Lleva a la página principal de Ciudad Nueva
E-Mail | Inicio | Revista | Pedido | Distribución | Catálogo | Novedades
Lleva a la página principal de Ciudad Nueva


 

Canales
temáticos



Arte

Ciencia

Cultura

Ecología

Economía

Espiritualidad de la Unidad

Ética

Familia

Focolares

Iglesia

Índices

Niños

Palabra de Vida

Política

Salud

Testimonio
 

[ I g l e s i a ]

[ Servidor de la comunidad ]

La elección del obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, como presidente de la Conferencia Episcopal Española, no es la elección del delegado en España de una multinacional, una especie de intermediario jerárquico entre el control global y el local de una organización, sino algo completamente distinto. Don Ricardo ha aceptado lo que él llama un segundo servicio. Añade a su servicio de pastorear su diócesis de Bilbao, el hacerse cargo del servicio de presidir en la comunión la conferencia de sus hermanos en el episcopado, un organismo subsidiario a las diócesis, que existe como cauce concreto de comunión entre los obispos españoles, y de diálogo y de comunicación con las autoridades públicas, la opinión pública y la sociedad civil. Algo más parecido –aunque toda comparación sea ociosa– a la presidencia de una comunidad de vecinos o un interlocutor comisionado que a la presidencia de un gobierno o una empresa.

La prensa recibió esta noticia con la misma sorpresa como la recibió el propio elegido, pero con una gran diferencia, porque cuando los obispos votan democráticamente los cargos de la Conferencia no suelen pensar en estrategias políticas, por lo que desatinan quienes interpretan que el relevo en esta presidencia supone un cambio de timón de la Iglesia española, o que es el triunfo de los moderados, los progresistas y los nacionalistas frente a los conservadores, o que se abre una puerta de diálogo con el gobierno que antes estaba cerrada. Y es que no hay cambio de timón, porque la brújula de la Iglesia, como toda buena brújula, no se equivoca en señalar donde está su norte, lo que no quita que para llegar a ese norte pueda haber pequeñas variaciones en el itinerario a seguir. No hay un triunfo de ese supuesto tripartito episcopal frente al núcleo duro tradicional, por la sencilla razón de que no hay partidos entre los obispos, sino estilos, recorridos y acentos distintos, y que cuando la Conferencia Episcopal elige a su presidente ejerce la santa libertad de optar por uno de sus miembros no en contra, sino entre todos los posibles, a sabiendas de que cualquiera de ellos, en principio, podría perfectamente haber asumido esa responsabilidad. Y no se abre la puerta del diálogo porque estaba ya abierta, lo cual no quita para que, como es lógico, un cambio de interlocutores siempre es una ocasión provechosa para renovar el deseo de dialogar, pero se llevarán una sorpresa aún mayor quienes piensen que el nuevo presidente no vaya a defender en ese diálogo el derecho a la vida, la protección de la familia, los derechos de los padres a la educación de sus hijos, o los derechos de los católicos a no ser discriminados por razón de su fe.

Conociendo la trayectoria personal de este teólogo abulense inteligente, tenaz, modesto, templado y cariñoso, al que le gusta eso de “decir la verdad, pero decirla siempre amablemente”, Blázquez será sin duda, como lo han sido todos los que le han precedido en la corta historia de esta institución, un excelente acogedor de los deseos y las expectativas de todos sus hermanos para que la Conferencia siga siendo, según dice sus estatutos “una institución permanente integrada por los Obispos de España, en comunión con el Romano Pontífice, para el ejercicio conjunto de algunas funciones pastorales del Episcopado Español”.