS y el este europeo.
En África las persecuciones se encuadran en conflictos étnicos (región de los Grandes Lagos, Nigeria o África Central), o se deben al fundamentalismo religioso (Argelia, Libia, Egipto o Sudán), o a guerras causadas por las luchas de poder (Congo, Angola, Sudáfrica o Mozambique).
En Asia, además de las persecuciones causadas por fundamentalismos (India, Filipinas, Paquistán, Arabia Saudita o Irak), hay que contar con las de matriz marxista (China, Camboya, Vietnam o Corea del Norte).
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