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[ F a m i l i a ]

[ Familyfest 2005: Y el bosque habló ]
Se suele decir que hace más ruido un árbol que cae que un bosque entero que crece en silencio. El pasado 16 de abril el bosque lanzó al mundo su mensaje. Y el mundo lo escuchó.
Marta Cuerda
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Roma, 16 de abril, tres de la tarde: «¡Buenos días, buenas tardes, buenas noches, en cualquier parte del mundo donde os encontréis!». Una fiesta de la familia universal: 200 congresos simultáneos en todo el mundo se conectan en directo vía satélite con la Plaza del Capitolio, convertida en estudio de televisión al aire libre. Testimonios, imágenes, danzas, canciones, conexiones con los cuatro puntos cardinales: «¡Feliz Familyfest desde Sao Paulo! ¡Somos 9.000 en el estadio Ibirapuera!». «¡Estamos con vosotros desde Zagreb! ¡Somos 4.000!». 7.000 en Manila, 1.400 en Toronto… 37 satélites, 51 canales satelitales y 43 cadenas de TV han permitido la cobertura global, gracias a Telespazio, Eutelsat, CTR/Canadá y EWTN. Un único escenario mundial que nos muestra los mil matices que el amor puede adoptar, un amor vivido por familias de todas las culturas y en todas las circunstancias. También frente a la enfermedad y a la crisis. También en la apertura a las necesidades más urgentes de la sociedad.
“El amor construye la paz”. Esta ha sido la línea maestra del pontificado de Juan Pablo II, y el lema que ha guiado el Familyfest. Thérèse y Esther, palestina una e israelí la otra, lo hacen realidad con una amistad que supera el enfrentamiento religioso y las une en el dolor de un entorno conflictivo: “Esther es una madre como yo, que también sufre por su hijo cuando tarda en regresar; así podemos comprendernos y querernos”. Es un valor compartido también por el mundo budista o por familias musulmanas iraníes, que desde Tokio y Teherán confirman que “sólo si en cada familia hay amor y unidad será posible un mundo de paz”.
“Uno solo es el amor”. En la plaza resuenan las palabras de una carta escrita hace sesenta años: es Chiara Lubich, que habla a su hermana a punto de casarse. “Amar a Dios significa para ti amar a Pablo aún más de lo que lo amas (...) porque Dios habita en su corazón. Por él renuncia a tu egoísmo, a tu deseo de encerrarte en ti misma, a tus comodidades, a todos tus defectos… entonces tu amor por él no tendrá fin”. Una meta alta pero no inalcanzable; de ello dan testimonio Annamaria y Danilo Zanzucchi, cincuenta y dos años de matrimonio, cinco hijos, doce nietos… y toda la frescura de un amor continuamente renovado: “Uno solo es el amor –comenta Danilo– significa aprender a amar como Dios ama. Y Él ama con un amor infinito”. “De un amor vivido así nace Familias Nuevas –explica Annamaria–. Nuevas quiere decir renovadas por el amor recíproco, por el amor que viene de Dios”.
De 52 años a 52 días. Es el tiempo que llevan casados Hilaria y Paolo, de 21 y 24 años: “No queremos que nuestro matrimonio sea una bonita habitación cerrada al resto del mundo”. Compartir la felicidad con los menos afortunados. Es el propósito que guía los primeros pasos de un camino emprendido con un viaje de novios a Tanzania para conocer la escuela de huérfanos del SIDA a los que han destinado lo recaudado con sus regalos de boda.
Una fiesta para toda la familia, y los niños, como signo precioso de un amor que se abre a la vida. Niños que cantan, saludan y aplauden, que juegan con dados de colores especiales. “El dado no es un juguete como los demás –explica Paula–. Tiene seis caras y en cada una hay una frase diferente: ‘Ser los primeros en amar’ ‘Amar a todos’… Por la mañana se tira, se ve lo que sale y ese día tienes que vivirlo”. Continúa otro: “Una vez me salió tres días seguidos ‘Amar a Jesús en el otro’. Uno de esos tres días, cuando estábamos comiendo, me levanté para traer agua sin que nadie me lo hubiera pedido”.
El Familyfest ha afrontado también el invierno de la crisis y el sufrimiento que golpea a muchas familias; cuando parece que el amor se acaba, que ya no hay soluciones.
Isaías y Rosana, una pareja española, nos transmiten el costoso renacer de un amor que ha pasado por el túnel de la división: “Hace cinco años, nuestro matrimonio entró en una fuerte crisis –comienza Isaías–. Desde hacía tiempo, yo había dejado a la familia en segundo plano, por detrás del trabajo y del éxito profesional. Construí una vida para mí en la que no había espacio para los demás, hasta que me encontré rodeado de bienestar pero vacío y con una sensación muy profunda de fracaso. En el 2000, hablando de nuestra situación, Rosana me dijo que yo había perdido mi relación con Dios y que ahí estaba la raíz de la crisis. Esto me impresionó mucho y me hizo pensar. Poco después, le propuse acudir juntos al Jubileo de las familias con el Papa. Allí vi familias que tenían problemas como yo, pero que mostraban una vida plena aun en medio de las dificultades. Y escuché las palabras del Papa: era una manera distinta de orientar la vida, partiendo del don de uno mismo”. Para Rosana “no ha sido fácil reconquistar este amor; hemos ido poco a poco, pero con la esperanza de que sería posible recuperar este matrimonio con el que siempre habíamos soñado”.
