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[ C u l t u r a ]

[ ¿Crito o Acuario? ]
Identificar la cultura de la Nueva Era requiere un juicio crítico, como el que refleja el último documento pontificio sobre este tema, que no por ello deja de señalar las exigencias positivas de quienes se dejan influir por ella.
Todo un reto para los cristianos de hoy.
Antonio M. Baggio
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«Quienes se preguntan si es posible creer al mismo tiempo en Cristo y en Acuario conviene que sepan que se hallan ante una alternativa excluyente». Con esta claridad se expresa un documento pontificio que aborda el tema de la Nueva Era. Se trata de una reflexión elaborada conjuntamente por los consejos pontificios de la Cultura y el del Diálogo Interreligioso, lo cual indica lo difícil que resulta afrontar el fenómeno desde un sólo punto de vista. Su título: “Jesucristo, portador del agua de la vida”1. Fue publicado hace más de un año, pero merece la pena volver sobre él.
El objetivo del documento no es tanto exponer todo lo relativo a la Nueva Era, pues ya hay estudios especializados, cuanto ayudar a los cristianos a «identificar los elementos del desarrollo de la tradición de la Nueva Era» y «señalar los elementos incompatibles con la revelación cristiana». Está sustentado por un estudio elaborado con tiempo, basado en distintas investigaciones y en la experiencia pastoral de la Iglesia de las últimas décadas, en su contacto con las “nuevas religiosidades” difundidas en Occidente. Y así resulta una «invitación a comprender la Nueva Era y a entablar un diálogo con quienes se ven influidos por sus ideas».
¿En qué radica el atractivo de la Nueva Era? «Está claro –responde el documento– que la ciencia y la tecnología han sido incapaces de cumplir sus promesas de antaño, por lo que los hombres se han vuelto hacia el ámbito espiritual en búsqueda de significado y de liberación. Tal como ahora la conocemos, la Nueva Era procedía de la búsqueda de algo más humano y más bello frente a la experiencia opresora y alienante de la vida en la sociedad occidental». El mismo Juan Pablo II ha subrayado los aspectos positivos de esta tendencia cultural: «búsqueda de un nuevo significado de la vida, una nueva sensibilidad ecológica y el deseo de superar una religiosidad fría y racionalista».
¿Qué es la Nueva Era?
No es una religión en sentido tradicional, y además ésta sostiene que la época de las religiones ha terminado. Sin embargo tiene fuertes connotaciones religiosas y acude a determinados aspectos de las religiones y los sintetizan sincréticamente. «Entre las tradiciones que confluyen en la Nueva Era pueden contarse: las antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala, el gnosticismo cristiano primitivo, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen, el yoga, etc.», y dichas tradiciones son abordadas desde corrientes de pensamiento que se han desarrollado en los dos últimos siglos: la teosofía, el magnetismo y el espiritismo.
Tampoco es un movimiento, pues no responde a una organización ni tiene un “manifiesto programático”. No obstante, dada la diversidad de sus expresiones y por las motivaciones que llevan a la gente a adherirse, se puede apreciar algunas generalidades y un núcleo fundamental de pensamiento. Está más acerca de la realidad considerar la Nueva Era como una red cultural, como una infinidad de actitudes inspiradas por una misma sensibilidad.
¿Qué caracteriza esa sensibilidad? Sobre todo la convicción de que estamos cambiando de época. Según los astrólogos, estamos al final de la Era de Piscis y se anuncia la Era de Acuario, y mientras que los dos mil años de Piscis se han caracterizado por el fenómeno cristiano, Acuario traerá un “nuevo paradigma” de vida y pensamiento que será común para todos. «Es un enfoque atractivo –dice el documento–, puesto que en algunas de sus manifestaciones los hombres no son espectadores pasivos, sino que desempeñan un papel activo en la transformación de la cultura y en la creación de una nueva conciencia espiritual».
