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[ I g l e s i a ]

[ No nos deja indiferentes ]

En su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, del 10 de enero pasado, Juan Pablo II recordó las grandes tragedias que han lacerado el año 2004. Unas han sido causadas por las calamidades naturales, como el reciente maremoto en el sudeste asiático, que cerraba el año, o la plaga de langostas que desbastó regiones enteras del norte de África, o también los devastadores huracanes del Océano Índico. Pero recordó también las tragedias operadas por las bárbaras acciones del terrorismo que han ensangrentado Irak y otros Estados del mundo, como el cruel atentado en los trenes de Madrid, la masacre terrorista en una escuela de Beslan y la violencia perpetrada en las regiones africanas de Darfur y de los Grandes Lagos. «Nuestro corazón –decía conmovido el Papa– se siente turbado y angustiado por todo ello (...). En Cristo, que nace como hermano de todo hombre y se pone a nuestro lado, es Dios mismo quien nos invita a no dejarnos desanimar nunca, sino a superar las dificultades, por muy grandes que sean, reforzando y haciendo prevalecer los vínculos comunes de humanidad por encima de cualquier otra consideración».

En otro punto de su discurso señala Juan Pablo II que «la Iglesia católica, universal por naturaleza, está siempre implicada directamente y participa en las grandes causas por la cuales el hombre actual sufre y espera. Ella no se siente extranjera entre ningún pueblo, porque donde se encuentre un cristiano, miembro suyo, está presente todo el cuerpo de la Iglesia. Más aún, dondequiera que se encuentre un hombre, allí se establece para nosotros un vínculo de fraternidad».

Muchas veces en nuestras paginas hemos hablado de “fraternidad”, de mundo unido. La fraternidad es un paso más de la solidaridad, porque el hecho de reconocer que somos hermanos de todas y cada una de las personas tiene como consecuencia que no nos deja indiferentes lo que al otro le sucede y nos lleva a actuar para aliviar y resolver el sufrimiento que en ese momento padece el hermano.

Apenas hemos conocido la tragedia del maremoto, nos hemos puesto en contacto con las comunidades de los Focolares en Indonesia, la India, Tailandia y las noticias que hemos recibido hablan precisamente de cuánto este ideal de fraternidad es ya una realidad. Los miembros del Movimiento de todas las zonas afectadas inmediatamente se han puesto manos a la obra, ofreciendo su ayuda en los hospitales de campaña, donando sangre, acogiendo en sus casas a muchos niños, recogiendo fondos para ayudar a las zonas más devastadas, preparando proyectos para socorrer a los niños... en colaboración con las iglesias locales y con otras organizaciones cuyas iniciativas son el fruto de las ayudas y de la movilización del mundo entero hacia esta causa.

Deseamos que también a través de nuestra revista llegue esta cercanía espiritual y contribuya a la solidaridad internacional con los afectados, en una acción que se consolida en el tiempo y se universaliza a todas las crisis humanitarias que actualmente existen.