Un soplo de eternidad recorre el escenario del Capitolio cuando Pietro y Kitty, una pareja de periodistas, italiano él y americana ella, nos transmiten una vida que asume nueva plenitud al paso de la enfermedad de Kitty: “Cuando las metástasis invadieron mi columna vertebral, los médicos no pudieron garantizar el tratamiento. Ante la posibilidad real de morir, lo que más me pesaba era el dolor de no haber vivido bien nuestra relación de familia. Quería llevarme una relación de oro con mi marido y mis hijos (...). Desde entonces he sentido una gran libertad. Es necesario vivir teniendo presente la muerte, para realizar una vida plena. Hemos aprendido a mirar cara a cara al dolor, y ese rostro tiene para nosotros un nombre: Jesús, que acepta morir en la cruz para dejarle al mundo todos sus dones. Cuando logramos abrazarlo, también nosotros los recibimos: luz, alegría, serenidad, una calidad de vida superior a la cantidad de tiempo que me pueda quedar”. Continúa Pietro: “Sí, es posible vivir abiertos a la eternidad; así la muerte será vida. El secreto es precisamente éste: vivir el momento presente sin preocuparse del futuro, sin lamentarse del pasado”.
En los últimos minutos, el mensaje grabado de Chiara Lubich tiene el sabor de una consigna: “Os deseo que seáis testigos, siempre y por todas partes, de este amor que construye la paz, para que se acelere la hora en la que en la tierra “todos sean uno”.
Dos madres que construyen la paz, por encima de sus religiones enfrentadas; un amor de 52 años cada vez más vivo; unos novios que dan su regalo de boda para una escuela en Tanzania; una pareja al borde de la ruptura que tiene el coraje de volver a empezar; una familia que sabe mirar de frente a la eternidad... y niños, muchos niños convirtiendo las seis caras de un dado en un programa de vida con sabor a Evangelio. Un mensaje de esperanza que llega directo al corazón y colma los anhelos más profundos de cada hombre y cada mujer: un amor que dure para siempre, que sea recíproco, que te lleve a compartirlo todo; un amor que se haga perdón, comprensión y paciencia ante los límites del otro; que acoja con gozo la vida; que se revista de fortaleza para respetar el sufrimiento, con la confianza de que el dolor transformado en amor abre horizontes de alegría y misericordia. Amar y ser amado toda la vida… y todavía más allá. Es posible, lo hemos visto. El bosque ya no podrá callar.
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Mensaje de Chiara Lubich ]
Queridas familias reunidas en Roma y en muchos lugares del mundo para el Family Fest, después de tanto tiempo, aquí estoy con vosotros, con este breve mensaje.
Os agradezco el haber participado con generosidad en este acontecimiento, que habéis querido dedicar como homenaje a nuestro inolvidable Papa Juan Pablo II, a quien ya consideramos santo.
Este encuentro, entre otras cosas, nos permite dar la mayor visibilidad posible al modelo de familia que él soñó y enseñó: el que está basado en los valores que nacen de la fe cristiana.
La fuente de estos valores es el amor verdadero que brota de lo más íntimo de Dios. Es decir, un amor que no tiene final, que es el primero en amar a todos, que es capaz de perdonar, que es fecundo y se abre a la vida, al cuidado de los más débiles, a la plena distribución de todos los bienes, a la solidaridad.
Estos valores pueden ser reconocidos y están también en las principales religiones y culturas, y por eso están vivos en las esperanzas de cada hombre y cada mujer de la tierra.
De este modo la familia, que en todas las culturas y en cada contexto social está llamada a vivir el amor recíproco, se transforma en fuente de socialización, en un semillero de valores fundamentales, de fraternidad universal.
Os deseo que viváis así, que siempre y en todas partes deis testimonio de este amor que construye la paz, para que se acerque la hora en la cual “todos sean uno” en la tierra.
¡Vivamos juntos por este gran Ideal!
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ACCIÓN SOLIDARIA: Una familia, una casa
Primero fue el proyecto de apadrinamientos “Solidaridad a distancia”, lanzado a escala mundial en el Familyfest de 1993. Doce años después 14.620 niños de 45 países reciben ayuda.
Ahora, en el Familyfest 2005, se hace un nuevo llamamiento a la solidaridad: una iniciativa en favor de las familias sin casa. Objetivo: pasar de las condiciones inhumanas de las chabolas y del refugio bajo un puente a una vivienda decorosa, indispensable para acoger a una nueva familia y devolver la esperanza y la dignidad a los que la reciben.
