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[ I g l e s i a ]

[ Benedicto XVI. Los retos del nuevo Papa ]
La herencia que deja Juan Pablo II es una Iglesia verdaderamente universal. Los problemas que aguardan a Benedicto XVI son sin duda planetarios..
Pablo Lóriga
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Cuentan que Claire Luce, la primera mujer que ejerció de embajadora estadounidense, le habló un día a Pío XII de los problemas de la Iglesia con tanto entusiasmo, que acabó sugiriéndole las reformas que habría de emprender. Y el papa Pacelli, en tono bromista, le replicó: «Oiga, que yo también soy católico». El episodio suena a una amonestación de validez permanente, pero en especial en esta fase inicial del pontificado de Benedicto XVI. No es cuestión de darle consejos al Papa, sino más bien de asegurarle (los creyentes) su cercanía y sus oraciones. Le esperan grandes retos, muy relacionados con el complicado momento que vive la humanidad, pero también relacionados con la vida interna de la Iglesia Católica. Y uno de carácter especial es sin duda el listón tan alto que ha dejado el pontificado de Juan Pablo II.
El papa Wojtyla ha consiguió acostumbrar a los fieles, y a los que no lo son, a sus continuos viajes, a su gran creatividad, a su dedicación a las nuevas generaciones, a su indudable capacidad comunicativa... Parece que va a resultar difícil prescindir ahora de estos “elementos” que se han convertido, al menos por ahora, en las características de la fisonomía de un pontífice del tercer milenio.
No imitar a otros
«Hay un carisma para el hombre nombrado Papa, que no se limita a su ministerio –comenta Andrea Riccardi, profesor de historia de la iglesia, refiriéndose a Wojtyla–. El pontificado de Juan Pablo II es el de un carismático hecho papa, o tal vez el de un papa que ha ejercido su ministerio de forma carismática». Y añade: «Juan Pablo II estaba convencido de que el papa, antes que nada, es un obispo, no un hombre de gobierno. Su comportamiento se enmarca en la categoría conciliar de la “pastoral”, a la cual ha dado un gran relieve».
Wojtyla era Wojtyla, se decía ya antes del cónclave. Y entre los consejos al futuro elegido destacaba el de no imitar el carisma de su predecesor, sino hacer fructificar sus propias dotes personales, pues el Espíritu da a cada papa una intuición y unas gracias particulares para responder a las necesidades del tiempo en el que le ha tocado guiar a la Iglesia.
Continuidad
Aun así, los observadores anuncian que el pontificado de Ratzinger se va a caracterizar por el signo de la continuidad. Y así lo ha confirmado Benedicto XVI: «Sigamos adelante», decía en su primer saludo desde el balcón de las bendiciones, casi como un eslogan de su pontificado. La herencia del Concilio Vaticano II, por ejemplo, servirá de faro y de fuente inspiradora para el gobierno de la Iglesia. «Los documentos conciliares no han perdido actualidad», ha dicho el nuevo papa.
Otro tema central sigue siendo la cuestión antropológica, es decir la visión del hombre que resulta del Vaticano II y de las enseñanzas de Juan Pablo II. Una visión que se ha ido enriqueciendo gracias a la reflexión en el campo de la bioética y, de forma más general, en la relación entre ciencia y fe, en función de la promoción del hombre, un hombre que está «aturdido por la corriente de la doctrina y por las modas del pensamiento», como subrayó el cardenal Ratzinger en la misa de apertura del cónclave, en la cual también señaló el peligro de la «dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y su voluntad». ¿Cuál es el remedio? Para Benedicto XVI es Jesús, «medida del verdadero humanismo», y sólo la fe en él «crea unidad y se realiza en la caridad».
«Benedicto XVI –precisa Riccardi– ha elegido un nombre que representa una profunda raíz en la historia del cristianismo: san Benito, padre de los monjes y monjas, el cual, partiendo de la liturgia y de la fe, cambió en gran parte la vida de Europa». El papa Ratzinger «hace un llamamiento a la centralidad de la fe en la vida cristiana, igual que dijo siempre Juan Pablo II, de quien el actual papa fue fiel colaborador».
