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[ I g l e s i a ]

[ Luminosa. Una luz en nuestro tiempo ]
Abierto el proceso diocesano de beatificación de Margarita Bavosi, “Luminosa”.
Zaida Fernández
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Ahora no se habla mucho de los santos. Cuando yo era niña veíamos películas de sus vidas, leíamos sus historias y, a veces, entre las amigas comentábamos cómo se sentirían las personas que habían vivido a su lado. Pensar que debía ser bastante difícil estar siempre junto a un santo... Y ahora me veo escribiendo sobre una persona con la que compartí muchos momentos y que quizás lo sea.
¿Quién era Luminosa? Era espontánea, culta, locuaz, libre, exigente y audaz. Su risa alegre, ruidosa, contagiaba las ganas de vivir. Sí, era libre, y el secreto de su libertad estaba en un amor exclusivo y total por Dios, que transformaba su ascética personal en un torrente de luz para los demás. Tal vez por eso Margarita Bavosi se llamó después Luminosa.
Nacida en Buenos Aires, en el seno de una familia acomodada, a los diez años perdió a su madre y, sintiendo el dolor por primera vez en su vida, espontáneamente le pidió a la Virgen que ocupara su lugar1.Tal vez no era del todo consciente, pero iba alimentando un anhelo de santidad cada vez mayor. En plena adolescencia, queriendo orientar su vida, va a hablar con un sacerdote y éste le dice: «¡Eres buena chica, no te preocupes!». Al salir le comenta a una amiga: «Chicas buenas hay demasiadas. A mí no me basta. Yo quiero ser santa»2.
Su encuentro con el carisma de la unidad, que conoció a través de las primeras focolarinas que pisaron suelo argentino, fue la respuesta a este deseo. Desde ese momento se unió a ellas y su vida quedó orientada por la inquietud de ayudar a realizar el Testamento de Jesús: «Que todos sean uno»3. Dejó todo (comodidades, fiestas, una familia futura, un porvenir brillante) por el tesoro que había encontrado y dedicó su vida a hacer que otros muchos pudieran encontrarlo. Creía firmemente que cualquier persona es “candidata a la unidad”, por eso la relación que establecía con todos era profunda, fraterna.
Sabiendo que la llave de acceso a la unidad plena es Jesús que muere crucificado y abandonado, lo eligió como el todo de su vida. No le faltaron dificultades, dolores, sensaciones de fracaso…, pero era más fuerte la conciencia de que había dado su vida a Dios, poniéndose a disposición de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares.
Cuando ya estaba enferma y con muy pocas fuerzas físicas, ibas a visitarla y siempre encontrabas una sonrisa, una palabra de aliento, un consejo. Un día alguien le pregunta: «Luminosa, ¿cómo se hace para amar a Jesús abandonado estando en estas condiciones?». Respondió inmediatamente y casi bromeando: «Se le ama como se puede, pero se le ama». No es sorprendente, porque la plena aceptación de todo lo que le pasaba como voluntad de Dios, siempre, parece que mantenía su característico sentido del humor.
Tenía 40 años cuando se le manifiestan los síntomas de una enfermedad de difícil diagnóstico. Empieza un largo periodo sometiéndose a diferentes pruebas médicas para hacer todo lo que estaba en sus manos. A los 44 años, en plena madurez, Luminosa ha dejado ya su estela de luz, una luz que es punto de referencia para muchos que se habían encontrado con Dios Amor gracias a ella.
Cuando murió se recogieron muchos testimonios, episodios, anécdotas y una abundantísima correspondencia que fueron material para un libro que lleva su nombre por título. Algo en lo que coincidimos cuántos la hemos conocido es que a su lado te podías sentir la persona más importante del mundo. Para ella eras “única”, te amaba de forma personal, concreta. Sabía escuchar, le interesaba todo, lo compartía, lo vivía. Y cuando se trataba de dar un consejo, Luminosa comunicaba su vida, su experiencia, lo más íntimo, el fruto de esa relación con un Dios hecho Hombre, cuyas palabras intentaba vivir intensamente. Sus ojos claros y luminosos, capaces de disipar los nubarrones que a veces se cernían sobre los demás, eran el reflejo de esa vida interior. La espiritualidad de la unidad era el centro de su ser y, consciente de no ser ella la fuente de la luz, encarnó con tal plenitud la que recibía del carisma de Chiara Lubich, que se transformó en su fiel transmisora.
1) Luminosa, Ciudad Nueva, 1992, pág. 15. 2) Ibid., pág. 20. 3) Jn 17,11. 4) Chiara Lubich en España. Crónica de un viaje. Ciudad Nueva, 2003, pág 52.
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