El nuevo paradigma
Se manifiesta en todos los campos de la actividad humana. Por ejemplo, la física mecanicista de Newton cede el lugar a la física cuántica, es decir, una visión “pesada” y materialista de la realidad da paso a una visión fluida en que la energía penetra y envuelve toda la realidad. La moderna racionalidad, fría y analítica, deja espacio a la intuición, el sentimiento y las emociones, es decir, facultades y actitudes que no nos separan del universo y la naturaleza, sino hacen que nos sintamos parte de ella y nos ponen en sintonía con el cosmos. Y también es el paso desde una medicina invasiva y “alopática” a otra “homeopática”, que se basa en la autocuración, según la convicción de que la enfermedad depende muchas veces de una actuación contra natura y que la mente puede hacer mucho para curar el cuerpo; de ahí que las nuevas terapias traten de reconstruir los lazos entre lo espiritual y lo físico para recomponer la armonía de la persona. También se manifiesta como superación de un concepto de relaciones personales (en especial políticas) jerarquizadas y verticalistas, caracterizadas por la masculinidad y el patriarcado, para abrir paso a una visión horizontal que exalta la feminidad y el equilibrio de lo masculino y lo femenino, incluso dentro de la misma persona.
La Nueva Era pretende conjugar estos factores e integrarlos en una concepción de la existencia “holística”, o sea, unificada. Y es que para la Nueva Era el periodo judeo-cristiano se caracteriza por el dualismo (bien y mal, hombre y naturaleza, masculino y femenino...), de manera que el racionalismo filosófico y científico surgido en ese ámbito cultural ha dado lugar a especializaciones y divisiones tales que la vida humana ha resultado tremendamente fragmentada.
Engancharse a la red de la Nueva Era puede ocurrir de mil maneras distintas: mediante la música, que privilegia el sonido puro y primordial ya que favorece la relajación y la concentración; mediante la nuevas terapias; mediante la adquisición de nuevos hábitos alimenticios más sanos... Muchas personas acceden a la Nueva Era y experimentan alguno de sus aspectos sin llegar a ser conscientes de sus principios inspiradores. Éstos se manifiestan plenamente en el aspecto religioso.
Esoterismo y gnosis
La Nueva Era sólo se entiende a partir de una crisis que venía madurando en la sociedad occidental y que al final explotó: «Tanto la tradición cristiana –escribe Michael Fuss, citado en el documento– como la fe laica en el progreso ilimitado de la ciencia tuvieron que hacer frente a una grave ruptura manifestada por primera vez en las revueltas estudiantiles del 1968». La Iglesia y la sociedad han tenido dificultades para transmitir sus contenidos de fe y tradición a las nuevas generaciones, para las cuales el rápido ocaso de un horizonte político revolucionario no se ha visto acompañado por un redescubrimiento de los valores precedentes, sino por «un retorno inesperado de la religiosidad cósmica, de rituales y creencias que muchos pensaban habían sido suplantados por el cristianismo».
Aquí es donde se pone al descubierto el fundamento cultural de la Nueva Era, un esoterismo cultivado durante los último siglos por la teosofía, el espiritismo y el ocultismo. La doctrina esotérica asegura que hay un núcleo de conocimiento originario sobre los misterios de Dios, el cosmos y el hombre, y ese conocimiento se transmite en las sociedades esotéricas sólo a los iniciados. Las religiones oficiales no serían sino una representación pálida y parcial de tal conocimiento. En cambio, sólo los iniciados llegan al verdadero conocimiento (o gnosis), que en el esoterismo toma el lugar de la salvación que prometen las religiones.
Esa “salvación” se alcanzan mediante una progresiva apertura al conocimiento, que conduce al iniciado a una pérdida de su individualidad psíquica para alcanzar su verdadera personalidad, que en último extremo consiste en la identificación y fusión con la divinidad. Tal divinidad penetra todo el cosmos, de modo que la unidad consigo mismo viene a coincidir con la unidad con la divinidad y con todos los seres. También el cristianismo, subraya el documento, propone al hombre la meta altísima de la divinización, pero ésta no se obtiene mediante nuestro esfuerzo, sino por gracia de Dios, que nos transforma; es decir, no es una exaltación del yo, cuanto la conciencia de que nuestras limitaciones abren la posibilidad al amor de Dios para que actúe en nosotros. «Además, se despliega como una introducción a la vida de la Trinidad, un caso perfecto de distinción en el corazón mismo de la unidad: sinergia y no fusión».
