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[ P o l í t i c a ]

[ Mi grano de arena ]

Pocas veces antes habían despertado tanto interés las elecciones de Estados Unidos... Una vez conocido el resultado, los interrogantes se agolpan imperiosamente. ¿Va a cambiar alguna cosa? ¿En qué va a afectar todo el asunto a nuestra vida cotidiana, a la vida de millones de personas de todo el mundo, a parte –claro está– del precio del petróleo? ¿Es posible –podríamos llegar a preguntarnos– que una guerra (la de Iraq) haya dado tan buen resultado?

Si lo pensamos un poco, acabaremos con la piel de gallina porque, mientras resulta más que evidente que el terrorismo es un mal y no podemos banalizar sobre el tema, en cambio la guerra, que también es un mal evidente, sí ha sido banalizada. ¿Cómo se puede entender, si no, el hecho de que, para evitar los abusos y el mal que causaba un dictador, se haya infligido dolor, hambre, y todo tipo de violencia a todo un pueblo, causando su desesperación?

La guerra, cualquier guerra que sea, es un mal del que cuesta mucho sobreponerse y recuperarse, y a veces se requieren generaciones para llegar a paliar todas sus consecuencias. La guerra de Iraq no será menos y desde luego nos va costar mucho superar la fractura entre pueblos y religiones que ha producido.

¿Qué puedo hacer?, ¿qué podemos hacer? ¿Cuál puede ser mi aportación para restablecer un clima de diálogo y respeto capaz de sepultar tanto odio –a veces interesado–, con el fin de orientar a la humanidad a encaminarse hacia su destino, la fraternidad, el ser una sola familia, más allá de las diferencias nacionales, religiosas, raciales...?

Probablemente sí que puedo vivir con mayor conciencia lo que está al alcance de mi mano, el día a día, en las pequeñas cosas cotidianas, creando espacios de fraternidad a fuerza de establecer y mantener relaciones humanas basadas en el amor y la estima recíprocos y respetando las diferencias. No es sólo una cuestión de tolerar, es una cuestión de apreciar. El amor es siempre más grande que la tolerancia, ya que el verdadero amor procede de la fuente del Amor y produce sus mismos efectos. Por otra parte, también es probable que pueda implicarme con mayor conciencia y mayor decisión en la vida social, a fin de aportar mi granito de arena, sin el cual el granero no llegará a llenarse.

De modo que no queda lugar para la resignación, ni para ese “qué quieres que yo haga...”. Ante la injusticia, ante la insolidaridad y ante el mal no nos podemos quedar de brazos cruzados. Y si realmente me doy cuenta de que no llego, porque lo que puedo hacer ya lo he hecho y el problema supera con creces mis posibilidades, siempre me queda el recurso de rezar y pedirle al Señor de la Paz que nos ayude a redescubrirla en nuestro corazón y alimentarla con nuestro amor, para luego volcarla en cada prójimo con el que me encuentre.

Esa es la actitud que he de mantener también ante esta sociedad adormecida y sometida –a través de sus gobernantes, y no sólo– ante cuestiones capitales como son la defensa de la vida en todos sus estadios, la libertad para elegir la educación de los hijos, la manipulación mediática, la utilización partidista del terrorismo, la injusticia... Hemos de mantener nuestras convicciones éticas y morales para salvaguardar aquellos valores que han hecho de la nuestra una sociedad evolucionada.

Hay una ley que todos –y en todas las religiones– llevamos inscrita en el DNA: “Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti; no trates a los demás como no te gustaría que te tratasen a ti”. Con este principio de fondo, seguro que podemos construir una humanidad más solidaria, más fraterna, más democrática y libre, en definitiva, una humanidad más humana y en paz.