A través de un fondo de ayuda promovido por el Familyfest, y también por la aportación –y esta es la novedad– de las mismas familias beneficiadas, cada familia que recibe una casa paga un alquiler simbólico que alimenta ese fondo para edificar nuevas viviendas, de modo que los beneficiarios se transforman en protagonistas de su propio desarrollo, construyendo una “cadena de solidaridad”.
Ya se están construyendo 10 casas en Cebú (Filipinas). Ahora está previsto construir al menos 200 para varias familias afectadas por el maremoto en Asia. Ya se ha iniciado la construcción de 10 casas en Tailandia y las esperan los habitantes de una aldea de pescadores en Sri Lanka. También hay un proyecto para un barrio de la periferia de Cochabamba (Bolivia).
Para enviar aportaciones:
LA CAIXA, Oficina 1748
Nº Cuenta: 2100-1748-90-0200068402
Movimiento de los Focolares
Familias Nuevas
Indicar nombre del donante y la finalidad: “Una familia, una casa”.
Más información en: www.familiasnuevas.org
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Separarse ]
El hombre y la mujer, después de casados, ya no son dos sino una sola carne. Separarse después de semejante unión quiere decir suicidarse, desangrarse. Significa la muerte.
Para que la unión conyugal se mantenga, no existe otra corriente de unión que el amor: pero un amor que viene del amor de Dios, que es superior a las vicisitudes de la naturaleza y a los estados de ánimo de los hombres.
Si miro mi vida puedo decir que el matrimonio tiene éxito en la medida en que se vive este amor. Su valor reside ante todo en esto, y no en las cuentas bancarias, en el bienestar, en el éxito, y ni siquiera en poseer un aspecto físico inmejorable, o agradable.
Cuando se apaga la atracción física que se había confundido con el amor, entonces desaparece el espíritu que lo vivifica y el matrimonio se transforma en la tumba del amor.
Amarse cada día más, no hacer caso de los defectos, no hacer caso de los desaires, perdonar siempre, volver a amarse siempre… Entonces la vida se vuelve gozo. Mientras que la indiferencia, el egoísmo, ¿para qué sirven? Sirven para crear el infierno en la tierra.
Dos esposos que pierden el tiempo en no amarse son dos criaturas que pierden el tiempo en morir. En cambio, si se aman, Dios pasa entre ellos. Por eso su casa se transforma en una casa feliz, incluso en medio de las pruebas más duras.
(Texto de Igino Giordani, político, escritor y periodista; padre de familia, fue uno de los primeros casados que siguió el ideal de la unidad propuesto por Chiara Lubich. El año pasado se abrió su proceso de beatificación.)
Libro de Editorial Ciudad Nueva: Memorias de un cristiano ingenuo, Igino Giordani, 2ª ed., 2005.
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Homenaje a Juan Pablo II
La indudable sintonía entre Juan Pablo II y los Familyfest se remonta al 3 de mayo de 1981, fecha del primero de ellos. Allí estaba, en el Palaeur de Roma, conquistando a sus 24.000 participantes con un discurso fundamental para la vida y el desarrollo de Familias Nuevas, que él ya conocía siendo arzobispo de Cracovia: “Tened coraje, sed apóstoles ante el mundo de la dignidad de la paternidad y la maternidad: sed apóstoles del amor hermoso”. Le esperaba, pocos días después, el atentado en la Plaza de San Pedro.
El 5 de junio de 1993 se celebró el segundo Familyfest. El acontecimiento se transmite al mundo entero vía satélite. Juan Pablo II participa en conexión desde el Vaticano, rodeado de un grupo de familias de varias nacionalidades. Es un momento informal, entre niños que juegan, pero también de una profunda reflexión que abre nuevas perspectivas para la familia: “El amor de Dios y su caridad están en nuestros corazones. A través de este amor la familia se constituye, se desarrolla, crece, madura y se convierte en un nido para el hombre, un nido de la vida y del amor en el que el hombre encuentra también su felicidad terrena. A todos los que estáis aquí y a los que nos escuchan a través de vosotros os deseo que seáis portadores felices del mensaje de la vida y del amor”.
Mientras se preparaba este tercer Familyfest, el Papa nos ha dejado. Estaba redactando un mensaje para hacerse presente pero lo ha enviado con su misma vida, consumida hasta el final en la donación más absoluta. ¿Cómo no dedicarle este homenaje al modelo de familia que siempre había soñado? En los primeros minutos del Familyfest, a través de imágenes suyas inéditas con familias de todo el mundo, sus palabras volvieron a resonar con eco de eternidad: “Os digo a todos vosotros, padres y madres: habéis sido llamados a la altísima misión de colaborar con el Creador en la transmisión de la vida. Proclamad juntos el valor de la familia y también de la vida. Sin estos valores no es posible un futuro digno para el hombre”.
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