Lleva a la página principal de Ciudad Nueva
E-Mail | Inicio | Revista | Pedido | Distribución | Catálogo | Novedades
Lleva a la página principal de Ciudad Nueva


 

Canales
temáticos



Arte

Ciencia

Cultura

Ecología

Economía

Espiritualidad de la Unidad

Ética

Familia

Focolares

Iglesia

Índices

Niños

Palabra de Vida

Política

Salud

Testimonio
 

[ I g l e s i a ]

[ Benedicto XVI ]

Al cierre de este número, que en buena parte hemos querido dedicar a la memoria de Juan Pablo II, se produce la elección del nuevo Papa. El martes 19, a las 17:55 horas, la fumata bianca, cuya nitidez volvía a ser problemática debido al trasfondo de las nubes claras, anunciaba la buena noticia, sorprendiéndonos bastante por la rapidez con que se había producido de la elección.

Esta vez no se ha cumplido la tradición vaticana, según la cual quien entra en el cónclave como Papa sale como cardenal, y fue elegido el que la mayoría estimaba como primer candidato, el cardenal Joseph Ratzinger, que ha elegido el nombre de Benedicto XVI para su pontificado.

Con seguridad, ahora se dispararán los comentarios de todos los colores y muy probablemente no van a faltar los de matiz negativo. El aura, real o ficticia, que ha rodeado a Joseph Ratzinger como “guardián de la ortodoxia” durante el pontificado de Juan Pablo II, va a ser el banderín de enganche de no pocos críticos, sobre todo los que se empeñan en marcarle a la Iglesia cuál debe ser su camino, y que luego no parecen muy dispuestos a echar una mano para ayudar.

Resulta inevitable tratar de comprender el significado de esta elección. Y por fuerza evocamos la sucesión de Juan XXIII, que también accedió al pontificado a una edad avanzada. Fue éste un hombre carismático que lanzó a la Iglesia al diálogo con el mundo contemporáneo, pero correspondió a Pablo VI concluir y aplicar el Concilio Vaticano II. Quién sabe, quizás tras la figura excepcional de Juan Pablo II, que ha abierto tantos y tan importantes frentes, se precisa un hombre como Ratzinger, que quizás no parezca tan carismático, pero de aguda inteligencia, de enorme capacidad de diálogo y de tan alta preparación. Si antes tuvo que desempeñar un papel difícil como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, corrigiendo excesos y desvíos, le deseamos que ahora pueda poner de manifiesto toda su talla. Precisamente por el cargo que ha ocupado ha demostrado tener particulares dotes para captar la luz del Espíritu y no dejara de sorprendernos, superando cualquier previsión.

No cabe la menor duda de que detrás de los pasos que daba el carismático y santo Papa “venido del Este”, estaba el cardenal Ratzinger como consejero, como soporte intelectual, como alma inspiradora de tantos gestos innovadores y que derribaron muros seculares. En esa línea, el actual Papa ya ha revelado en cierto modo cuál va a ser el alma de su pontificado cuando, el día de la apertura del cónclave, recordaba que “el fruto duradero” es “lo que hayamos sembrado en las almas: el amor, el conocimiento, la fe, ese gesto capaz de tocar los corazones, esa palabra que abre el alma a la alegría del Señor”.

A nosotros nos toca invocar la bendición de Dios sobre él, la inspiración del Espíritu Santo para su nueva encomienda. Pedir, como él mismo ha dicho, para que Dios lo “ayude a dar fruto, un fruto duradero” y “la tierra se vea transformada de valle de lágrimas en jardín de Dios”. Pedir, porque conviene apreciar el valor que supone y la disponibilidad que implica recoger un testigo tan difícil. La caridad no sólo se expresa en gestos de cercanía, también se realiza asumiendo cargas pesadas. Y aunque haya quien no sepa ver tras esta elección más que la fascinación del “poder”, los que conocen un poco la Iglesia por dentro saben bien el enorme peso que Benedicto XVI acaba de cargar sobre sus hombros. Y es para estar agradecidos.