Una sustitución del cristianismo
Ésa es la raíz de una idea muy difundida en la Nueva Era: «Dios y mundo, alma y cuerpo, inteligencia y sentimiento, cielo y tierra son una única e inmensa vibración de energía». Esta idea es la base del “biocentrismo” de la ecología radical, según la cual los seres humanos no son el centro del mundo, como enseña la Biblia, porque no son cualitativamente superiores a otras formas naturales. De este modo se «infravalora al ser humano» y «la misma matriz cultural esotérica puede hallarse en la teoría ideológica subyacente a la política de control de la natalidad y los experimentos de ingeniería genética, que parecen expresar el sueño humano de re-crearse a sí mismos».
Esto de poder re-crearse acaba siendo ilusorio, precisamente porque pone entre paréntesis los aspectos más crudos, pero cotidianos e inevitables, de la existencia: «La consecuencia más dolorosa y problemática de la aceptación de la idea de que las personas crean su propia realidad es la cuestión del sufrimiento y de la muerte: las personas con graves deficiencias o enfermedades incurables se sienten engañadas y degradadas cuando se les sugiere que son ellas quienes han hecho caer la desgracia sobre sí mismas, o que su incapacidad para cambiar las cosas indica una debilidad en su manera de afrontar la vida». Cuestiones dramáticas, éstas, a las que el cristianismo siempre ha procurado responder con humildad y que la Nueva Era sencillamente evita.
Así se explica el auge de una psicología entendida como el medio para “expandir la mente” y que se confunda con la mística. La “psicología transpersonal” en la Nueva Era es el vehículo para pasar del “yo individual” al “Yo superior”, hasta identificarse con la “Mente Universal”. Y junto a la psicología, «el yoga, el zen, la meditación trascendental y los ejercicios tántricos conducen a una experiencia de plenitud del yo o iluminación». Pero la experiencia de la Iglesia demuestra que ninguna “técnica” conduce automáticamente al encuentro con Dios, y mucho menos a la auténtica experiencia mística, pues ambas dependen de nuestro amor y de la gracia de Dios. Las técnicas pueden considerarse como medios para prepararse a una auténtica experiencia religiosa, pero no la sustituyen. Y se entiende que este uso combinado de psicología occidental y técnicas orientales sea bien acogida por quien necesita desintoxicarse del estrés que causa el exceso de trabajo y de responsabilidades. Ayudan a ponerse en paz consigo mismo, pase lo que pase.
Este último aspecto causa cierta perplejidad por lo que se refiere a la dimensión social de esta cultura. David Spangler, exponente de la Nueva Era citado en el documento, subraya que una de las sombras de la Nueva Era es «una capitulación sutil frente a la impotencia y la irresponsabilidad esperando que llegue la Nueva Era en vez de ser creadores activos de plenitud en la propia vida». De hecho, una critica habitual es que la tendencia a la autorrealización privada obstaculiza una auténtica experiencia religiosa, que es social por naturaleza, y lleva a dejar de lado la dimensión del compromiso público y solidario.
Como se puede ver, el esoterismo elimina la idea de la trascendencia de Dios, que sí lo enseñan los grandes monoteísmos. Se debe a que la forma en que el pensamiento gnóstico-esotérico trata a las grandes religiones acaba deformándolas. Es una visión de las tradiciones asiáticas elaborada en círculos intelectuales europeos durante los siglos XIX y XX que la Nueva Era recoge y, en nombre de la tolerancia que se debe a toda religión, acaba por no respetar la identidad de ninguna.
El cristianismo, concretamente, es sistemáticamente situado en el escalón más bajo de la “jerarquía”, como una religión que contiene menos “conocimiento esotérico”. La Nueva Era habla de Cristo, pero no es Jesús de Nazaret, el Verbo, la segunda persona de la Trinidad, en la que Dios se revela plenamente, sino un “Cristo cósmico”, del cual Jesús de Nazaret sólo ha sido una de sus posibles expresiones: «un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares o épocas. Es el portador de un enorme cambio de paradigma. Es, en definitiva, un potencial dentro de nosotros».
En conclusión, ningún artículo puede sustituir a la lectura de este documento, que invita a las comunidades cristianas a redescubrir quién es Cristo, el “agua viva”.
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1) Documento completo en internet: http://www.vatican.va/roman_curia/
pontifical_councils/cultr/index_sp.htm
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