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[ P o l í t i c a ]

[ Elecciones en Iraq ]
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Las previsiones sobre las elecciones en Iraq eran más bien funestas. Lo único seguro parecía que iba a ser el baño de sangre anunciado por lo terroristas y la única arma para combatirlos, la abstención en masa. Por eso, poco se pronosticaba sobre qué partido ganaría en las urnas, de modo que todos iban a perder. Y más iba a perder aún Estados Unidos, promotor de una guerra que ha costado un alto precio en vidas y recursos, sobre todo en el pueblo iraquí.
La primeras noticias parecían confirmar estas previsiones, pero según pasaban las horas creció la animación y hasta pudimos ver un auténtico río de gente dirigiéndose a los colegios electorales. Y parecía gente endomingada, familias enteras que se ponían a la cola de las urnas desafiando el riesgo de atentados, que ciertamente se produjeron pero no amedrentaron a los votantes. Y al final, más del 60% de participación, un porcentaje significativo, en gran parte formado por chiíes, considerando que la población suní optaba por la abstención. Determinante ha sido el voto de las mujeres, que también esta vez, como en tantos momentos cruciales de la historia, tiraban de los hombres. Algunas iban mostrando su dedo índice manchado de tinta para demostrar que habían votado.
Muchos creen que esa jornada electoral adelantará la marcha de las tropas de ocupación. Lo cierto es que Bush puede darse por satisfecho y ver justificada su actuación en la zona, porque las elecciones en Iraq pueden suponer el inicio de la democracia en Medio Oriente, aún a sabiendas de que ahora empieza la parte más delicada de la operación, si se considera que la democracia no puede imponerse ni ser exportada como una mercancía.
Pero no podemos negar los hechos. Y los hechos son que hay demasiados intereses en la cuestión iraquí. No se trata sólo de las tensiones internas, sino de las externas. Iraq es un país rodeado de enemigos y de falsos amigos que, si antes lo temían, ahora querrían, si no repartírselo, al menos sí controlar su futuro. Y aquí se incluye también Europa, que fue la que diseñó Iraq después de la disolución de Imperio Otomano con el fin de ejercer su propia influencia en la zona, y ahora tiene que soportar la presencia americana entre el Eufrates y el Tigris.
Hoy podemos alegrarnos con la gente iraquí, que ha ido a votar por un país libre, haciendo gala con su voto de un país real, que no echa de menos a Saddan, que rechaza el terrorismo y que no quiere la tutela de las teocracias circundantes. Eso sí, la cadena televisiva Al Jazira seguirá diciendo que todo ha sido una farsa.
Aun sin hacerse demasiadas ilusiones, auguramos que este proceso hacia la autodeterminación siga adelante. Al menos por una vez los iraquíes han podido saborear el gusto de decidir por sí mismos. No todos, es verdad. La ocasión verdadera llegará cuando, en el proyectado estado federal, puedan hacerlo, sin condicionamientos externos, tanto los chiíes como los suníes, los crudos y los turcomanos, e incluso los pocos cristianos que hay en el país, que ven con preocupación su futuro, en el caso de que el nuevo estado adquiera una impronta marcadamente confesional.
El horizonte aún está cubierto de nubarrones, pero sin duda se ha colado entre ellos un rayo de sol.
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