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[ E d i t o r i a l ]

[ Emergencia ambiental ]

Mucho se está hablando de las alteraciones climáticas, un poco menos de los foros donde se discuten estos asuntos, y menos aún de las medidas que se han de tomar para afrontar los problemas que ya se están dando. Siempre hay otras cuestiones que acaparan la noticia, y con razón. También nosotros damos mayor relevancia al tema de la paz, porque nos preocupa la guerra y el hambre, que muchas veces van de la mano y normalmente acarrean otros problemas. Y, no lo olvidemos, en un lado y otro del planeta hay profundos contrastes que siguen alimentado el lenguaje de las armas.

Buena parte de la opinión pública, aunque no se quede indiferente ante las perspectivas de futuro, parece consideralas como algo inevitable y las acepta con resignada apatía. Es probable que despierte mucha más atención la evolución de la economía mundial y los factores que la ponen en crisis periódicamente.

Todo esto explica que se note cierta indiferencia a la hora de considerar que las amenazas climáticas son muy graves. Aún no ha pasado un año desde la última conferencia sobre el clima, que se llevó a cabo en Buenos Aires, y ahora vuelven al candelero de la actualidad los fenómenos atmosféricos. El tema central de aquella conferencia, a la que acudieron 150 países, fue el protocolo de Kioto y la disminución de los gases que provocan el efecto invernadero. Entonces se logró el quórum mínimo de 55 países, gracias a la adhesión de Rusia, necesario para que el protocolo entrase en vigor y los firmantes se comprometieran a reducir en un 5,2% sus emisiones de gases contaminantes antes del 2012. Faltó la firma de Estados Unidos, que es el mayor responsable de la emisiones (un 25% del total), si bien hay quien asegura que China y la India no tardarán en superarlo.

Pero las buenas intenciones de los firmantes se ven desalentadas porque no se percibe una perspectiva seria de acuerdo que ponga de una vez por todas al planeta en condiciones de afrontar los graves riesgos a los que nos estamos exponiendo. Además, ya no son sólo riesgos, sino certezas. Son hechos constatables la desertización del sur de Europa, el deshielo de los glaciares y de los casquetes polares, lo cual puede provocar una desviación de las corrientes marinas, las tremendas inundaciones provocadas por precipitaciones nunca registradas, y esos tifones y huracanes que nunca habían sido tan devastadores.

En aquella conferencia sobre el clima fueron precisamente los países europeos los más sensibles a la hora de firmar, precisamente porque ya le han visto las orejas al lobo. Y es una pena que sea ése y no otro el argumento de más peso, cuando deberíamos tener más que aprendido que no se produce ningún progreso auténtico hasta que no se aplica de manera prioritaria la regla de que el bien común está por encima de los intereses particulares. Y esto vale no sólo en este ámbito del cambio climático, sino en cualquier otro problema que la convivencia humana suscite. Ojalá se produzca un verdadero progreso en este sentido; ése es nuestro deseo.