Paz, derechos humanos, diversidad
y gobierno mundial
Paz, lucha contra la pobreza, respeto de los derechos fundamentales de la dignidad humana, capacidad de respuesta de los organismos internacionales ante las emergencias bélicas y la intervención humanitaria. Éstos son los temas que pensamos están en la agenda del nuevo pontífice con respecto a la difícil cuestión de las relaciones entre los Estados y entre los pueblos.
Tal vez se trata de retomar el “patrimonio benedictino” –el de Benito de Nursia y su idea de una Europa unida en la diversidad– y el del papa Benedicto XV y sus indicaciones sobre la paz. Esto puede suponer un compromiso constante para sostener el deber de cooperar, la obligación de resolver pacíficamente los conflictos, respetar los compromisos adquiridos, tutelar los bienes comunes, un concepto de soberanía que no excluya al otro, un concepto de territorio como espacio que el Estado administra en función de las generaciones futuras y no como patrimonio que hay que explotar, un funcionamiento de las instituciones internacionales capaz de volver a asumir un fundamento ético y de superar el déficit democrático, que siguen siendo los principales obstáculos de su realización.
Es prioritario que la Iglesia sea capaz de dar esperanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sientan que la redención ya sucedió y que actúa a pesar de los problemas que aún hay que resolver. La Iglesia está llamada a servir cada vez mejor a la humanidad, en especial a los últimos, los desfavorecidos, con una función que pueda abrir el corazón de un mundo que, al menos en los países ricos, está saciado pero profundamente insatisfecho.
Dar esperanza, seguir dando esperanza a pueblos enteros que han sido olvidados, seguir poniendo la oración en el centro de la vida de los cristianos como arma para cambiar el mundo; seguir señalando el diálogo en tiempos de guerra y de terror como camino inteligente y valiente para edificar las razones para vivir juntos y construir el único destino común posible.
Papado y colegialidad, sínodo y conferencias episcopales
Quedan otras cuestiones que desde hace tiempo son objeto de análisis desde varios puntos de vista, y para las que aún no se han encontrado pistas convergentes.
«La iglesia no es una democracia –advierte padre Salvini– y no tiene por qué imitar las estructuras civiles de la sociedad. Pero sin duda las modalidades del ejercicio de la autoridad podrían ser modificadas, por ejemplo para valorar más la colegialidad y sobre todo para recuperar el sentido del entusiasmo y de la participación que el Concilio Vaticano II supo suscitar. Con mecanismos renovados, los sínodos y las conferencias episcopales podrían expresar este sentido de mayor participación».
Estaba aún en la Capilla Sixtina el papa Ratzinger cuando, en su primera homilía a los cardenales electores, se detuvo bastante en el tema ecuménico. Y asumió un compromiso preciso: «Trabajar sin medir las fuerzas en la construcción de la plena y visible unidad de todos los seguidores de Cristo», recordando que «no basta con las manifestaciones de buenas intenciones», e indicó el método, basado en «gestos concretos que entren en las almas y muevan las conciencias».
Con la aparición del terrorismo fundamentalista a escala mundial y con los fuertes movimientos migratorios, el diálogo interreligioso desempeñará un papel cada vez más fundamental en la relación entre los pueblos para salvaguardar la paz. A todos los seguidores de otras religiones, Benedicto XVI ha querido asegurarles que «la Iglesia quiere continuar tejiendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en la búsqueda del verdadero bien para el hombre y para la sociedad».
Una actitud análoga también la ha asegurado Benedicto XVI respecto a todos aquellos que «simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y aún no la han encontrado». No quiere ahorrar «esfuerzos y dedicación» a la hora de llevar a cabo el «diálogo prometedor» que han mantenido sus predecesores «con las distintas civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos».
No hay duda de que en estos ámbitos se manifestará plenamente la riqueza que deriva de la enorme preparación y de la inteligencia de este primer Papa del nuevo milenio.
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